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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo segundo

LIBERTAD DIGITAL prosigue esta semana con la publicación por capítulos de “Los orígenes de la guerra civil española”, de Pío Moa. Se trata de una de las obras más importantes de la historiografía española reciente con la que su autor trata de demoler uno de los conjuntos de mitos y lugares comunes más erróneos y difundidos acerca de esta dramática etapa de nuestra historia. Esta semana ofreceremos el capítulo segundo de esta obra en proceso de elaboración en la que el historiador, basándose en una revisión exhaustiva de las fuentes documentales, continúa con la tarea iniciada en sus dos títulos anteriores publicados por ediciones Encuentro: “Los orígenes de la guerra civil española”, tomo I, y “Los personajes de la República vistos por ellos mismos”.

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II.- UN RÉGIMEN EN QUIEBRA

Si durante la insurrección la CEDA, principal partido de la derecha, se atuvo plenamente a la legalidad, ¿ocurriría después lo mismo? El golpe del PSOE y la Esquerra había creado una situación extraordinariamente delicada y paradójica, que el día 19, apenas concluida la rebelión de Asturias, exponía Gaziel en La Vanguardia de Barcelona: "Se ha terminado la República del 14 de abril. Los que la trajeron están descartados, aniquilados. Los que no la querían son dueños de ella. Y se da el caso portentoso -¡otra cosa de España!- de que la Constitución ha sido desgarrada y pisoteada por los mismos que la votaron, y los encargados ahora de su custodia son aquellos que la combatieron. En estas condiciones volvemos a entrar en un compás de espera. Una espera en la que se dibuja por momentos una gran interrogación: ¿vendrá una república de otra clase... o vendrá otra cosa?".

El diagnóstico parecía correcto, incluso en su insinuación de que los vencedores podrían optar por la dictadura. La pacificación de los espíritus, o lo contrario, iba a depender de la lección que vencedores y vencidos extrajesen de los sangrientos sucesos pasados. Gaziel mostraba poco optimismo, pero no faltaban razones para la esperanza. Pues si bien las derechas podían aprovechar su victoria para derribar o socavar al régimen, hasta entonces no habían dado muestras de marchar en esa dirección. Y la derrota quizá permitiera corregir el extremismo de las izquierdas.



¿Qué actitud, pues, adoptaría la CEDA? El PSOE había basado su estrategia en la profecía de que el país se escindiría entre partidarios de dictaduras, una proletaria y otra burguesa. La profecía tendía a cumplirse por sí sola, pues en la medida en que las luchas sociales fuesen atizadas con fines revolucionarios, la derecha se vería empujada a su vez hacia posiciones extremas, similares a los fascismos europeos de la época. El hostigamiento a la legalidad durante 1934, y la embestida final de octubre, habían sido de tal magnitud que parecía bastante lógica la caída de la CEDA en una postura revanchista.

No obstante, el 5 de noviembre, en el Parlamento, Gil-Robles volvía a distanciarse del fascismo: "Está en crisis aquel viejo concepto liberal que cimentaba sobre el individuo todo el edificio político y todo el edificio social. Pero me temo que mucho antes de ensayarse con plena eficacia esté también en decadencia ese principio contrario que, apartando al individuo, quiere construirlo todo sobre el estado. Y le temo mucho a los excesos del individuo; le temo mucho más a los excesos del Estado, que hace que desaparezca toda personalidad, toda individualidad, absorbida por el monstruo del Estado (...) Yo tengo que defender (la personalidad) en nombre de un concepto humano, en nombre de un concepto social, en nombre de un concepto cristiano". Respondía así al monárquico Calvo Sotelo, quien sí proponía utilizar la derrota revolucionaria para cortar por lo sano, dictatorialmente.

Salvador de Madariaga ha escrito: "El argumento de que Gil-Robles intentaba destruir la Constitución para instaurar el fascismo era a la vez hipócrita y falso. Hipócrita porque todo el mundo sabía que los socialistas de Largo Caballero estaban arrastrando a los demás a una rebelión contra la Constitución de 1931, sin consideración por lo que proponía o no Gil-Robles; y por otra parte a la vista está que el presidente Companys y la Generalidad entera violaron la Constitución. ¿Con qué fe vamos a aceptar como heroicos defensores de la República de 1931 a aquellos mismos que para defenderla la destruían? Pero el argumento es además falso, porque si Gil- Robles hubiera tenido la menor intención de destruir la Constitución del 31 por la violencia, ¿qué ocasión mejor que la que le proporcionaron sus adversarios alzándose contra la misma Constitución en octubre de 1934, precisamente cuando él, desde el poder, pudo como reacción haberse declarado en dictadura? Lejos de haber demostrado en los hechos apego al fascismo y desapego al parlamentarismo, Gil-Robles salió de esta crisis convicto y confeso parlamentario"(1). Es difícilmente rebatible el análisis de Madariaga. La república se sostuvo y el gobierno siguió dirigido por los radicales, y eso hubiera sido imposible sin la templanza de la CEDA. No fueron prohibidos los partidos rebeldes, ni siquiera momentáneamente, y el estatuto catalán quedó suspendido, no abolido. Pero la revolución había inferido al régimen una herida de difícil cura. De hecho lo había dejado en quiebra, al arruinar la confianza en él como sistema de libre expresión y juego de las fuerzas políticas. No obstante, la moderación cedista permitía pensar en una etapa menos convulsa y en una progresiva reintegración política de los vencidos de octubre.



Así pues, la pacificación dependía ante todo de una rectificación en el ánimo y las ideas de los sublevados. Y esa rectificación faltó. La conducta democrática de la CEDA no impresionó a la mayoría de la izquierda, que continuó tildándola de fascista y reivindicó con orgullo el alzamiento. Para la Esquerra, era "tiempo de reflexión, de examen de conciencia", pero su examen justificaba de lleno la rebelión de octubre. Sin ella, aseguraba humillando a la lógica, "todo se habría perdido, hasta el honor (...) todo nos lo habrían quitado, hasta el derecho de llamarnos catalanistas y republicanos (...) todo habría sido más doloroso y más catastrófico". La derrota, al parecer, les había permitido salvar el honor y el derecho, mitigar el dolor y la catástrofe. El descalabro habría sobrevenido "por fatalidades políticas y por disensiones internas de las izquierdas políticas españolas", izquierdas con las cuales la Esquerra simpatizaba, pero de las que se excluía. Por fortuna dichas izquierdas "han iniciado los primeros esfuerzos para (...) reconquistar, no la opinión pública, que de hecho ha estado siempre con ellas, sino los organismos que han de encauzar políticamente esta opinión". En cuanto a la "democracia catalana", como se denominaba a sí misma la Esquerra, apoyaba "fraternalmente" a los hombres de "la democracia española", y había "aprendido la lección tremenda en el sentido de depurar sus organismos y de encuadrarlos en una disciplina de hierro, de continuar la lucha abnegada y tenaz", porque "la democracia de izquierda, superior en hombres y en pasión, ha sido inferior en cuanto a disciplina y organización a las fuerzas de la derecha. En las nuevas batallas civiles sólo una disciplina inflexible, una dirección unificada y un programa preciso de acción asegurarán la victoria". Para vencer, un "principio básico: unificación", la cual debía abarcar a la misma CNT , a la que halagaba al tiempo que le afeaba sus "erróneas” posturas. E insistía, en la misma línea anterior a octubre: "Un nombre, una bandera, una disciplina, un programa", así como "disciplina, serenidad, abnegación, lealtad (...) Nuestras miradas fijas en las órdenes, lleguen cuando lleguen, del único sitio de donde pueden y han de venir y ser dadas". Reflexiones tales, con reminiscencias del estilo fascista, eran públicas, en pleno estado de guerra y bajo la censura, en La ciutat, diario sustituto del suspendido L´humanitat (2).

En cuanto al PSOE, debió haber sido el momento de Besteiro, una vez los hechos habían corroborado sus advertencias: la revolución era una "locura", sólo podía producir "un baño de sangre" y concluir en fracaso. El sol editorializaba el 24 de noviembre: "Parece que en el seno del partido socialista va imponiéndose el criterio que siempre debió prevalecer. La tragedia revolucionaria (...) ha sido una lección demasiado dura (...) Pero el cambio de orientación (...) ha de emerger precisamente de un sincero viraje de la conciencia viva del partido". Sin embargo el viraje no ocurrió. Salvo los besteiristas, nadie en el PSOE juzgó oportuna la menor autocrítica o siquiera un examen a fondo de lo ocurrido. Es más, la propaganda socialista llegó a sentar la tesis de que, en definitiva, la insurrección había triunfado, al impedir una imaginaria dictadura de derechas. Sobre tan ardua pretensión escribirá el socialista Mario de Coca, partidario de Besteiro: "Julio Álvarez del Vayo (...) dijo en un mitin, ya bien entrado el año 1935, y no tardó en ser fielmente repetido por el jefe bolchevizante (Largo Caballero), que el proletariado español había dado una lección de heroísmo al proletariado universal con la insurrección octubrista, venciendo al fascismo cuando ya se había adueñado del Poder. Esto es batir por el máximo tanto alzado todos los campeonatos de idiocia y mentecatez" (3)



En cualquier caso la mentecatez tomó alas en el partido. Y persistió el espíritu de la última proclama del comité asturiano: la derrota sólo sería un alto en el camino, hasta una nueva ocasión propicia. Tampoco las izquierdas republicanas, encabezadas por Azaña, las cuales habían apoyado moralmente la insurrección, iban a adoptar una actitud conciliatoria, sino al contrario. Por todas estas razones el año 1935 no vería la marcha hacia la estabilidad y la concordia, sino lo contrario. Como observará el socialista Amaro del Rosal, uno de los organizadores de la insurrección de octubre, "Las clases dominantes vivieron aterradas por ese fenómeno de vitalidad política. La prensa reaccionaria, bastaría con analizar El debate, era un exponente de ese terror. De ahí su incitación permanente de aconsejar "cristianamente" la represión y el golpe de Estado. La reacción había logrado la victoria electoral en 1933 y aplastar el movimiento de octubre, sin embargo no podía contener el proceso revolucionario que representaba octubre" (4). No hubo tales consejos de "golpe de estado", pero las demás frases responden a la verdad.

Nota: La tesis de que la revuelta de octubre evitó un golpe fascista, descalificada por Mario de Coca, merece cierto examen porque ha tenido influencia y sigue teniendo alguna. El historiador inglés P. Preston, por ejemplo, la hace suya: "Los apologistas de Gil Robles afirman que el hecho de no haber tomado el poder una vez consumada la represión muestra su respeto esencial por el sistema parlamentario. Los socialistas afirman que la determinación que mantuvo el proletariado asturiano no le daba otra alternativa". Realmente, definir a Madariaga como un "apologista" de Gil-Robles no es serio. Y quienes afirman lo que Preston dice no son "los socialistas", sino sólo algunos de ellos, muy pocos hoy día aparte del propio historiador. También es una expresión propagandística, más que informativa, la "determinación del proletariado asturiano", pues sólo una parte menor de éste se rebeló. Y no habiendo hecho amago la CEDA de contragolpe de estado, todo el argumento cae por su peso.

Preston apoya su interpretación en los siguientes datos: "Los mineros, armados sólo con cargas de dinamita, impidieron el paso de cuatro columnas armadas con artillería y pleno apoyo aéreo, y las derrotaron en dos ocasiones. La dificultad que tuvieron en pacificar una región no auguraba grandes éxitos en su intento de tomar el país entero. El mismo ministro de la Guerra admitió que de haber surgido levantamientos en otras zonas del país, el ejército no hubiera podido hacerse con ellas. Por otra parte, el mismo ejército se había mostrado lo suficientemente republicano en espíritu para tener que echar mano de los mercenarios africanos para llevar a cabo la represión. Hay noticias de que al menos un oficial dio orden a sus hombres de no hacer fuego contra sus hermanos. De hecho, cuando la derecha decidió tomar el poder en 1936, tuvo que luchar durante tres años en una feroz guerra civil" (5).

Casi ninguno de estos datos es fidedigno. Los mineros disponían de muchísimas más armas que la dinamita, y sólo tuvieron a raya por unos días, sin derrotarla, a una de las columnas militares, aparte de otras dos pequeñas expediciones que se replegaron sin combatir. En cambio una columna mínima, de 300 hombres, logró atravesar la zona rebelde, liberando la importante ciudad de Avilés y penetrando luego en Oviedo; y las tropas enviadas por Franco a Gijón, con algo más de 2.000 soldados, se abrió paso hasta la capital regional y resolvió la situación en cinco días.

Es cierto, en cambio, que el ejército fue suficientemente republicano. Por ello casi todo él defendió la legalidad bajo el mando de un gobierno indiscutiblemente legal. Los militares revoltosos permanecieron pasivos en su mayoría, y apenas hubo deserciones. El oficial (jefe en realidad) que comentó (no dio ninguna orden en tal sentido) que sus hombres no tirarían contra sus "hermanos" tomó una actitud subversiva, no republicana. Los "mercenarios africanos", como parte del ejército español, ya habían sido traídos por Azaña contra Sanjurjo, en 1932. En los disturbios del 6 de febrero de 1934, en París, parte de la ciudad fue tomada por tropas senegalesas, y nadie pensó que el gobierno francés de izquierda desconfiara de su ejército y tuviera que recurrir a "mercenarios negros" para reprimir al pueblo.

También el argumento extraído de las declaraciones del ministro sobre la dificultad de controlar la rebelión si ésta hubiera estallado en todas las regiones prueba lo contrario de lo que el historiador inglés supone. Pues si bien los mineros combatieron con valor y hasta con heroísmo, fueron la excepción clamorosa, nunca imitada. Por eso fue vencida la revuelta tan fácilmente. Preston parece creer que sólo se intentó la revolución en Asturias.

Algo inapropiada resulta la comparación con los tres años de lucha que costó la victoria de los sublevados de 1936, pues olvida un punto esencial: que, al revés que en octubre del 34, en julio del 36 el poder estaba en manos de la izquierda. Por eso la rebelión derechista fue un semifracaso inicial que bien pudo haber terminado como la izquierdista de octubre. Y si la derecha rebelde en 1936 logró finalmente vencer, tuvo para ello que superar la aplastante ventaja inicial de sus enemigos.

En realidad, la lección que la derecha pudo extraer de octubre fue más bien la facilidad de su triunfo en todas partes; incluso en Asturias la resistencia cedió pronto ante soldados bien entrenados.

El historiador olvida, además, que el "golpe fascista" había ocurrido ya, consistiendo en la entrada de tres ministros de la CEDA en el gobierno. Así lo afirmaba la propaganda y lo aseguró Companys en su célebre discurso. ¿Por qué, si no, se iban a rebelar? Por lo tanto, el "golpe fascista" habría triunfado de lleno. En mayo, los ministros de la CEDA subieron a cinco, uno de ellos el propio Gil-Robles y en la cartera clave de Guerra. No hay noticias de que el PSOE y la Esquerra volvieran a vencer este redoblado "golpe fascista", a pesar de haber impedido misteriosamente el anterior. Hace falta mucha credulidad para admitir que una insurrección derrotada, con su organización desmantelada, sus armas perdidas, sus jefes encarcelados o en fuga y con la desmoralización inmediata al fracaso, tuviese la mirífica virtud de impedir o vencer ningún golpe. Eso insulta la inteligencia, y un historiador sólo puede considerarlo como propaganda, algo tosca, la verdad, aun si normal en momentos de pasión política.

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1.- S. de Madariaga, España, Madrid, Espasa Calpe, 1979, p. 362
2.- La ciutat, 4,5,6 de enero de 1935
3.- G. Mario de Coca, Anti-Caballero, Madrid, Centro, 1975, p. 118-9
4.- A. del Rosal, 1934, El movimiento revolucionario de octubre, Madrid, Akal, 1983
5.- P. Preston en VV AA, Octubre 1934. Cincuenta años para la reflexión, Madrid, Siglo XXI, 1985, p 156

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