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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Antiguas mentiras y nuevos miedos

Vivimos en sociedad tan absurdas que se puede escribir: “Gracias por todo, Stallin” (Haro Tecglen) y no pasa nada mientras que si alguien hubiera escrito: “Gracias por todo, Hitler” estaría en la cárcel. Vivimos en sociedades tan absurdas que se puede negar la amplitud y los millones de muertos del Gulag soviético (o chino, o nortecoreano, camboyano, etc,) y no pasa nada mientras que si alguien pone en tela de juicio los millones de muertos de los campos nazis va a la cárcel. A partir de estas mentiras, ampliamente aceptadas por la opinión pública, en torno a tragedias todo el resto se parece a siniestras farsas.

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La “dijihad” o “guerra santa” de los estados y de las instituciones internacionales con siglas de tres letras (ONU, OMS, etc, ) contra el tabaco y los grandes procesos millonarios contra las tabacaleras que han comenzado en USA, y se preparan en Europa, no sólo son una hipocresía absoluta sino que atentan a la libertad individual. Como millones, yo he fumado, fumo y seguiré fumando hasta que me metan en la cárcel (ni siquiera en las cárceles se encuentra tabaco, alcohol y drogas de estraperlo). Cada vez que compro cigarrillos y leo que el tabaco es peligroso para la salud y sé que cuando gasto mil pesetas el estado se lleva 500, por lo menos, me pregunto por qué no se demanda a los estados, ya que se enriquecen a expensas de la salud de los ciudadanos, según lo que ellos mismos afirman. Además, se trata de mi salud y hago lo que me da la realísima gana aunque sea “peligroso” o no. Lo mismo con el alcohol y las drogas. Gracias por la información, pero yo soy quien decide.

La salud se ha convertido en un negocio redondo, y no sólo para los laboratorios farmacéuticos. Su prodigiosa popularidad en los medios informativos (y en la Bolsa) se basa en epidemias reales y tremendas, como la del Sida -que desde el comienzo se ha fugado del terreno médico-científico para convertirse en pecado-, pero también, o sobre todo, en miedos milenaristas. Los ecologistas, si no han logrado los triunfos políticos que esperaban, han barnizado de estupideces el discurso oficial planetario. A cada “choque petrolero”, proponen soluciones resueltamente modernas como la utilización de bombillas de menor voltaje o el aumento de impuestos para los automovilistas. Su enemigo principal, la energía nuclear, considerado por estos y otros imbéciles como el Gran Satanás, constituye, sin embargo, una solución con futuro a condición (hay que subrayarlo tres veces), a condición de que se incremente la seguridad de las centrales y, por fin, se sepa qué hacer con los residuos radiactivos. De todas formas hay que escapar al chantaje de la OPEP, tras la cual se escudan algunos de los regímenes más reaccionarios del mundo.

Su odio al automóvil, que por otra parte todos ellos usan, es perfectamente reaccionario, es una de las innumerables manifestaciones del tan generalizado odio al progreso, que era, nos dicen, privilegio de la derecha y se ha convertido en programa de izquierda. Si es cierto que en las grandes ciudades existen problemas de tráfico (ya existían en la Roma imperial, según J. Carcopino), de la misma manera que los semáforos son necesarios, una regulación y hasta limitación de la circulación, también pueden serlo. Pero en cuanto a la contaminación no se trata de volver al carricoche sino de acelerar la construcción de nuevos motores menos “poluantes”. Es grotesco echarse para atrás, hay que ir hacia delante. Tratándose de los bulos también milenaristas sobre el clima y la supuesta “calentadura” del planeta (debido a la industria norteamericana, no faltaba más), ¿quién recuerda el Diluvio bíblico y otras catástrofes naturales acaecidas durante siglos y antes de la industrialización?. Un hecho concreto: viviendo en París he visto mil veces en las casas que circundan el Sena -alejadas, a veces, 500 metros o más- una inscripción grabada: “Hasta aquí llegó el agua durante la inundación de 1910”. Es impresionante, un tercio de París bajo el agua, pero nunca ha vuelto a ocurrir porque se construyeron embalses. Tan sencilla como eficaz solución que nada tiene que ver con el voto a candidatos Verdes.

Además, cuando ocurren catástrofes reales, como la actual epidemia de las “vacas locas”, ni los Verdes, ni los Rojos, ni los Rosas, ni los gobiernos han hecho algo, ni alertar, ni proponer, ni tomar medidas eficaces. Todo el mundo sabía, desde 1986, que el origen de la epidemia eran las harinas animales, pero seguían utilizando a sabiendas que matan, no sólo reses, también seres humanos. En este sentido, Francia se ha ganado el Nobel, el Oscar y el Cervantes de la mentira. Hasta la enérgica intervención del presidente Chirac el gobierno socialocomunistaverde declaraba oficialmente que prohibir dichas harinas resultaría demasiado caro e ineficaz. Después, con gran campaña publicitaria estatal declaran que estaban prohibidas desde hacía diez años, cuando todo el mundo sabe que es mentira. En este sentido, todos los gobiernos europeos son más o menos culpables, y teniendo en cuenta la incubación lenta de la enfermedad en las reses, y curiosamente más lenta aún en las personas, se puede afirmar que ya hay hombres, mujeres y niños condenados a muerte por culpa de la imbecilidad y apego al lucro de las autoridades.

La condena de los productos transgénicos es de la misma índole, sólo que al revés: absolutamente nada ha demostrado científicamente que procuren enfermedades, como el cáncer, por ejemplo, pero no importa ya que la batalla es de orden simbólico-económico antiyanqui. En cambio, lo que sí es seguro es que esos productos alteran, para mal, el sabor y, en USA, los pánicos milenaristas, las supersticiones, las sectas, la brujería se las llevan y se las traen.

Pero tal vez sea aún pero, porque afecta tanto a la política como a la vida de los ciudadanos, la gran mentira tan difundida en contra de la globalización, vista como una de las caretas del Demonio, o sea el liberalismo. Todos los jefes de estado, todos los partidos, los medios informativos, casi todos los intelectuales de fama y postín, todos, denuncian el vertiginoso incremento de las desigualdades, los abismo que separan cada vez más trágicamente el Norte y el Sur, etc. Es probable que el 90 por ciento de la opinión pública mundial se crea esto, pues sólo se trata de una mentira. Las desigualdades reales disminuyen, el “Norte” y el “Sur” son, además, criterios falsos. A pesar de los monstruosos pesares, China hoy va mejor que cuando la famosa “revolución cultural” tan idolatrada por nuestros intelectuales. India, prometida por los expertos a una hambruna total, lo mismo. Corea del Sur no se puede comparar a la del Norte, donde hubo tres millones de muertos de hambre, ni siquiera a lo que fue hace treinta años. Tampoco se puede afirmar seriamente que América Latina vaya cada vez peor, aunque haya países que sí van cada vez peor, como Cuba. Y hablando egoístamente de Europa, algunos de sus países realmente pobres hace menos de cincuenta años, como España, Portugal, Irlanda, por ejemplo, han conocido mejoras sustanciales del nivel de vida de sus habitantes a partir del momento en que, rompiendo con la autarquía y a través de Europa, sed han “mundializado”. Aún no lo suficiente. Si el continente africano va de verdad mal, y en algunos casos peor que antes, sería interesante analizar seriamente las razones, que absolutamente nada tiene que ver con el liberalismo universalista. Más bien al revés.

O sea, que el problema de la mundialización reside en que aún no existe suficientemente, aquí sí que hay desigualdades, como el problema del liberalismo es que no existe en ningún país, incluso cuando se les tilda de “liberales”, incluso cuando ciertas medidas y ciertas políticas lo sean parcialmente. Si sois buenos, tal vez os siga contando el cuento moral del progreso para ahuyentar vuestros miedos milenaristas. Si sois buenos y si no os aburro hasta el soponcio.
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