Menú
LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo IX: El peso del anarquismo (y III)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. Esta semana ofrecemos la tercera y última parte del capítulo noveno.

0
La tradición ácrata en España

En España, la CNT integraba todas esas corrientes, desde la mística obrerista a los "grupos de afinidad" en extremo individualistas. Una combinación difícil de ambas puede hallarse en el dirigente catalán Juan García Oliver, quizá el anarcosindicalista más notable de esa época, persona compleja e intelectualmente bien dotada, líder nato: "Para mí, Bakunin y Marx eran sospechosos a causa de su origen (…) Ninguno de los dos había conocido el trabajo de peón"; llega a calificarlos de "grandes enajenados de las realidades sociales" y sus disputas de "pueriles". Pero indiscutiblemente las ideas anarcosindicalistas procedían en gran medida de Bakunin, y las tentativas de García y otros por mejorarla no podían llegar lejos: "Para que los trabajadores logren realizar su emancipación, es menester que la clase trabajadora se reencuentre y suprima a Marx del marxismo y a Bakunin del anarquismo, analizando detenidamente qué cosa es el Estado y qué cosa el gobierno, qué es la autoridad y qué es la libertad y, por encima de todo, qué es el hombre". Un programa tan ambicioso como desesperado, según testimonia la historia de la filosofía (1).

Pero mientras no se resolviesen esas cuestiones, había al menos algunas cosas claras: los burgueses, el clero y el estado causaban los males que afligían al hombre, y "a la hora del fracaso total del sistema capitalista, solamente la organización de los trabajadores podría salvar del caos a la sociedad humana". Sobre estas certezas y el aire de sencillez y evidencia que ofrece la moral a gente poco dada a especular, se imponía la acción resuelta contra los culpables: Tanta injusticia no debe seguir…Si tu existencia es un mundo de penas… antes que esclavo, prefiere morir, decía un himno. García Oliver, aunque constata que "lamentablemente, la CNT careció siempre de teorizantes de sus luchas", y por eso la obra del sindicato "no ha sido debidamente explicada ni glosada", tenía muy escasa simpatía por los teóricos. Prefería a los activistas: "El día que asesinaron al "Noi del Sucre", en Barcelona lloraron los hombres fuertes, de que siempre ha sido rica nuestra Organización, els homes d´acció, porque Seguí también había sido uno de ellos. (…). (Entonces) nos dejaron los que se creían y decían intelectuales. Se pensó que nuestra Organización hincaría las rodillas y en largo lamento pediría clemencia. No fue así". Els homes d´acció prosiguieron los atentados. No menos despreciaba García a los burócratas, que proliferaban en las filas sindicalistas, en parte por la necesidad de ordenar mínimamente aquella enorme fuerza colectiva* (2)

*Salvador Seguí, "El noi del sucre" ( "El chico del azúcar"), legendario líder de la CNT, fue asesinado por pistoleros de la patronal en marzo de 1923, en la época álgida del terrorismo en Barcelona. Hombre de notable talento organizador y oratorio, había llegado a preconizar una acción más paciente y menos violenta, y por eso algunos creen que su muerte frustró una posible reorientación del sindicalismo por cauces reformistas, que hubieran cambiado quizás la historia posterior de España. Sin embargo la ola terrorista había llegado a tales extremos que resultaba improbable una vuelta atrás.

El mismo García, compañero de anarquistas míticos como Durruti, los hermanos Ascaso, o Jover, estuvo complicado en la preparación del asesinato —ajusticiamiento, según él— del gobernante Eduardo Dato, en 1921, y en la tenaz escalada terrorista que finalmente dio al traste con la Restauración y trajo la dictadura de Primo de Rivera en septiembre de 1923. Luego actuó contra la dictadura y, en la república, destacó en la organización de insurrecciones (la "gimnasia revolucionaria"). En plena guerra civil aceptaría un ministerio del Frente Popular, claudicación en los principios justificada por la circunstancias bélicas. No representaba, ni mucho menos, a la CNT en conjunto, pero sí a un sector muy característico*.

*Refiriéndose a las malavenidas fracciones anarquistas exiliadas después de la guerra, observa García cómo una de ellas formaba sucesivos comités nacionales de CNT en el interior, que caían sistemáticamente en manos de la policía franquista: "el burocratismo carece de héroes, pero llega a tener muchas víctimas". Otra tendencia "la llamada de Toulouse, con (…) Federica Montseny, Germinal Esgleas, Felipe Alaiz y José Peirats, no aspiraba a tener ni mártires ni héroes. Ser burócratas les era suficiente" García estaba, desde luego, con "los que, con precisión psicológica, algunos periodistas franceses llamaban desesperados. Cargados con todos los anatemas del equipo de Toulouse, cruzaban los Pirineos, se adentraban en España e iban a recalar a las barriadas obreras de Barcelona, donde se recordaban los ecos de antaño cuando eran recorridas por unos hombres que hacían susurrar a los obreros al verlos pasar: son els homes d´acció del sindicalisme. Entre los burócratas de Toulouse y los quiméricos integrantes de los Comités nacionales de Madrid, los hombres de acción preferían el acto desesperado" (3).



Por otra parte, la insistencia en la libertad y la fraternidad, no hacía de las sociedades ácratas un modelo al respecto, lo cual podía despertar dudas sobre la posibilidad de que su triunfo abriera las puertas al espléndido mundo prometido. Las luchas por el poder, aunque no se las llamara así, solían ser despiadada. García Oliver habla de los libertarios franceses de mediados de los años 20: "Penetrar en aquellos grupos era como caer en un avispero. El líder de uno de aquellos grupos, Armand, para dar una idea de esa situación, escribió un libro que tituló Parmi les loups (Entre lobos)". En España no sucedía nada mejor: "Dividida la militancia en pequeñas capillas, el medio moral se restringía de tal manera que hacía imposible la convivencia entre compañeros (…) No podía olvidar los sufrimientos morales que padeció el compañero Salvador Seguí, El Noi del Sucre. Seguí cayó abatido por las balas (…) Pero antes, Seguí tuvo su larga pasión en la campaña de insidias de que era objeto por parte de muchos compañeros". Entrañaba serios riesgos exponer ideas que otros encontrasen contrarrevolucionarias. Cuando Ángel Pestaña propuso un apoyo condicional a la II República, él y los suyos fueron expulsados entre insultos y amenazas que nadie tomaría a broma (4).

El movimiento libertario formaba una sociedad peculiar y cerrada, con sus "ateneos" y centros de cultura, prensa y actividades. Las ideas corrientes eran muy generales, predicaban el trabajo y la vida sobria y sana, mediante el vegetarianismo o el desnudismo, y el anatema del alcohol y del tabaco, un "amor libre" oscilante entre el puritanismo y una semiprostitución, así como un anhelo algo ingenuo por la elevación cultural y la fraternidad universal, expresada, por ejemplo, en el cultivo del esperanto. Rechazaban lo que podríamos llamar una moral de la riqueza. Cuando Pestaña, delegado de la CNT ante el congreso de la Comintern en 1920, habló con Lenin, le soltó una breve filípica que el bolchevique debió de escuchar perplejo: "La mayoría de los delegados concurrentes al Congreso (…) tienen mentalidad burguesa (…) Murmuran y maldicen de que la comida es poca y mediana, olvidando que (…)millones de hombres, mujeres, niños y ancianos carecen, no ya de lo superfluo, sino de lo estrictamente indispensable. ¿Cómo se ha de creer en el altruismo de esos delegados que llevan a comer al hotel a infelices mujeres hambrientas a cambio de que se acuesten con ellos (…) ¿Con qué derecho hablan de fraternidad esos delegados que apostrofan, insultan e injurian a los hombres del servicio del hotel (…) A hombres y mujeres del pueblo los consideran servidores, criados…" Denostó asimismo las "lucrativas componendas", la "canallada" y la "granujería" de los que ponían "a precio su adhesión" al movimiento (5).

Por su moralismo, el anarquismo español ha sido comparado con una religión. Brenan le encuentra semejanza con "la herejía protestante de la que la Inquisición salvó a España en los siglos XVI y XVII"; idea algo sorprendente. "Me atrevería a sugerir que la rabia de los anarquistas españoles contra la Iglesia es la rabia de un pueblo intensamente religioso que se siente abandonado y decepcionado. Los curas y frailes lo abandonaron en un momento crítico de su historia y se echaron en brazos de los ricos". Esto no pasa de ser un tópico, aunque cite palabras de un ácrata amigo suyo ante los incendios en Málaga: "Le aseguro que no quedará piedra sobre piedra, y que ni una planta, ni una triste col volverán a crecer allí, para que no haya más iniquidad sobre la tierra". Y comenta: "Era la misma voz de Amós o de Isaías (aunque el viejo nunca había leído a ninguno de ellos) o la de un sectario inglés del siglo XVII". Pero también la de Bakunin. De todos modos, en la medida en que la ética libertaria iba más allá de la simple justificación de su violencia, sólo podía fundarse en las tradiciones cristianas del país (6).



El anarcosindicalismo dio muchas figuras humanas extremas, desde sádicos que empleaban el disfraz ideológico para saciar sus rencores, hasta hombres de vida extraordinaria y aventurera, a veces talentosos y de moral exigente. Las memorias de varios de ellos se leen como novelas, y resultan documentos muy interesantes de la época, así las de Abad de Santillán, Peirats o García Oliver. También el anarquismo tuvo una pasionaria menor en Federica Montseny. Tipo característico fue Cipriano Mera, albañil madrileño de notable talento natural, militar destacado durante la guerra. En sus palabras, "cuando termine la guerra, el teniente coronel Cipriano Mera dejará las armas para volver a empuñar el palustre", y así lo hizo, viviendo de su oficio en Francia, en una modestia voluntaria, "franciscana" a su modo (7).

En cuanto a García Oliver, sus memorias, El eco de los pasos, revelan talento literario, a menudo una especie de seca poesía, también un ego muy fuerte (siempre tenía las ideas adecuadas en el momento adecuado), y, en conjunto, son de lectura apasionante. Durante la guerra sería ministro de Justicia en el gobierno de Largo Caballero, y aunque llegó a justificar los asesinatos llamado "paseos", trató de establecer una justicia digna de ese nombre*.

*Tras la guerra el gobierno sueco le dio refugio, por considerar que había hecho "cuanto pudo por restablecer la ley y el derecho de gentes" durante la contienda. Según cuenta, el mismo gobierno rehusó dar asilo a un grupo de 300 republicanos, entre los que se contaban catedráticos, ex ministros, ex diputados etc. (8).

Exiliado en Suecia, aprendió algo del idioma, pero dejó el país por no depender de un subsidio, ya que la ley prohibía emplear a extranjeros mientras hubiera suecos en paro. El ex ministro había ofrecido con naturalidad su competencia como camarero, barnizador de muebles y trabajador textil en tintes y aprestos. Terminó en México, donde vivió en condiciones duras, y soportando desgracias como la muerte, en accidente, de su joven hijo único. Su peculiar moralismo, áspero y sin consuelo, lo reflejan las últimas frases de su libro: "En adelante deberé contemplar el paso de los días, en la estricta soledad y el nada hacer de quien, apartado del trabajo creador, ha de dedicarse a contar el tiempo, el segundo empujando al minuto y el minuto a la hora. Y así hasta la muerte". O en la forma en que describe a exiliados anarquistas inadaptables, condenados a la miseria: "Cuando entraban en Indigencias (sección del Hospital Español) no esperaban ni una larga estancia: al decidirse a aceptar su internamiento, ya se consideraban fuera de la circulación, sin mañana posible. Era el caso de Cristóbal Aldabaldetreco. Entró, lo revisaron, lo acostaron, se puso de cara a la pared y murió". Aldabaldetreco, "aunque de origen vasco, anduvo por las barriadas obreras de Barcelona, con paso cauteloso, el de los hombres de acción del sindicalismo" (9)

NOTAS

1.- J. García Oliver, El eco de los pasos, Barcelona, Ruedo Ibérico, 1978, p. 614 y 622

2.- Ibíd., p. 614 y 622 y ss

3.- Ibíd., p. 615-6

4.- Ibíd., p. 351 y 610

5.- En V. Alba, Historia del Partido Comunista en España, Barcelona, Planeta, 1979, p. 44-5

6.- G. Brenan, El laberinto español, Madrid, Globus, 1994, p. 215-6

7.- J. M. García Escudero, Historia política de las dos Españas, II, Madrid, Edit. Nacional 1976, p. 581.

8.- J. García Oliver, El eco..., p. 534

9.- Ibíd., p. 531, 614, 616


CAPITULO ANTERIOR CAPITULO SIGUIENTE
0
comentarios

Servicios