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MEDICINA Y SALUD

Alcohol, jóvenes y genes

Una parte importante de nuestros jóvenes ahoga sus ratos de ocio bebiendo y abusando del alcohol. Los parques, los jardines, las plazas, los aledaños de las discotecas y las zonas portuarias son puntos de reunión donde los adolescentes ingieren bebidas alcohólicas por litros, hasta incluso perder el sentido y entrar en coma etílico. Las urgencias de los hospitales son testigos directos de este drama. Es beber por beber. Lo que antes era en cierto modo un rito ahora se presenta como una moda sin sentido que, incomprensiblemente, se realiza sin ningún tipo de pudor ante los ojos de quienes deberían tomar cartas en el asunto.

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El último informe presentado por el Plan Nacional sobre Drogas (PNSD), basado en 20.000 entrevistas, acerca de hábitos de consumo alcohólico por los españoles arroja unos resultados inquietantes. En 1997, las chicas que consumían alcohol representaban el 37,7 por ciento; hoy, suponen el 51 por ciento. Es decir, en sólo tres años el número de mujeres que ingiere cualquier tipo de bebida alcohólica ha subido 13 puntos y ha dejado las cifras entre chicos y chicas casi a la par: 54,9 por ciento y 50,9 por ciento, respectivamente. Este porcentaje agrupa a los jóvenes que han ingerido alcohol en el último mes, no a los que abusan del mismo.

Para los expertos en adicción, una persona abusa de la bebida cuando bebe más de ocho cervezas, vinos o similares al día, cantidades que se incrementan a medida que avanzan los días de la semana. Este régimen alcohólico lo sigue el 7,7 por ciento de la población adulta española, es decir, unos 1,3 millones de personas. Sin embargo, es en la población juvenil donde el alcoholímetro hace sonrojar a los responsables sanitarios: el 12 por ciento de los adolescentes de entre 15 y 19 años y el 16 por 100 de los jóvenes de 20 a 24 beben sin medida.

Casi todos los jóvenes bebedores se entregan a la botella durante el fin de semana. Son bebedores sociales que corren el grave peligro de transformarse en bebedores convulsivos. Constituyen el caldo de cultivo de futuros alcohólicos. Ante esta situación, las autoridades sanitarias deberían tomar medidas para minimizar en lo posible este consumo. Por una parte, evitando que el alcohol se ingiera impunemente en cualquier esquina y persiguiendo a quienes expenden bebidas de este tipo a menores; así como a los establecimientos que, incumpliendo la hora de cierre o la licencia de actividad, las venden hasta altas horas de la madrugada: litro de refresco, botella de alcohol, vasos e incluso hielos, como sucede en algunas capitales, como Sevilla. Por otra parte, concienciando a la población juvenil de las terribles consecuencias que la ingesta de alcohol puede acarrear para su salud física y mental. Hay un tercer elemento que no puede pasarse por alto: la educación en el entorno familiar.

No cabe duda de que el alcoholismo constituye una de las lacras del siglo XX que se extiende descaradamente por el que acabamos de estrenar. El abuso de las bebidas con graduación está directamente relacionado con el desarrollo de patologías que pueden ir desde la cirrosis alcohólica, que destroza el hígado de manera irreversible, hasta el coma etílico e incluso la muerte. Los hepatólogos reconocen que dosis mínimas de alcohol son capaces de dañar los hepatocitos, es decir, las células del hígado. Además, el etílico es un magnífico depresor del sistema nervioso central, con efectos perniciosos para la memoria, la capacidad de concentración e introspección. En cada borrachera, millones de neuronas mueren víctimas de los vapores etílicos. Esto explica los punzantes dolores de cabeza que acompañan a lo que vulgarmente se conoce como resaca.

El problema es algo más preocupante en el caso de las mujeres que, según apuntan varios estudios recientes, son más sensibles a los efectos nocivos del alcohol. Esto es así al menos desde el punto de vista neurológico. Las modernas técnicas de imagen, como la resonancia magnética (MRI) y la resonancia magnética funcional (fMRI) ayudan a los expertos a observar qué ocurre en el cerebro cuando bebemos. Esto es lo que está haciendo la profesora Susan F. Tapert y sus colegas del VA San Diego Healthcare System, de la Universidad de California en San Diego (EEUU). Tapert está estudiado las funciones cerebrales de las mujeres alcohólicas de entre 18 y 25 años de edad y los resultados obtenidos hasta ahora han aparecido publicados en la revista Alcoholism: Clinical & Experimental Research. "Estudios previos habían mostrado que las mujeres alcohólicas obtenían peores resultados en las pruebas de memoria que los hombres con el mismo problema, aun cuando el grado de alcoholismo era mayor en estos últimos", dice Tapert. Con la ayuda de la fMRI, los científicos de San Diego se han asomado al interior del cerebro de un grupo de jóvenes alcohólicas mientras realizaban unos tests memorísticos. Lo primero con lo que se encontraron era que las mujeres no presentaban un patrón neurológico normal cuando eran invitadas a realizar unos ejercicios visuales de memoria. "En comparación con los abstemios, las jóvenes alcohólicas parecían como si sus sistemas corticales trabajaran de manera menos vigorosa. En algunos casos, los sistemas cerebrales activados por estas jóvenes eran diferentes a los que se activan en mujeres sin problemas con la bebida". Tapert ha encontrado serias anomalías sobre todo en el cerebro derecho, así como en los lóbulos frontal y parietal.

Por otro lado, y de forma indirecta, el consumo excesivo de alcohol constituye un factor de riesgo que incrementa la violencia doméstica, los accidentes de tráfico y todas aquellas situaciones derivadas de la ausencia de control del bebedor. Sin ir más lejos, en muchas de las muertes que ocurren en nuestras carreteras está presente la bebida: el 38 por 100 de las autopsias realizadas a conductores que fallecieron en accidentes revela restos de alcohol en la sangre, según un estudio realizado por el Plan Nacional de Drogas. Este porcentaje se eleva al 50 por 100 en menores de 29 años. Lesiones y alcohol van casi siempre acompañadas de la mano. Los epidemiólogos estadounidenses estiman que el consumo de alcohol es un factor asociado al 60-70 por ciento de los homicidios, el 40 por 100 de los suicidios, la mitad de los accidentes de tráfico, el 60 por 100 de las quemaduras severas y el 40 por 100 de las caídas graves.

Así pues, el consumo de alcohol constituye un serio problema de salud pública, que ocasiona un elevado coste social-sanitario a la comunidad con graves repercusiones a corto, medio y largo plazo para la propia salud del individuo. Las causas del alcoholismo son múltiples, aunque se reparten, no se sabe si a partes iguales, entre factores ambientales y genéticos. La adicción al alcohol tiene un marcado componente hereditario. Desde hace décadas, los científicos saben que los problemas con la bebida son más frecuentes en ciertas familias. Sin embargo, la determinación de los elementos genéticos que hacen que una persona caiga o no en las redes del alcohol resulta una tarea difícil. Contrariamente a lo que venía diciendo, no hay un gen responsable del alcoholismo, sino varios. Ciertos genes interactúan con otros para aumentar o reducir el riesgo de alcoholismo. Además, todos estos genes, cuyo número se desconoce, charlan constantemente con los factores ambientales. En otras palabras, los genes pueden predisponer a sufrir de alcoholismo, pero nunca determinan que esto suceda.

El entorno en el que nace y crece el individuo juegan un papel trascendental. Mientras que los condicionantes ambientales son bien conocidos, los genéticos permanecen en la oscuridad. Hasta la fecha, los genetistas han dado caza a una treintena de genes relacionados con la adicción al alcohol y a otras drogas. Se había insinuado que el organismo produce un compuesto opiáceo activo que podría favorecer la adicción al alcohol. Un nuevo estudio realizado en la Universidad de Bonn, en Alemania, sugiere que un gen es parcialmente responsable de la cantidad de sustancias neurotransmisoras que se produce en el cerebro. En concreto, la clave paree estar en un enzima.

Las semejanzas entre el alcoholismo y la adicción a la morfina hicieron pensar a algunos neurólogos que el cerebro segregaba un compuesto opiáceo tras la ingesta de alcohol. Una sustancia candidata es el salsolinol (SAL), que se forma a partir de la dopamina —un neurotransmisor cerebral— y el cetaldehído —un metabolito del alcohol—. Los experimentos realizados en roedores sustentan esta hipótesis: los animales a los que se les suministra sobredosis de SAL tienden a consumir más alcohol. El doctor Frank Musshoff, del Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Bonn tiene fundadas sospechas de que la reacción que permite la síntesis del salsolinol está mediada por un enzima. Si esto es así, las personas que pierden el gen que dirige la síntesis del catalizador producirían menos cantidad de SAL y, por consiguiente, se mostrarían menos susceptibles de abusar del alcohol.

En palabras del doctor Musshoff, la dopamina es la responsable de las emociones positivas, como la euforia y la alegría. El SAL tiene un efecto similar. Pues bien, el investigador alemán ha descubierto que este compuesto se forma en todas las regiones cerebrales que a fecha de hoy se relacionan con los procesos de adicción. Tras el consumo de alcohol, los niveles de salsolinol se disparan, así como el humor de los consumidores.

Poco a poco, los científicos empiezan a esclarecer cómo nuestro cerebro se vuelve adicto a la bebida y qué papel juegan los genes en todo el proceso. En algunas personas, su información genética les hace más sensibles a la tentación. Otras, por el contrario, llevan los genes necesarios para beber con moderación y sin peligro, al menos para el cerebro. A fecha de hoy, no existe un tests genético que discrimine esta condición. Por ello, la mejor medida para no caer en las redes del alcohol está en evitarlo o beberlo con moderación y de forma responsable. El consumo moderado de alcohol es beneficioso para la salud, según puede leerse en un número cada vez mayor de estudios. Éstos indican que el alcohol tiene un efecto cardioprotector. Además son muchos los autores que investigan los posibles efectos a otros niveles: cáncer de endometrio, diuresis, fertilidad, peso corporal...
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