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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo IX: El peso del anarquismo (I)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. Esta semana ofrecemos la primera de las tres partes en las que se divide el capítulo noveno.

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La CNT y las izquierdas

Junto a los partidos marxistas, luchaba por destruir el régimen burgués la CNT (Confederación Nacional del Trabajo), poderosa sindical de orientación anarquista, comparable en afiliados a la UGT, y muy combativa. Sus centros principales radicaban en Andalucía y Cataluña, pero tenía influencia en casi todo el resto del país, desde La Coruña o Guipúzcoa hasta Valencia, pasando, desde luego, por Madrid. Se le atribuía un millón, y hasta un millón y medio de afiliados, pero si en UGT las cifras estaban infladas, más aun en la sindical ácrata, poco dada, por su propio carácter, a la escrupulosidad administrativa.

No obstante, la CNT había rehusado colaborar en la insurrección de octubre, salvo en Asturias. De ahí que comunistas y socialistas le lanzaran dardos envenenados, achacándole buena parte del fracaso: "Un ciclón de cieno, de viles calumnias (…) se ha lanzado por el jesuitismo marxista contra la Confederación, como alivio a su mal disimulado despecho por el fracaso de la insurrección octubrina. Los socialdemócratas y bolcheviques españoles emigrados, (… ) con una furia que jamás usaron contra los tiranos seculares (…) nos aplican el calificativo de traidores y derrotistas"

A lo cual respondían los libertarios con lenguaje a tono: resaltaban el historial "nefasto", "contrarrevolucionario", del PSOE, su colaboración con la dictadura monárquica de Primo, y luego su sabotaje a la huelga general en diciembre de 1930. Instaurada la república, los socialistas, aliados con la burguesía y su representante Azaña, "el político más cínico y fríamente cruel que nació a la vida política española", habrían cometido atrocidades contra la clase obrera, al extremo de que "el plomo republicano-socialista asesinó a 340 trabajadores por el crimen de plantear reivindicaciones al capitalismo". Sin olvidar la deportación de 125 dirigentes cenetistas al desierto y las selvas de África, o los campos de concentración creados para los revolucionarios por la Ley de Vagos y Maleantes. En conclusión, resumía el líder de la FAI Abad de Santillán, "¿Qué solidaridad era posible establecer con hombres y con partidos que han matado, en dos años, más obreros que la monarquía en un cuarto de siglo, que han intensificado todos los métodos de exterminio y de represión (…) para servir incondicionalmente a los enemigos del proletariado?".

Las milicias de los partidos marxistas quedaban descritas como "bandas terroristas y rompehuelgas o agentes confidenciales de la policía". Los "más caros afanes (de los socialistas) consistían en enriquecerse velozmente, y no quedó ni un rincón del erario nacional (…) que no fuese (…) acaparado (…) a la par que la represión se acentuaba (…) y las legiones de hambrientos se agigantaban por obra y gracia del socialismo". Además acusaban al PSOE -sin base, aunque coincidiendo en ello con el PCE y con algunos historiadores posteriores-, de haber utilizado cínicamente a los obreros en octubre, sacrificando cientos de vidas en aras de un cambalache con el poder: "se forjaron la ilusión de que el presidente de la República y la burguesía les pedirían por favor que no desencadenasen la guerra civil, dándoles a cambio el gobierno que apetecían".

En fin, desechaban las pretensiones revolucionarias del PSOE: "Lo que había de nuevo en la actitud de las izquierdas y del socialismo era la confesión de las aspiraciones dictatoriales. Y la dictadura partidista es siempre fascismo, cualquiera que sea el sector que la propicie". "El programa de la rebelión no merecía que se moviera por él el dedo meñique, pues si la (…) Juventud Socialista aspiraba al predominio único y exclusivo de su partido (…) los Maese Pedro del movimiento querían reponer en sus puestos a los asesinos de Casas Viejas", es decir a Azaña y los suyos. Así, socialistas y burgueses de izquierda se veían acusados por los ácratas de los mismos crímenes que aquellos achacaban a los gobiernos fascistas de centro derecha.



El PCE no salía mejor librado: "asilo de todas las nulidades periodísticas o aventureros políticos que execran los partidos burgueses". "Esa entidad marxista, que la componen media docena de descocados sin inteligencia ni moral, sobresale como maestra indiscutible del embuste. Llenaríamos varias páginas hablando verdades a esos enanos saturados de ponzoña (…) Así son los marxistas españoles, bolcheviques o mencheviques".

En cuanto a Companys, no pasaba de "atorrante político que vivió del halago al anarquismo y que luego lo persiguió con refinamiento". "El miedo a la victoria del proletariado lo resaltaron (los jefes de la Esquerra) negando la copiosa cantidad de armamento que tenían a los obreros (…) y lo dieron profusamente a las alcantarillas, a los muladares y a las brigadas de la policía" "Los gloriosos masacradores de anarquistas (en Cataluña) ( …) se entregaron como azoradas mujerzuelas".

Todo ello no impedía a los anarquistas reclamar para sí el mérito principal de Asturias, como hacían los comunistas: "Se puede reivindicar como iniciativa de la CNT y de la FAI lo poco que se llevó a cabo en la insurrección de octubre". "Si Asturias, que es un caso aparte, llegó al punto que llegó en su heroísmo, se debió a la intervención decidida de la CNT"; en aquella gesta, la "más notable de los trabajadores de Europa en el último siglo", importaba saber "por qué se abandonó a su suerte a los rebeldes asturianos".

Con todo, los anarquistas estaban psicológicamente a la defensiva y forzados a dar explicaciones: "Nuestro movimiento (…) no estaba preparado insurreccionalmente. Nosotros no contamos con banqueros ni con millonarios capaces de adelantarnos hoy cien para cobrarse mañana mil". En octubre "Las armas sobraban en manos de los socialistas; depósitos enormes cayeron en poder de la Policía. Y nuestros compañeros fueron rechazados siempre que las gestionaron". "El movimiento de Octubre iba contra nosotros tanto o más que contra las derechas políticas (…) Por eso tenía que fracasar". Y señalaban "como exhortación al buen sentido (…): o la revolución se hace en España con la CNT o no habrá revolución; y si no hay revolución habrá fascismo".

Había bajo la crítica un ambiguo ofrecimiento para una ocasión posterior: "Se habla por ahí de la necesidad de un frente único para impedir el advenimiento del fascismo. Realmente nada más lógico (…) Pero (…) el antifascismo puede ser hecho en nombre de la democracia (…). Nosotros somos antifascistas porque queremos superar la crisis presente mediante una nueva estructuración social, no para mantener la supervivencia del mito de la democracia" (1)

No faltaba alguna razón a los cenetistas cuando advertían de que sin ellos no habría revolución en España. Conscientes del problema, los marxistas habían hecho esfuerzos, y los seguirían haciendo, por atraerse a la CNT, bajo el doble argumento de la necesaria "unidad del proletariado" y de la solidaridad con los detenidos en la revuelta. En apariencia debía resultar fácil la unidad, al menos en la acción, entre ellos. Todos decían representar a los obreros y al pueblo, deseaban trastocar de arriba abajo el orden social, y estaban dispuestos a emplear la máxima violencia a tal fin. En aras de su misión liberadora, todos decían haber superado los personalismos y las mezquinas intrigas y rivalidades propias de los políticos burgueses, codiciosos y egoístas por naturaleza. Sin embargo, bajo las exhortaciones a la unidad o al pacto, cada uno sospechaba intenciones siniestras en los otros. Y no eran sospechas vanas. Prieto, por ejemplo, había expuesto a Besteiro, antes de octubre, cómo pensaba afrontar a los anarquistas en caso de triunfar la insurrección, "neutralizando" a unos cientos de los jefes. Nada mejor aguardaría a los marxistas si en el común triunfo prevaleciese la CNT.

Por estas razones la consigna de unidad, aunque esgrimida unánimemente, surtía poco efecto. Más lo tendría, en cambio, la apelación emocional por los represaliados de octubre. Muchos de ellos eran anarquistas asturianos, y el anhelo de liberarlos empujaba a la CNT a una alianza oficiosa con el resto de la izquierda. Una vez más la abrumadora campaña contra la represión iba a jugar un papel decisivo abriendo camino a la unidad antifascista, por mucho que el fascismo, por el momento apenas existiera en España. Y así, sobre los odios y desconfianzas recíprocos, iba cuajando una colaboración destinada a fructificar a principios de 1936. Para creciente ansiedad de la derecha.



La CNT, pues, constituía una auténtica potencia en el panorama de la época, lo cual constituía una peculiaridad de España, en cuya historia del siglo XX, hasta 1939, ejerció profundo impacto el anarquismo. Aunque éste había logrado implantarse en Italia, Rusia, Portugal o Francia, hasta en Usa, en todos ellos había desaparecido, por consunción en unos casos, por represión en otros -en Rusia a manos de los bolcheviques, en Italia de los fascistas; la represión en Usa también fue considerable-. Sólo en Argentina o Uruguay conservaba cierto peso.

En España, su influencia se remonta a 1868, cuando Bakunin envió un agente suyo, Fanelli, que esparció la simiente en Madrid y Barcelona, pronto extendida a Andalucía. Pero la gran organización que pasará a la historia será la dicha CNT, fundada en Barcelona en 1910 sobre el modelo del sindicalismo revolucionario francés (si bien ya en 1870 el español Anselmo Lorenzo había propuesto algo semejante en la Conferencia de Londres de la Internacional). La Confederación se definió como un movimiento "para recabar de momento todas aquellas ventajas que permitan a la clase obrera poder intensificar la lucha dentro del presente estado de cosas, a fin de conseguir (…) la emancipación integral de la clase obrera, mediante la expropiación revolucionaria de la burguesía, tan pronto como el sindicalismo (…) se considere bastante fuerte numéricamente y bastante capacitado intelectualmente para llevar a efecto la huelga general, que por propia definición debe ser revolucionaria, y hace suya la divisa de la Primera Internacional: "La emancipación de los trabajadores ha de ser la obra de los trabajadores mismos". A nueve años de su fundación la CNT decía contar con 700.000 miembros, cifra probablemente muy exagerada (2).

Enseguida el terror ("la propaganda por la acción", la "acción directa", aunque así se llamó también a la negociación sin intermediarios entre obreros y patronos) fue acogido como un arma esencial del movimiento. En el último cuarto del siglo XIX, Rusia había sido el mayor escenario de los atentados ácratas, y la prensa republicana y progresista hispana los interpretaba como "respuestas desesperadas" a la ausencia de libertades y de justicia social en el país del zar. Pero desde los años 90, los bombazos indiscriminados y los magnicidios se habían extendido a países como Francia o Bélgica, y alcanzado a Usa, echando por tierra la teoría de la "respuesta desesperada" a una autocracia. Muchos esperaron entonces que la plaga no alcanzaría a España, porque creer incompatible con el carácter español crímenes tales. Pero volvieron a errar (3).

Los anarquistas infirieron al régimen de la Restauración profundas heridas, al asesinar a varios de sus mejores políticos, Cánovas, Canalejas y Dato, al atentar contra Maura o el rey, y crear un clima de inestabilidad. Hicieron de Barcelona la "ciudad de las bombas", y sus brutales acciones provocaron reacciones exasperadas y medio ciegas, seguidas de las correspondientes campañas de propaganda y crisis políticas. La espiral de violencias culminó en la caída del régimen y la dictadura de Primo de Rivera. El anarquismo, por tanto, frenó el desarrollo y reforma de la Restauración, y finalmente fue causa muy principal -aunque no única- de la dictadura.

La dictadura, en conjunto benévola, reprimió la subversión cenetista, aunque permitió algunas de sus organizaciones y propaganda, y la mayoría de los sindicalistas se plegó sin demasiada resistencia a las nuevas condiciones. Pero tras la marcha del dictador, la sindical volvió a la palestra con inesperados bríos, entrando en alianza de ipso, no formal, con fuerzas burguesas y socialistas para traer la república. No lo hizo, lógicamente, por especial vocación republicana, sino -como el PSOE aunque con otra estrategia-, por calcular que el nuevo régimen sería débil ante su agitación. Por su parte, burgueses y socialistas pensaban utilizar a su peligrosa auxiliar como fuerza de choque contra la monarquía, para después meterla en vereda a como diese lugar. Unos y otros se equivocaron. Durante el primer bienio de la república, la CNT multiplicó sus huelgas, sabotajes e insurrecciones. A su vez, el gobierno reprimió a sus ex aliados con mucha mayor violencia que la monarquía. Ninguno logró imponerse, pero la subversión libertaria devino un cáncer de la república, como lo había sido de la Restauración, provocando crisis políticas que desfondaron al gobierno izquierdista de Azaña.

La llegada del centro-derecha al poder, a finales de 1933, produjo un nuevo cambio de simpatías. Las izquierdas, en especial el PSOE, volvieron a ver en la CNT un posible aliado contra la derecha. Pero los odios del bienio anterior seguían en carne viva, y los acuerdos fueron escasos, si bien no nulos: en Asturias, la CNT aceptó colaborar en la insurrección. En Cataluña, por el contrario, la saboteó, y en otros lugares se abstuvo.

NOTAS

1.- Citas de apéndices documentales en M. Bizcarrondo, Octubre del 34. Reflexiones sobre una revolución, Madrid, Ayuso, 1977, y de P. I. Taibo "Las interpretaciones de Octubre. Justificaciones, intentos de capitalizar, balances y disculpas", en Asturias, 1934, II, Madrid, Júcar, 1984.

2.- J. Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, Madrid, 1977, p. 15

3.- En J. Álvarez Junco, El emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza, 1990, p. 145

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