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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo V: La campaña sobre la represión en Asturias (III)

Libertad Digital sigue publicando esta semana, en exclusiva, el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II : "El derrumbe de la República y del Frente Popular". El autor, Pío Moa, aborda las consecuencias de la insurrección de octubre de 1934. En esta ocasión ofrecemos la tercera y última parte del capítulo quinto.

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El caso de González Peña: propaganda y realidad


Ramón González Peña había sido reconocido como el máximo líder de los mineros asturianos -a veces se le aplicaba el título de "generalísimo" de ellos-, aunque en el curso de la revuelta había tenido constantes roces con muchos de sus teóricos subordinados, que le obedecían muy a medias y finalmente hicieron caso omiso de sus instrucciones de parar la lucha*, después del asalto a la caja fuerte del Banco de España y a otros bancos en Oviedo.

*Ver primera parte de Los orígenes de la guerra civil española

De entre los detenidos por la insurrección de octubre González era, quizás, la figura principal, tras Largo Caballero y Companys, pero su proceso superaba incluso en interés a los de éstos, como símbolo de la lucha revolucionaria más peligrosa para la república, y la más sangrienta.




González resultó, así, el héroe revolucionario por excelencia, en cuya exaltación se volcó la propaganda. Vidarte cuenta de él: "Había dicho que mientras quedase un minero luchando en las montañas con un fusil, él estaría a su lado, y fueron inútiles todas las gestiones de los otros directivos de la revolución para hacerle desistir de tan noble y heroico propósito". Doval, el endurecido comandante de la Guardia Civil, obsesionado con capturar al dirigente, habría torturado sin piedad, y también en balde, a los presos: " Aquellos bravos mineros se dejaban arrancar las uñas de los pies y de las manos -uno de los placeres favoritos de Doval-, quemar los ojos o los testículos, o soportaban que les colgasen de éstos pesas de varios kilos, hasta dilatárselos monstruosamente, antes que delatar a su jefe". Estos fracasos habrían inspirado al coronel Aranda "una idea genial, ¡monstruosa! Mandó detener a centenares de mujeres -esposas e hijas de mineros- e hizo correr la voz, por la cuenca minera, de que si no se presentaban los guerrilleros, sobre todo González Peña, todas ellas serían entregadas a los legionarios ya los moros. Al enterarse de esto, Peña se presentó a los guardias de asalto, en la aldea de Ablaña, el día 3 de diciembre. Llevaba (...) luchando en las montañas más de cincuenta días". (1)

Nuevamente la realidad difiere de la historia de Vidarte, según se desprende de las declaraciones del propio detenido ante el tribunal y ante la comisión de suplicatorios del Parlamento. González había sido uno de los primeros en proponer la huida, ya el 10 de octubre*, bastantes días antes de la capitulación real, y no es creíble que a última hora se tornara tan absurdamente belicoso.

*Ver capítulo 9 de Los orígenes de la guerra civil española

Al día siguiente de su propuesta de rendición, González estaba, junto con otros, "entre las diez y las once de la noche en el cruce de carreteras de Langreo y Mieres, en San Esteban de las Cruces, Oviedo (...) Llegó en un coche el compañero Bahillo (...) el cual era portador de un saco conteniendo dinero", procedente del asalto al Banco de España. El dinero fue repartido, sin contarlo, entre los presentes, para facilitarles la fuga. Según la declaración del propio González al Congreso, él y otros trataron de escapar en dirección a Portugal, pero se lo impidió el hostigamiento de sus correligionarios, que les averiaron un coche a tiros. Se dispersaron y "quedó solo el declarante con Cornelio Fernández, el que me aconsejó no diese la vuelta, pues había oído decir poco antes, en Trubia, que por haber abandonado el movimiento habían dado orden de perseguirme los mismos compañeros y podía peligrar mi vida". La realidad de este peligro pudo comprobarla cuando, cerca de Grado le arrebataron "1.600 pts, junto con el reloj y una pluma estilográfica,(...) unos individuos que decían ser revolucionarios, que no sólo me quitaron esa cantidad, sino que me han dicho que he tenido gran suerte en caer en manos de ellos, pues de lo contrario me fusilarían, ya que estaba considerado como traidor, por haberles abandonado". Vagó por los montes de Quirós y de Teverga, durmiendo en casas de amigos y recaló por fin en la de una viuda muy religiosa, amiga de su familia, en el pueblo de Ablaña. Allí fue prendido, que no se entregó, y por guardias civiles, no de asalto. Su caso fue de mala suerte, porque tenía ya a punto su fuga por mar. El gobierno posiblemente lo hubiera preferido en el extranjero, y no sintió alborozo por su detención, que le auguraba nuevas campañas de descrédito. (2)


El resto del informe de Vidarte tiene la misma traza de fabricación propagandística. Desde luego "los mineros", en general, ignoraban el paradero de su ex jefe, y Doval tenía que percatarse de ello y de la inutilidad de torturarlos en masa; además no podía saber si el perseguido había huido ya de Asturias, como hicieron la mayoría de los líderes. El gobierno tampoco hervía en deseos de capturarlo, y de hecho premió a Doval destituyéndolo de su puesto. La treta de Aranda suena poco verosímil, tanto por lo anterior como porque la pacificación de Asturias la había dado por cumplida López Ochoa ya a principios de noviembre, y la prensa informaba el 16 de ese mes del reembarque de las tropas enviadas en octubre. Entonces López había sido sustituido por Aranda, con fuerzas muy reducidas (7.000 hombres entre Asturias y León), y resulta absurdo que nadie quisiera soliviantar los espíritus cuando ya no había la menor necesidad. (3)

La mitificación del caudillo insurrecto alcanzó cotas muy elevadas. En un libro colectivo sobre él, Araquistáin ponderaba su heroísmo y su clara inteligencia como "técnico, si así puede decirse, de la guerra civil". González era "el hombre simbólico de la revolución, cuya cabeza pide a gritos una burguesía aterrada y vengadora (...) Desde los tiempos de la Inquisición, jamás el fanatismo católico, doblado esta vez de sevicia capitalista, había dado en España un espectáculo tan repulsivo de barbarie sanguinaria". Prieto destacaba su entereza, contagiada también a su mujer e hijas. Un llamado José Vidosa se tenía a sí mismo por "el hombre más bueno del mundo", pero reconocía que "la bondad de Peña es algo sencillamente sublime, imposible de superar (...) Con razón dicen sus íntimos que es (...) el genio que conducirá a la clase trabajadora a la total emancipación".

En el mismo libro Álvarez del Vayo da noticia de la solidaridad internacional en su favor: "Fue un movimiento de inusitadas proporciones, sostenido durante semanas y semanas en la primera página de los diarios obreros, y que incluso logró retener la atención de la gran Prensa liberal extranjera más allá de lo ordinario (...) El nombre de González Peña quería decir para el proletariado mundial "Octubre", y octubre era, a la vez, para la opinión antifascista de fuera, sin distinción de partido, gesta popular española contra el enemigo común (...) "Salvad a Peña" devino la consigna fija en los manifiestos más diversos, en las conclusiones de las asambleas, en los editoriales y pasquines. Era un grito unánime, reproducido sin desmayo (...) Fue, además, particularmente en Francia, una poderosa manifestación de frente único. Socialistas y comunistas lucharon con idéntico empeño". (4)

Pero la declaración del caudillo asturiano ante el tribunal demuestra que había perdido la ilusión por la revuelta y por su protagonismo en ella: "Aunque no soy católico (...) no se postró ninguno de esos católicos ante su confesor con la sinceridad con que yo lo hago ante vosotros", dijo a los jueces. Observó que la Guardia Civil había cumplido con su deber, y admitió atrocidades de los revolucionarios, al alegar que él, en persona, había impedido el asesinato de cien prisioneros. Su papel de jefe lo atribuyó a las circunstancias, y afirmó: "la labor principal de los dirigentes (...) no fue obligar a participar en el movimiento, sino contenerlo". Tampoco denunció torturas ni malos tratos, ni la supuesta redada de mujeres de mineros para ser violadas por los soldados de África. (5)


La actitud de González Peña enfureció a Largo Caballero: "avergüenza e indigna leer las manifestaciones transcritas; no se ve en ella ningún rasgo de virilidad ni de grandeza; todo es pequeño y bajo: delaciones, cobardía, indisciplina, prurito de pasar por humano y colocar a los trabajadores combatientes en situación antipática por sanguinarios y anárquicos". En otro lugar comenta con sarcasmo: "Es muy amargo verse en vísperas de ser fusilado o de ser condenado a presidio para el resto de la vida. ¿Para qué -dirán algunos- exponer lo más apreciado, que es la vida, si se puede colaborar sin esos peligros y hasta pasar a la inmortalidad como hombres sensatos y de buen juicio?". Pero Largo quizá hubiera visto el caso con más benevolencia si no fuera porque Prieto, después de escapar a Francia, le atacaba empleando como munición la figura de González. Comenzó así una ruptura entre los líderes socialistas que iba a acarrear largas consecuencias. (6)

El 15 de febrero de 1935 tuvo lugar la vista contra González Peña, con fallo de pena de muerte. Aunque la derecha presionaba para su ejecución, ésta era improbable, por el precedente de Pérez Farrás, y el mismo reo estaba tranquilo. Araquistáin cuenta que unas parientes fueron a verlo a la cárcel, y "como se echaran amargamente a llorar, convencidas de la inminencia de la ejecución, él contestó a su llanto con una carcajada de las que se dicen homéricas". De todas formas, la sentencia elevó a su ápice la campaña nacional e internacional, en la que París sirvió de placa giratoria. Allí "Prieto, Belarmino Tomás, Graciano Antuña y Amador Fernández* se dirigieron a las organizaciones obreras de todo el mundo solicitando ayuda. En su manifiesto, algunos párrafos denotan la pluma de Prieto: "La cabeza de González Peña, obrero de la mina, la exige la burguesía como trofeo sangriento de una España regida por el clericalismo fanático". González había dejado de trabajar en la mina muchos años antes, y era un político profesional izado del PSOE, con altos cargos políticos. (7)

* También jefes destacados de la insurrección


El gobierno quedó nuevamente a la defensiva frente a una ola de desprestigio impulsada por organismos muy potentes, y la cohesión del centro derecha volvió a quebrantarse. Sus aclaraciones obtenían escasa audiencia internacional, y dejaban una sórdida impresión de riña sobre quién había cometido más crímenes. En el interior, su vacilación e incoherencia favorecía a los revolucionarios: de nuevo fue indultado un caudillo insurrecto, ahora González, y ajusticiados dos meros ejecutores. El 10 de febrero caían ante el pelotón el sargento Vázquez, uno de los poquísimos militares pasados a los mineros, y un rebelde apodado Pichilatu, acusado de haber asesinado a varios paisanos, incluidos mujeres y niños. Vázquez murió arrepentido, y Pichilatu desafiante.

La gracia concedida a González ya no pareció una coacción de Alcalá-Zamora, sino directamente de los propios insurrectos y del resto de las izquierdas. Lo expuso el ministro Giménez Fernández, de la CEDA, firme partidario de reformas sociales: "Si los socialistas hubieran acudido al Parlamento a disentir del movimiento revolucionario que llevaron a cabo sus compañeros; si los partidos que en vísperas de la revolución dictaron sus famosas notas hubieran condenado abiertamente el movimiento; si el señor Azaña hubiera mantenido una línea clara de conducta sin ese carácter de reto que tienen casi todos sus discursos, entonces, sólo entonces, podría pensarse en una decisión de clemencia. Como nada de esto ha ocurrido, el indulto no parecerá clemencia, sino claudicación; no pacificará a los rebeldes, sino que les dará ánimos" (8). Y así fue. El contraataque propagandístico de la izquierda después de octubre triunfó más allá de las esperanzas de sus promotores, y dejó en la derecha un sabor amargo.

El 17 de marzo del 35, El debate propugnó el apaciguamiento y la aceptación del indulto, para evitar la crisis. Pero Gil-Robles, furioso, retiró esta vez a sus tres ministros, cosa que el PSOE no había logrado con sus amenazas de alzamiento ni con el alzamiento mismo. De todas maneras nadie podía mantenerse en el poder sin el respaldo de la CEDA, y el nuevo gabinete duró sólo un mes. A continuación, y con sumo disgusto del presidente Alcalá-Zamora, Gil-Robles mismo entró en el ejecutivo -y en la crucial cartera de Guerra- junto con otros cuatro ministros de su partido. Era el quinto gobierno desde las elecciones ganadas por el centro derecha dieciséis meses antes, inestabilidad que impedía cualquier labor política continuada.


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NOTAS

1.- Vidarte, El bienio negro, p. 330, 342-3

2.- F. Largo Caballero, en FPI, AFLC XXII, p. 186-9
F. Aguado Sánchez, La revolución de 1934 en Asturias, Madrid, San Martín, 1972, p. 323-4
P. I. Taibo II, Asturias, 1934, p.142

3.- La libertad, 16 de noviembre de 1934. J. A. Sánchez García-Saúco, La revolución de 1934 en Asturias, Madrid, Edit. Nacional, apéndice

4.- VV AA, Ramón González Peña, un hombre de la revolución, Madrid, 1935.

5.- FPI, ASFLC XXII, p. 190 y ss

6.- Ibid, p. 202. F. Largo Caballero, Escritos de la República, Madrid, Pablo Iglesias, 1985, p.233

7.- VV AA, Ramón González Peña ..., p. 26
J. S. Vidarte, El bienio, p. 346
J. M. Gil-Robles, No fue posible la paz, p. 211

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