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UN SAXOFONISTA EN EL CINE

Calle 54 o la música vista por Trueba

La emoción de un Festival Internacional de Cine es una experiencia única, y si el evento tiene como telón de fondo la luna llena reflejada sobre las aguas de la romántica ciudad de Venecia, entonces la experiencia se convierte en fascinante aventura, capaz de dejar una huella indeleble en la memoria de quienes la vivieron.

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Yo tuve la buena fortuna de asistir recientemente a la última edición de ese festival celebrado en la tierra (¡y el agua!) de Marco Polo , como parte de la exitosa delegación española a la celebración de Lido. Allí se presentaron filmes de muchos países del mundo. Entre ellos: “Vengo”, una co-producción franco-española del realizador gitano-francés Tony Gatlif, que trata sobre pintorescos y apasionantes temas gitanos-españoles. “La Virgen de los sicarios”, de Barbet Schroeder, basada en la trágica novela del
colombiano Fernando Vallejo sobre la violencia cotidiana y los niños
asesinos de Medellín. Y entre mis favoritas, “Antes que anochezca”, la estremecedora cinta biográfica del célebre pintor y director
cinematográfico Julian Schnabel, cuyo guión está basado en el libro póstumo del escritor cubano Reynaldo Arenas.

De origen campesino y familia extremadamente pobre, Arenas llega a La Habana siendo casi un niño, unido a las tropas victoriosas de Fidel Castro. Superdotado de un talento nato para las letras, estudia en la Universidad de aquella ciudad y años más tarde, en varias ocasiones es encarcelado y brutalmente reprimido por la dictadura castrista, principalmente por su manifiesta homosexualidad y por atreverse a publicar fuera del país sin la
debida autorización oficial. En 1980, junto a la horda de criminales y
locos que fueron infiltrados entre los 125.000 boteros del éxodo del Mariel, logra por fin huir hacia las costas de La Florida. La tortuosa existencia del escritor termina con su suicidio en Nueva York en 1990, cuando el sida ya le había atrapado.

El difícil rol principal de “Antes que anochezca” fue asignado a Javier Bardem, y la extraordinaria transformación del actor madrileño conmovió desde temprano a la prensa internacional, haciéndole acreedor a un puesto favorito en el palmarés de la Mostra. “Al principio no quería aceptar el trabajo, porque era demasiado para mí y porque ponía en discusión algunos principios políticos míos; pero este papel ha cambiado mi vida. Reinaldo Arenas me ha hecho comprender el verdadero sentido de la libertad”, dijo Javier Bardem a un grupo de periodistas españoles.

En la película, Sean Penn representa brevemente a un carretero a quien poco y mal le trabajan las neuronas, y Johnny Depp hace el papel de un prisionero travesti que transporta en el recto increíbles volúmenes de los más diversos materiales, entre ellos ¡el manuscrito íntegro de una novela! La cinta de Schnabel, un desgarrador documento testimonial, le valió al director newyorkino en Venecia el gran premio del jurado, a Carter Burwell el de la mejor partitura musical, y a Javier Bardem los laureles del mejor actor.

Aunque mis simpatías apuntaran definitivamente hacia la producción de Julian Schnabel, la competencia fue reñida, y quien se llevó el codiciado León de Oro de Venecia fue la película iraní “The Circle” (El Círculo), de Jafar Panahi. Debido a mi intensa agenda de actividades, lamentablemente no pude asistir a la presentación de tan importante película, cuya trama denuncia los horribles abusos y crímenes que sistemáticamente son cometidos contra las mujeres por los fundamentalistas islámicos en Irán y otros países árabes. Una semana después, estando en el Festival de cine de Toronto, donde se presentó también dicha cinta, se corrió el rumor de que cierta amenaza de arresto por parte de las autoridades iraníes pesaba sobre los realizadores de “El Círculo” a su regreso a Teherán.

Pero entre tanto niño asesino, mujer abusada y poeta reprimido, quien cantó la tonada festiva tanto en Venecia como en Toronto fue el cineasta español Fernando Trueba con su Calle 54, que toma su nombre de la calle donde están situados los estudios SONY de Manhattan, donde fueron grabados los fragmentos musicales. El resultado, un espectacular documental que cuenta a grandes rasgos y con amor inmenso la vida y obra de algunos de los que modestamente nos dedicamos a ese género que hoy se conoce como Jazz Latino. La película llegó tarde a ambos eventos, por lo que fue exhibida fuera de concurso, pero por su calidad, Calle 54 fue elegida para cerrar (a teatro lleno) la Mostra de Venecia, seguida de la actuación en vivo de mi propio sexteto.

“Panamericana” es la pieza mía que sirve de obertura al documental, quizás por estar representados en ella la mayor cantidad de elementos y sonidos del Nuevo Mundo, desde los afrocubanos tambores Batá y la marimba centroamericana hasta el Bossa Nova, el cuatro venezolano y el bandoneón rioplatense. Como no es tarea fácil comentar con plena credibilidad una labor en la que se toma parte de forma tan activa y directa, comenzaré por citar las palabras del comentarista Elvis Mitchel, quien desde las páginas del New York Times de septiembre 19 comenta: “la película de Trueba es tan, pero tan buena, que hubiera podido pasarse con éxito durante todos los días del festival de Toronto”. Y yo agregaría que el efecto logrado por el director de “Belle Epoque” en su nueva producción es de un realismo tal, que en las varias veces que he asistido a sus presentaciones, el público aplaude al final de cada número musical, ¡como si estuvieran presenciando un concierto en vivo!

Durante una rueda de prensa en Santiago de Compostela, un periodista me preguntó si en Calle 54 estaban todos los más importantes representantes del género, a lo que yo, bromeando, cité el texto de un letrero que había a la entrada de un hospital de locos en las afueras de La Habana, y que decía: "no están todos los que son, ni son todos los que están". Pero aunque por falta de espacio quedaron fuera artistas tan importantes como Ray Barreto, Claudio Roditi, Claire Fisher, Danilo Pérez y Andy Narell, la verdad es que se cubrió una buena variedad de tonalidades provenientes de la policromada paleta jazzística latinoamericana. Desde la exquisita y calmada sensualidad de Eliani Elias, hasta la impetuosa avalancha sonora de Michael Camilo. La modal exuberancia de Gato Barbieri y el flamenquismo monkiano de Chano Domínguez contrastan dramáticamente con los sonidos tan eminentemente newyorkinos de la Fort Apache Band de los hermanos Andy y Jerry González, de la orquesta del Chico O'Farrill y de Tito Puente, el legendario Rey del Timbal, acompañado de su energético combo, todos estrellas totalmente vestidos de blanco.

La cubanísima raíz del género no pudo encontrar mejor representación que el conjunto de rumba encabezado por la sabrosa y característica voz de Orlando “Puntilla” Ríos, adornada por el repicar del inquieto quinto de Carlos "Patato" Valdés. Más tarde, el elegante dúo de Cachao y Bebo Valdés nos dejan bien convencidos de que sabor y buen gusto no son términos contradictorios.

Como diríamos en mi tierra: el documental de Trueba no tiene desperdicio, pero si alguien me preguntara cuál de los números es mi favorito, yo contestaría inmediatamente que La Comparsa; una sección de la película llena de arte y ternura en su más puro estado, donde Bebo y su hijo Chucho Valdés interpretan magistralmente a dos pianos la inmortal composición de Ernesto Lecuona.

Casi todas las piezas musicales del filme vienen precedidas de una introducción que ofrece una idea del modus vivendi de cada artista: Tito Puente en su restaurant de Long Island City, Andy González en el Bronx, Jerry en Puerto Rico, y Chico O'Farrill saliendo de su apartamento de Manhattan dirigiéndose al club Birdland, donde toca cada domingo con su Big-Band.

La sección de Bebo y Chucho comienza con una velada imagen del padre, vistiendo grueso abrigo, bufanda y gorro de lana, caminando lentamente por la helada costa de Estocolmo, donde ha vivido exiliado por casi cuatro décadas. El hielo cruje bajos sus altas botas, y el cielo gris de esta escena glaciar hace un violento contraste con la de Chucho, primero tocando el piano a cuatro manos con su hija Josy -una de los siete nietos que Bebo no conoce, dice el narrador en "off"-, y más tarde andando a pleno sol por las calles de un precario vecindario habanero, que más recuerda a Haití o Sarajevo que a la otrora hermosa capital de La Perla de las Antillas. Seguidamente, padre e hijo se sientan ante sendos teclados, e improvisan un Lecuona inédito e inolvidable que debe haber hecho llorar de alegría al maestro en su tumba del estado de New York. Bebo y Chucho no posaban juntos frente a unas cámaras, desde que el segundo, siendo aún un adolescente tocaba el piano con la orquesta de su padre en la portentosa CMQ de Goar Mestre. Cuarenta años después, Fernando Trueba logró repetir la escena familiar, probando una vez más, que con decretos y consignas, no se puede dividir lo indivisible.

El cineasta español dejó para la posteridad esto y mucho más grabado allí, en medio de su alegre y populosa Calle 54, la calle del Jazz Latino.
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