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EXPOSICIONES

Bores en papel

La galería Leandro Navarro acaba de presentar una exposición de casi un centenar de dibujos que recorren toda la trayectoria artística de Francisco Bores uno de los grandes pintores españoles de este siglo y el más reconocido dentro del grupo que entendemos como “Escuela de París”. Francisco Bores nace en Madrid en 1898. Durante los primeros años 20 está en contacto el grupo ultraísta madrileño y participa en las tertulias del Café Pombo. En 1925 participa en la exposición de los Ibéricos y marcha a París, siguiendo los pasos de su amigo Pancho Cossío, donde conoce a Picasso y a Juan Gris, también se hace amigo de Derain y de Matisse. Firma sucesivos contratos con las galerías Percier, Max Eisenberger y Simon de D.H. Kahnweiler. Durante la segunda guerra mundial, a la llegada de los alemanes, escapa de París con su amigo Matisse refugiándose los dos en San Juan de Luz. Tras la guerra regresa a París donde lleva una vida solitaria y taciturna y donde muere en 1972.

Pablo Jimenez
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Esta llamada Escuela de París marca un capítulo importante no ya sólo dentro de la historia del arte español, sino de la historia del arte en general. La mayoría de ellos nació el mismo fatídico año del 98 y lo cierto es que parece como si en ellos se hubiera creado una repugnancia natural a lo que significa y representa para nosotros esa fecha. Para ellos España no era el problema; instalados en París, donde llegaron a estar en la cima de la moda, quisieron ser cosmopolitas y ciudadanos del mundo, bailar al ritmo del jazzband y olvidarse para siempre de los áridos paisajes de Castilla y de la España negra y profunda. París los reconoció como sus propios hijos, como la nueva esperanza del arte europeo, en un momento de desconcierto en las filas de la vanguardia y de vuelta al orden, en el que ellos consiguen marcar un punto de tranquilidad, abriendo un tiempo para la melancolía y la nostalgia, y señalando una primera mirada hacia atrás dentro, del mundo de la vanguardia, un primer asomo de intimidad y lirismo en una historia como la del arte contemporáneo que hasta entonces parecía tener más tintes militares que ar-tísticos.

Manuel Ángeles Ortiz, Francisco Bores, Joaquín Peinado, Hernando Viñes, Ismael de la Serna, Alfonso Olivares y Pancho Cossío, conforman lo que se ha dado en llamar Escuela de París y que supone una de las páginas más brillantes del arte español de este siglo, del arte europeo también. Apoyados por Thériade y Zervos, y los famosos “Cahiers d’Art” marcan en los años 20 y 30 la actualidad de un París enfebrecido que ve en ellos una visión más humanizada del mundo de las vanguardias. Sus pinturas son fundamentalmente bodegones de pequeño formato, por ello el propio Bores la llamó “Pintura-Fruta”, en ellos se mezclan los ecos de un cubismo que acaba de morir en la repetición de su propia fórmula, con un cierto afán de clasicismo, un cierto empeño de luz mediterránea y un fuerte deseo de ser arbitrarios y subjetivos, aunque haya que serlo a fuerza de nostalgia y de acentuar el sentimiento.

El París que conocieron y en el que triunfaron, era el París en el que las mujeres acababan de desembarazarse del corsé de acero y hueso de ballena, el París tomado por el Jazz, en el que se podía encontrar en un cabaret de Montmartre a Cocteau acompañando con los tambores a una banda de negros ante la mirada entusiasta de aristócratas rusos o desinhibidas norteamericanas como Gertrude Stein. El París de las grandes fiestas en las que se podía encontrar a algún uruguayo como Torres García, a algún inglés como al Príncipe de Gales y su corte de jovencitas hablando de sus coches, de sus teléfonos, de sus aviones, del golf y del cocktail y fumando sus perturbadores cigarrillos de tabaco turco. Y al lado de Picasso, acompañado unas veces todavía por Olga Koklova y otras ya por la jovencísima Marie Thérèse Walter, elegantísimos chicos de la mejor sociedad, afamados marchands y artistas bohemios que charlaban con las garçonnes, con esas chicas sin curvas, de pelo corto, con la cabeza como una pelota sobre el cuello alto y delgado y que entraban a saco en los armarios roperos de sus hermanos. Esas chicas que ensayaban miradas frías y displicicentes ante los espejos, mujeres infantiles pero precoces, independientes pero democráticas y económica y socialmente superfluas.

Pero era también el París de la melancolía, de las primeras amarguras y desconciertos vanguardistas, de la mirada hacia atrás; entre el final del cubismo y antes de que Dada se convirtiera en un rejuvenecido y fecundo surrealismo, se abría un amplio espacio para la pura melancolía, para el recuento del tiempo y las esperanzas perdidas, y el retour de vague, la vuelta al orden; para rescatar cenizas de ese otro París de principios de siglo. Tal vez la más importante aportación de ese grupo de españoles que, a pesar de la confusión que se ha vertido sobre el término, podemos seguir denominando como los de la "Escuela de París" y que muy pronto se encontrarían en el mismo epicentro de la actualidad artística, lo que mejor los distingue es, precisamente, esa primera melancolía de la modernidad, esa vaga nostalgia por el primer cubismo que les llevaba, de la mano de Braque, hacia un intimismo que ellos mismos llamaban neorromántico, hacia el recogimiento del bodegón, el regusto por una ligera geometrización del espacio, por la concepción del cuadro como una superficie plana, la búsqueda del límite exacto y equidistante entre la figuración y la abstracción..., cosas que ya habían perdido hacía tiempo sus últimos ecos de provocación y todo ello con un pequeño acento de rebeldía, de, cómo no, inconformismo interior que les acercaba, a veces, a ciertos planteamientos más expresionistas y en otras ocasiones a unas obras más broncas, más ásperas de factura, más preocupadas por la pura materia, que marcan su producción de los años 30, justo antes de que otras nostalgias que parecían más olvidadas les devolvieran la mirada hacia España, hacia esa España que ni siquiera abandona a sus hijos más cosmopolitas, y el grupo terminase por deshacerse.

Galería Leandro Navarro Amor de Dios, 1. Madrid. Teléfono 914298955. Horas de visita, de lunes a viernes, de 10 a 14h. y de 17 a 20h.
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