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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo V: La campaña sobre la represión en Asturias

Libertad Digital sigue publicando esta semana, en exclusiva, el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II : "El derrumbe de la República y del Frente Popular". El autor, Pío Moa, aborda las consecuencias de la insurrección de octubre de 1934. En esta ocasión ofrecemos la primera de las tres partes en que se divide el capítiulo quinto

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(I) El informe de Fernando de los Ríos

Conforme crecía el desconcierto del gobierno y la derecha en torno a la liquidación del episodio revolucionario de octubre del 34, los socialistas y otras izquierdas recuperaban fuerzas en torno a una formidable campaña contra la represión. Su líder fue uno de los principales organizadores de la insurrección, Juan Simeón Vidarte, quien visitó a Largo Caballero en la cárcel para planear la actividad del partido y movilizar a los dirigentes en libertad, en especial a Fernando de los Ríos, Anastasio de Gracia y Manuel Cordero. Los dos últimos debían reimpulsar la UGT, y “Fernando será muy útil por sus muchas relaciones en el extranjero”. Vidarte atendería a la propaganda antirrepresiva en general, las gestiones de los indultos, auxilios a los presos, abogados, etc.: “Cuando me separé de Largo Caballero comprendí que habían caído sobre mí los trabajos de Hércules” (1)



Para la comisión de socorros a los detenidos, Vidarte habló con la diputada María Lejárraga. Otras dos, Matilde de la Torre y Veneranda García, ya estaban en Asturias trabajando por la causa. Margarita Nelken había huido a la URSS. Ofrecieron su ayuda varios políticos republicanos de izquierda, como Marcelino Domingo y Álvaro de Albornoz, algunos radical-socialistas, el independiente Osorio y Gallardo, etc. (2)

Llama la atención que Vidarte, miembro del Comité Revolucionario que preparó la insurrección, se moviera con tal libertad. No fue detenido ni, al parecer, sintió inquietud por ponerse a salvo. Más aun, cumplió sus tareas, extraordinariamente dañosas para el gobierno, con poca molestia de la policía. El jefe revolucionario Amaro del Rosal atribuye esta impunidad a la protección “del triángulo masónico” (3)

En el equipo antirrepresivo sobresalía Fernando de los Ríos: “Ex ministro de Justicia, de Estado y de Instrucción Pública, catedrático en la Universidad Central, presidente del Ateneo de Madrid, diputado en Cortes y vocal de la Comisión Ejecutiva del PSOE, su opinión iba a pesar en el mundo entero”. Había sido poco partidario de la insurrección, a la cual, empero, no había opuesto resistencia, ni apoyado a Besteiro. Pasaba por bondadoso y bienintencionado, aunque no entre todo el mundo. Largo lo mienta con desdén: “hombre de grandes fantasías e irreflexiones (...) siempre tuvo el prurito de aparecer como gran depositario de todos los secretos y conspiraciones”. Azaña lo deja malparado en sus diarios, como inepto, puerilmente vanidoso y de inteligencia escasa ("Casares tiene razón, y como es infinitamente más listo (que De los Ríos), le apabulla"). Los comunistas le achacaban los denostados tribunales de urgencia (4).

En enero viajó De los Ríos a Asturias, junto con Negrín, organizador del movimiento de octubre, de donde el primero "regresó enfermo, con los nervios destrozados. Traía gran número de denuncias, todas de espantosos casos de sadismo y de ferocidad hasta entonces inconcebibles". Vidarte selecciona en su libro casos como éstos: "José García Díez, labrador inofensivo (...) es acribillado a balazos, por oponerse a que le fuera robada la cartera (...) En otra choza vive Herminio Martínez Iglesias que, después de luchar tres años con la tuberculosis y de soportar tres operaciones, hacía un mes que había empezado a trabajar (...) Se escondió en una casa inmediata a la suya, en compañía de Laureano Sánchez, Enrique Díaz -el consumero-, los muchachos Avelino y José Martínez Álvarez, de 18 y 16 años, y la madre de éstos, Marina Álvarez Rodríguez, con cuatro hijos más pequeños". Marina cuenta de los regulares: "Primero llamaron con bastante prudencia ( ...) Luego el jefe gritó: "¡Fuera las mujeres y los niños!". Yo salí con mis seis hijos y dije a los soldados: "Por lo que más quieran ni maltraten a mis hijos, que son inocentes. Estábamos aquí porque el cañón estaba cerca y tuvimos que abandonar nuestra casa". El capitán me dio su palabra de que a mis hijos no les ocurriría nada ( ...) Mi Velino y mi Pepín desaparecieron de mi vista (...) Se oyeron unos disparos, pero ¡cómo iba yo a figurarme que los inocentes hijos míos eran fusilados! (...) Laureano Sánchez, Herminio Martínez y Enrique Díaz fueron asesinados al mismo tiempo que mis hijos". "A Generosa Álvarez Díaz, enferma y además encinta, los moros la hicieron salir de la cama y rasgaron los colchones en busca de billetes (...) Generosa dijo que en la casa eran pobres y no tenían nada de valor. Un moro -negro, con aros en las orejas y dos plumas en el turbante- al verle un diente de oro replicó: "Sacar diente, diente valer dinero".



El principal relato recogido por De los Ríos advierte: "Aun proponiéndonos justificar los desmanes cometidos por las tropas en los primeros momentos de la represión, cuando todavía algunos rebeldes estaban con las armas en la mano y eran un peligro (...) ¿cómo hallar justificación para los bárbaros tormentos a que fueron sometidos miles de ciudadanos indefensos que estaban en poder de la justicia y tenían derecho a que ésta los respetara y amparara?". Y expone: "Un hombre viejo que se encuentra entre los detenidos nos lleva al sitio que tiene más luz y muestra los cardenales que le cruzan las piernas, al tiempo que se le encienden los ojos de ira y aprieta el puño de la mano derecha con rabia. Le han martirizado con fiereza inconcebible". Las condiciones de detención son descritas así: "El pan, cuando no lo dan duro, es lo mejor, de los alimentos que sirven". El café es "una cosa medio gris", que beben cerrando los ojos y haciendo muecas. Sirven también garbanzos "que medio ha deshecho el bicarbonato y medio deshacen el estómago". "Los que están despiertos cuidan de que no se unan los petates infectados de piojos a los pocos que consiguen defenderse del contagio". "La cárcel tiene un silencio de cementerio, sólo turbado de vez en cuando con un grito seco, fuerte, como lanzado por quien deposita la vida en él: "¡Ay, madre! ¡Por favor! ¡Madre! ¡Matadme! ¡No me martiricen! ¡Firmaré lo que quieran!". Cuando los lamentos retumban por las naves de la cárcel, se sobrecogen los presos y se agrupan unos a otros, como presintiendo los tormentos. El cerrojo, al abrirse, aumenta el miedo".

Otras denuncias hablan de Carlos González Miranda, comerciante, golpeado junto con sus hijos de 9 y 10 años, y que luego en prisión "fue bárbaramente maltratado y el día 20 apareció muerto, estrellado sobre el pavimento (...). Acaso se suicidó porque no pudo resistir los suplicios"; o "un tal Álvarez, de Oviedo, cojo y manco (...) lo metieron al baño maría y lo apalearon brutalmente". Etc.

Había algo extraño en varios de aquellos testimonios, pues eran de difícil comprobación, de fuentes vagas, como "un viejo" o una persona identificada sólo con un apellido corriente, o mencionaban operaciones para tratar la tuberculosis, o adornos no reglamentarios de algún soldado moro. El texto principal, que reúne muchos casos y que Vidarte reproduce íntegro a causa del "valor literario en su emotivo relato", resulta ser anónimo; quien lo entregó a De los Ríos debía de ser "uno de tantos compañeros a quienes no les interesaba pasar a la historia"(5).

Los tormentos recibían calificativos como "nunca vistos", "inhumanos", de una "brutalidad inconcebible", pese a lo cual no quebraban a los presos: "Después de haber visto a cientos de viejos y jóvenes, antes y después de los martirios de la prisión, puede afirmarse que ni uno solo salió de estos martirios abatido en sus ideales", y "un viejo" mencionado en concreto hablaba con furia y rebeldía después de la tortura. Declaraciones distintas de las recogidas por Vidarte abundan en ello. Los hermanos Llaneza, destacados activistas, escribían a principios de enero: "Nos encontramos bien de salud, sobra, además, de alegría y una fuerte dosis de euforia (...) Tenemos todas las comodidades que se pueden adquirir dentro del régimen de prisión". Otro rebelde, Juan Pablo García, recuerda que entre los presos "la moral era altísima, casi religiosa, medieval. Todo el mundo hablaba de la segunda vuelta, de la segunda revolución, que ahora sí triunfaría". En este siglo de torturas "científicas" que hacen de los hombres guiñapos, la plena fortaleza moral con que salían de ellas sus víctimas asturianas funda alguna duda sobre su "inconcebible crueldad". y acaso quepa poner algún reparo a la sinceridad de la indignación socialista, teniendo en cuenta que el régimen soviético, su modelo de entonces, practicaba en gran escala torturas que sí destrozaban física y moralmente a sus víctimas, a menudo de forma irreversible, sin que esa realidad despertase escándalo, ni aun curiosidad investigadora, entre las izquierdas occidentales (6).

La campaña incluía la exaltación de los héroes de octubre. Uno de ellos, Javier Bueno, había dirigido el diario Avance, muy leído en los valles mineros. Avance empleaba un tono crudamente injurioso para las autoridades, a las que trataba de delincuentes, y minaba el ejército, circulando entre soldados y clases. Sus artículos, no muy escrupulosos con la verdad, constituían una bandera revolucionaria siempre ondeante. "Dinamita espiritual", lo llamaba la derecha*.

*J. Pla comenta: "Llegaron en la propaganda cultural a extremos de pedantería, de simplismo y de primitivismo sólo comprensible si lo que se pretende es incitar los más bajos fondos del salvajismo humano" y recoge una muestra de un artículo de Avance titulado "Lo que cuesta una sentencia de la Audiencia de Oviedo". Según el periódico, un derechista había obtenido una sentencia favorable pagando 5.000 pesetas, lo cual podría confirmarse preguntando a "las cachondas hijas de los magistrados de la Audiencia" (7)

Bueno, capturado el 12 de octubre, declaró que un capitán de asalto, fuera de sí, le había increpado: "Tú eres el envenenador de Asturias (...). Pero las vas a pagar, granuja". Después recibió algunas "puñadas en el rostro", y posteriormente otros golpes y culatazos. Recomendó a un compañero que rompiera el cristal de su reloj y lo ocultara porque "estos canallas nos quieren asesinar y con el cristal nos podemos cortar una vena y la muerte será más grata". Pero fueron procesados normalmente. (8)

El informe de De los Ríos dice que Bueno "tiene un brazo roto y una pierna medio desgarrada de los palos que le dieron". Y más adelante: "A Luis Oliveira y a él les obligaron a cavar la fosa en que serían enterrados. Javier dijo: "Hazla curiosa, Luisito, que es para nosotros", aunque es inverosímil cavar con un brazo roto. Lo que denunció Bueno fueron puñadas y culatazos. Posteriormente se presentó a la prensa, en una fotografía célebre, mostrando manchas oscuras en los brazos, "llagas forunculosas" según el informe forense, y huellas de torturas según él. No había brazo roto ni se mostraban heridas en las piernas. También le habrían forzado a comerse artículos de Avance, y terminado de comer el último trozo del periódico, comentó: " Al fin y al cabo es mío". Ahora anda dando ánimos a todo el mundo". En la cárcel, Bueno dio pruebas de su espíritu indoblegable, revelando al exterior las torturas que presuntamente sufrían "miles de presos". (9)



Un mártir que, en cambio, no ofrecía lugar a dudas, fue el periodista Luis Higón, que firmaba Luis Sirval, y escribía para el diario republicano La libertad, de Madrid. Al parecer se le ocuparon crónicas en las que relataba supuestas atrocidades de los soldados. Arrestado, tres oficiales de la Legión lo sacaron del calabozo, el 27 de octubre, increpándole: "Tú eres un asesino y no vas a matar más". Un oficial de origen búlgaro, llamado Ivanof, lo mató a tiros. Después alegaron que el periodista les había agredido, cosa en extremo improbable. Este crimen causó enorme escándalo y de las víctimas de la revuelta se convirtió, por unas semanas, en la más citada, como demostración palpable y con nombre cierto, de la brutalidad achacada a los legionarios*. *En otro orden de cosas tiene interés el diario La libertad, para el que trabajaba el asesinado Sirval, porque refleja muy bien la actitud general de los republicanos de izquierda. El 4 de octubre del 34, cuando tres ministros de la CEDA habían entrado en el gobierno, y en vísperas de la rebelión, escribía: "La reacción ha tomado por asalto la República y nuestro papel es desalojarla por todos los medios". "Estamos preparados para todo y lo esperamos todo". “Esperamos que las fuerzas republicanas (...) se aprieten en un haz para la lucha (...) Lo que hay que hacer es ir pensando en proclamar en España la República. ¿Cómo? Como sea". Al vislumbrarse la derrota del alzamiento, La libertad juzgó pertinente cambiar de actitud, asegurando: "La violencia es contraria a la naturaleza misma de la civilización. Por eso somos partidarios decididos de la conciliación y el arbitraje". Pedía "Represalias no. Persecuciones en los salarios, tampoco". Y organizó una suscripción "por los huérfanos de Asturias", invocando el "amor a los niños asturianos". Según sus informaciones, "durante los sucesos han muerto (sic) veintinueve religiosos".

En esta tesitura, al diario le indignaba el "lenguaje ilícito" de ABC, lenguaje "de una violencia inusitada", de "violencia y agresión"; y criticaba que los monárquicos hubiesen suprimido el "señor" y el "don" para los "republicanos". O denunciaba cómo el "taimado" El debate buscaba "alarmar a la opinión" por una reunión de delegados de las Internacionales comunista y socialista para ayudar a los revolucionarios españoles: "El comentario de la noticia está hecho con la intención de denunciar una fuerza internacional en inteligencia con las organizaciones obreras del país, con daño para las esencias patrióticas". La reunión internacional se produjo realmente.

En 1936, el periódico volvió a encontrar oportuno un cambio de talante. Su deseo de "conciliación y arbitraje", y su crítica al "lenguaje violento" dieron paso a titulares como éstos, dirigidos a la derecha: "La exasperación y la aberración de los ineptos, los traidores, los inmorales". "Monárquicos y cedistas confabulados con otros elementos del contubernio". Bajo el dibujo de un cerdo con el letrero "Frente reaccionario", comentaba: "Menos mal que les sale barato, porque se alimenta sólo de basura". "Todavía aparece en (...) la prensa infame que inventó calumnias y lanzó canalladas, la palabra Asturias. "Como cuervos que olfatean su presa, se lanzan contra los pobres trabajadores presos", según denomina a los rebeldes, los cuales sólo habrían realizado actos de virtud: "No (les) conviene decir que los revolucionarios respetaron a las mujeres, que curaron a los guardias presos, que se jugaron a veces la vida por salvar a un enfermo o a un niño". "Esa prensa, tarde o temprano, cuando sea y como sea, habrá de pagar la responsabilidad contraída". Etc. Junto a ello, y bajo el expresivo título "Luz de amanecer", E. Zamacois glorificaba el estalinismo, citando a unos obreros venidos de la URSS, que contaban "la Verdad -con mayúscula-" de las maravillas del sistema soviético.

A juicio de La libertad, la república "es para todos los españoles (...) generosamente (sic) abierta a todos los españoles; pero nadie puede discutimos que la República debe ser gobernada por los republicanos", a pesar de que éstos habían tenido siempre pocos votos. Idea azañista, de un democratismo por lo menos extraño. El ideal de La libertad parecía ser "Méjico, república ejemplar", bajo el régimen del PRI, al que loaba a menudo, pese su carácter muy escasamente democrático y extraordinariamente corrupto, aunque extremadamente anticlerical" (10)

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Notas

1.-J. S. Vidarte, El bienio negro, p. 294

2.-Ibíd. p. 294 y ss

3.- A. del Rosal, 1934, el movimiento revolucionario de octubre, Madrid, Akal, 1983, 263

4.- J. S. Vidarte, El bienio, p. 321. Fundación Pablo Iglesias, AFLC XXII, p. 24.
M Azaña, Diarios 1932-1933, Barcelona, Crítica, 1997, p. 27, 397, 32

5.- J. S. Vidarte, El bienio, p. 321 y ss

6.- Ib. p. 321 y ss. P. I. Taibo II, Asturias, 1934, II, Madrid-Gijón, Júcar, 1984, p. 34

7.- J. Pla, Historia de la Segunda República Española, III, Barcelona, destino, 1940, p. 302-3

8.- P. I. Taibo II, Asturias, II, p. 14 y ss.

9.-J. S. Vidarte, El bienio, p. 327. P. I. Taibo II, Asturias, II, p. 14-6

10.-La libertad, Madrid, 19,17,18, 21, 31 de octubre de 1934, y 5 de enero de 1936

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