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ERRORES CONCEPTUALES

Beneficios empresariales e inflación

Con motivo de la negociación de los nuevos convenios colectivos, los ideólogos sindicales han vuelto a poner de moda la falacia que popularizó el ex vicepresidente del gobierno Alfonso Guerra: la culpa de que suban los precios la tienen los altos beneficios de las empresas. Desgraciadamente estos sofismas en nada contribuyen a la lucha contra la inflación. Que los trabajadores quieran mayores salarios me parece muy razonable. A fin de cuentas, todos queremos ver nuestros servicios mejor retribuidos. Si consideran que los altos beneficios de algunas empresas hacen posibles dichos aumentos, están en su derecho. Pero, mezclar en todo este asunto la cuestión de los precios, me parece irresponsable y gravemente perjudicial.

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Si fuese verdad que la codicia empresarial eleva los precios, tendríamos que llegar a algunas extrañas conclusiones. Por ejemplo, el índice de precios al consumo en Inglaterra en el periodo que va desde 1815 a 1913 se mantuvo constante. De ello se deduciría que los empresarios ingleses del siglo XIX prácticamente carecían de ánimo de lucro. En España en 1976, los precios subieron un 25 por ciento. En ese año, nuestros empresarios habrían cambiado absolutamente de talante, para convertirse en codiciosos compulsivos.

(Siguiendo el índice de precios por naciones y periodos, uno puede trazar el perfil sociológico de la clase empresarial. El empresario suizo parece carecer de ánimo de lucro durante prácticamente todo el siglo XX. El empresario ecuatoriano durante los dos años previos a la dolarización, estaba entre los más codiciosos del mundo pues el sucre se depreció a un ritmo frenético durante ese periodo. Con la dolarización, los empresarios ecuatorianos parecen haber adquirido una adecuada “conciencia social”.)

Aparte de absurdas, estas extrañas ideas nos demuestran que socialistas y sindicalistas siguen todavía intoxicados con los viejos errores de Ricardo y Marx. Parece que siguen creyendo que el precio se obtiene añadiendo el beneficio empresarial a los costes de producción. De este modo, basta según ellos con que el empresario aumente su margen de ganancia para que los precios se disparen. Si las cosas fuesen así en realidad, ninguna empresa habría quebrado jamás y cualquiera podría dedicarse a los negocios. Tampoco sería necesario guiar la producción de acuerdo con las preferencias de los compradores o dedicar grandes esfuerzos a buscar formas más eficientes de producción que minimicen los costes.

En realidad, el beneficio constituye la manifestación fehaciente de que la actividad emprendida ha merecido la pena. Aun ofreciendo más que nadie por los factores empleados -de otro modo sería incapaz de atraerlos-, el empresario que obtiene beneficios es capaz de obtener una producción cuyo valor supera a sus costes. De ello se deduce que toda actividad que no reporte beneficio, se hace a costa del productor y supone consumo de capital.

Cualquiera que conozca mínimamente el funcionamiento del mercado sabe que el precio depende de la oferta y de la demanda. Hasta que ambas no se igualan, el mercado no se vacía. Si el precio es demasiado bajo, los compradores se agolparán en cola y algunos no verán satisfechos sus deseos de comprar, pese a estar dispuestos a pagar el precio que se solicita. Si el precio es demasiado alto, serán algunos vendedores los que deseando vender a ese precio, se verán incapacitados para encontrar comprador. Si no hay más demanda no hay forma de subir los precios, salvo reduciendo la oferta.

Por tanto, salvo casos graves de desabastecimiento como los derivados de malas cosechas, terremotos y huracanes o bloqueos y guerras, las subidas generalizadas de precios suelen tener por origen la depreciación de la moneda. Éste sin duda, es el caso que nos ocupa cuando se trata de explicar las subidas de precios en España en el año 2000. Durante ese año el euro perdió más del 30 por ciento de su valor respecto de otras monedas como el dólar o el yen. Los verdaderos responsables de que los precios hayan subido han sido los políticos y burócratas que irresponsablemente hundieron la cotización de la moneda única europea. Además, el petróleo duplicó su precio durante el mismo periodo al generalizarse la percepción de que se había convertido en una forma más adecuada de conservar la riqueza que otras alternativas como el papel moneda o los valores tecnológicos cuyos precios se hundieron durante el referido periodo.

Los enormes beneficios de la banca y de algunas empresas como Repsol durante este año, deben achacarse a estas dos circunstancias. La banca tiene una parte importante de sus activos denominados en moneda extranjera y se vio enormemente favorecida por la devaluación. Repsol, por su parte, vio como sus reservas de combustible multiplicaban su precio. Con todo ello nos damos cuenta de que el cálculo del beneficio depende de aspectos tales como la elección de la moneda en la que se determinan los resultados (euros o dólares) o el criterio aplicado a la hora de valorar los inventarios. Si Repsol hubiese sustituido el criterio de precio de adquisición por el de coste de reposición, su beneficio habría sido mucho más reducido. Todas estas consideraciones no son meros tecnicismos contables. Durante la hiperinflación alemana de los años 20, se contaba la historia de un ferretero que habiendo comprado una tonelada de clavos por 1.000 marcos los revendió por 5.000 obteniendo un beneficio del 500 por ciento. Su alegría comenzó a menguar cuando al ir a reponer sus inventarios vio que con los 5.000 marcos obtenidos sólo podía comprar 300 kilos de los susodichos clavos. Volvió a revenderlos con “beneficio” y volvió a ver reducirse la cantidad de clavos que pudo adquirir nuevamente. Tras repetir varias veces la operación, el billón de marcos obtenido con su última venta sólo le permitió comprar un clavo con el que clavó la cuerda de la que se colgó.
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