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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VII: El PSOE camina a la escisión (I)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza las consecuencias de la insurrección de octubre de 1934 y la división en el seno del PSOE. En esta ocasión ofrecemos la primera de las tres partes en las que se divide el capítulo séptimo.

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Tres tendencias en el Partido Socialista

El PSOE, organizador de la insurrección de octubre junto con la Esquerra, había acordado negar su responsabilidad en caso de derrota, con el fin de cubrirse de la represión aprovechando la legalidad democrática. El ardid le estaba dando resultado, aunque políticamente fuera comprometido, tanto por negar una evidencia como por contradecir su versión de que en España se había instalado el fascismo. Pero la campaña sobre la represión en Asturias, al centrar la agitación y la atención del país, iba a librar al partido de los efectos políticos de tales incoherencias, así como a aliviar los de la derrota.

Le libraría, si bien no por completo, dada la magnitud del desastre sufrido. Así se alzó en el PSOE una marejada interna que pudo haber llevado a revisar la línea bolchevique. Besteiro había condenado la dictadura proletaria, negado el supuesto fascismo de la CEDA, advertido contra el menosprecio a las fuerzas derechistas y vaticinado el viento de sangre que había de traer la intentona. Los hechos parecían refrendarle concluyente y dolorosamente. Por tanto, su posición debiera haberse robustecido, e indicios de ello fueron la recuperación por los besteiristas del potente Sindicato Ferroviario, y la publicación de la revista reformista y moderada Democracia, salida tras la suspensión del diario El socialista. El diario El sol elogiaba a Besteiro, el hombre de la nueva etapa, y Lerroux le saludó como al campeón del "verdadero socialismo" (1), indispensable para la continuidad de la república.



Pero pronto se evaporaron esas esperanzas. Los bolcheviques repelieron rudamente cualquier avenencia. Anécdota significativa, contada por Del Rosal: el besteirista Andrés Saborit, visitando a los detenidos, tiende la mano a Largo Caballero, pero éste "se la rechaza con un gesto brutal, negándole la palabra (…) Saborit, abochornado, cabizbajo, se retira y desaparece entre el desconcierto de los visitantes" (2). Araquistáin vapuleó el reformismo, desde las páginas de Leviatán, tildándolo de obra de "mentecatos" y "deficientes mentales", puro "derechismo". Besteiro se defendió con timidez desde Democracia. Estaba frenado sentimentalmente y cogido en las redes de la campaña por la amnistía, a la que, aun sin entusiasmo, hubo de apoyar. Cayó bajo un fuego cruzado de injurias y acusaciones de colaborar con la reacción, de actuar como siervo de "los que autorizaron las matanzas de Asturias", y hasta de haber saboteado el movimiento y causado su derrota. Clamaba un folleto de las Juventudes: "Después de ahogada la revolución, los reformistas pretenden caer sobre las organizaciones sindicales como grajos sobre un cadáver. Todos los medios son lícitos. Los militantes están encarcelados (…) Tienen, pues, el camino libre para sus repugnantes acciones. La burguesía les aplaude y les ayuda" (3). Tales dicterios causaban estragos, dada la exaltada emocionalidad creada por la campaña contra la represión. Arropados en ella, los leninistas zurraron a conciencia a los moderados. Denuncias tan ilustrativas como el "Anticaballero" de Mario de Coca -aparecido a principios de 1936-, se diluiría entre la hostilidad o la indiferencia de los militantes.

Y, ciertamente, cabía extraer dos lecciones opuestas del desastre de octubre: que el camino emprendido era insensato, como proclamaba Besteiro, o, al contrario, que sólo había ocurrido un revés momentáneo en una lucha necesaria e inevitable en tiempo de crisis de la burguesía. Esta última posición ganaría la partida. Como ya vimos, la fuerza principal de la derecha -la CEDA- se había mostrado legalista y moderada, pero la subsistencia de la paz no dependía sólo de ella. El descalabro reformista en el seno del PSOE, principal partido de la izquierda, tuvo por ello un efecto definitivo, pues truncó la rectificación que hubiese ahuyentado el peligro revolucionario y permitido reorientar el destino de la república.

Pero no sólo desgarró al PSOE la contienda en torno al reformismo. Mientras éste zozobraba en el mar de la impotencia, estallaba otra discordia, mucho más encarnizada, entre Prieto y Largo. Como se recordará, en los meses anteriores a la insurrección ambos habían unido sus fuerzas para descabalgar de la UGT a Besteiro, obstructor de los planes revolucionarios. Sin embargo, Prieto, aunque arrastrado por la línea sovietista de Largo, nunca la había compartido en su fuero interno, por lo que el fracaso de octubre hizo aflorar las discrepancias hasta entonces encubiertas, y la lucha resultante iba a llevar al partido a una virtual escisión.



La posición bolchevique o leninista quedó recogida en el folleto Octubre, segunda etapa, escrito en presidio por los líderes juveniles Hernández Zancajo y Carrillo. Los dos mantenían incólume su confianza en que "las fuerzas organizadas de la clase trabajadora, frente al poder del Estado, eran infinitamente superiores. Las clases patronales carecían de organización. La reacción, por su constitución heterogénea, carecía de unidad de lucha". ¿Por qué, entonces, habían perdido los revolucionarios? Por la insuficiente unidad obrerista, debida a las reticencias de la CNT y el PCE, por la traición de los reformistas, y por la inconsecuencia de la minoría parlamentaria del PSOE; sin olvidar a los centristas, como denominaban a los seguidores de Prieto, los cuales habían ido al movimiento "con sus miras y dándole una interpretación propia", subordinando los intereses proletarios a los de la pequeña burguesía republicana (en referencia a la amistad política de Prieto con Azaña). (4)

Por tales razones, "la preparación insurreccional no puede ser abandonada, sino, por el contrario, intensificada". La UGT debía someterse con "disciplina férrea y subordinación absoluta" a la dirección del PSOE. Para empezar, había que depurar de contrarrevolucionarios el partido, a fin de bolchevizarlo a fondo. El motor de la purga serían las Juventudes. Centristas y reformistas quedaban prevenidos: "En su día seremos implacables juzgando a los que tienen una gran responsabilidad en que del movimiento de octubre no saliera la victoria proletaria" (5).

Prieto acusó el fustazo de Octubre, y replicó en cinco artículos de gran eco, en su periódico El liberal, de Bilbao, del 22 al 26 de mayo del 35. Los insultos de "traidor" con que Octubre le obsequiaba le habían hecho "sangrar", se dolía, por venir de camaradas; pero esquivaba con maña el debate doctrinal y recurría al sentimentalismo reinante en torno a los presos: "Ante todo y por encima de todo me interesa la amnistía". "No me perdonaría nunca, política ni personalmente, el que por no haber agotado todos los recursos a nuestro alcance para obtener la amnistía la hubiésemos diferido o imposibilitado". Tales recursos se concretaban en "un extensísimo frente electoral que, comprendiendo a todos los sectores obreros que en él quieran entrar, abarque también a elementos republicanos". Nadie sabía cuándo habría elecciones, pero él trataba de desviar hacia ellas la disputa.

El escurridizo centrista se valió de González Peña, "a quien no creo se ponga en entredicho por tibieza revolucionaria", para desechar la bolchevización y oponerle las tradiciones "creadas por aquel hombre indiscutible y adorado por nosotros que se llamaba Pablo Iglesias". Él mismo se presentaba como exaltado: "en orden a las aspiraciones de justicia social del proletariado no pongo límite alguno a mi pensamiento, y no repudio procedimientos extremos para lograrlas"; pero soslayaba cautelosamente el análisis de los sucesos revolucionarios. Ensalzó la labor de la minoría socialista en las Cortes, tachando de antiparlamentarios a quienes la reprobaban, y de paso minó el terreno a Largo Caballero, acusando a sus seguidores de cultivar "la flor exótica del caudillismo". En el PSOE, aseguró con escasa veracidad, "no hubo, ni hay ni habrá jefe". En la práctica había dos.

El folleto Octubre se convirtió en piedra de toque de ambas posiciones. Prieto tachó a los jóvenes de inexpertos y excedidos en sus funciones, procurando aislarlos de los militantes adultos; Largo, a su vez, censuró a quienes descalificaban a las juventudes o pretendían acallarlas. De hecho dio rango semioficial al escrito de Hernández y Carrillo al elogiarlo como "plausible, acertado", y al aprobar la bolchevización propuesta y criticar el "anquilosamiento" de la II Internacional. (6)

A aquellas alturas Prieto, como González Peña y otros, repudiaba la insurrección, pero tenía buen cuidado en disimularlo. Sólo años más tarde, exiliado en México, revelaría su pensamiento: "Cuando el movimiento fracasó (…) me juré en secreto no ayudar jamás a nada que, según mi criterio, constituya una vesania o una insensatez". (7) Hubiera podido, entonces, hacer causa común con los moderados, pero los dejó en la estacada, al igual que en el otoño de 1933. Bajo la común condena a la revolución, abierta en Besteiro, secreta en Prieto, bullían desavenencias básicas. Besteiro concebía la república como una democracia normal, con alternancia en el poder, mientras que Prieto compartía la intolerancia de Azaña para con un gobierno de derechas. No hubo en el líder centrista asomo de autocrítica por la revuelta, ni de mano tendida hacia el centro derecha que, al fin y al cabo, habían salvado la legalidad. De labios afuera glorificó el golpe y contribuyó como el primero a las vehementes exageraciones sobre la represión. Hasta intentó promover, con vistas a una nueva unidad de la izquierda, el programa antidemocrático que él mismo había pergeñado para la revolución en 1934*; aunque terminaría abandonándolo, por presión de Azaña.

* En Los orígenes de la guerra civil española, p. 239 y ss

Si Prieto dejó hundirse a Besteiro, desplegó contra Largo una extraordinaria destreza de maniobra y pocos escrúpulos. Comprendiendo la popularidad de su antagonista, trabajó denodadamente por socavarla. Para denigrarlo como irresponsable y falto de valor, aireó su dimisión de la ejecutiva pocos días antes del golpe, causada, como hemos visto en Los orígenes de la guerra, por una intriga del mismo Prieto. A poco de la revuelta corría por prisiones y organismos del partido la carta de unos jóvenes asturianos presos, con frases añadidas que, sin nombrarle, mortificaban al Lenin español por su "anemia mental" y su "pueril" manía de "la revolución permanente". El injuriado protestaba con amargura: "Envenenan las conciencias de manera falaz y cobarde, por medio de misivas a los presidios". (8) Quedó bastante clara la mano del líder centrista detrás de los mensajes*.

* Si bien Prieto protestará en carta a Negrín, el 26-VI-35, calificando de "tejido de falsedades" la imputación de haber él divulgado y añadido frases a la carta de los jóvenes. Tal acusación, lamenta, es "una infamia, una más de las que en esta temporada vienen formando en torno a mí un rosario que me indigna, me asquea y me fatiga". Dice haber sabido que la carta se había reproducido a ciclostil en Bilbao y Pamplona, y que había mediado para borrar los conceptos ofensivos. Largo, con buenas razones, no creía una palabra de Prieto (9).



Aparentemente Prieto tenía las mejores bazas, pues estaba en libertad, y desde Francia y Bélgica, donde se había exiliado, disfrutaba de fáciles relaciones con el interior, mientras que la plana mayor de sus adversarios seguía entre rejas. Además, disponía de buena parte de las cuantiosas sumas procedentes de los asaltos a bancos durante la revolución de Asturias. Sin embargo sus ventajas valían menos de lo aparente. Como señala Amaro del Rosal, él mismo encarcelado y uno de los líderes de la intentona, "la cárcel de Madrid, aunque parezca paradójico, fue el centro de dirección política y de organización más importante de la España democrática" (no debe olvidarse que para Del Rosal democracia equivalía a sovietismo). El 17 de noviembre de 1934, al mes de concluida la insurrección, se reconstruía en presidio la dirección de la UGT y de sectores del PSOE: "De la cárcel salían diariamente la correspondencia, las circulares, las orientaciones de la dirección (…) A la cárcel venía diariamente la correspondencia y los problemas" de las organizaciones. "En la cárcel se desarrolló el proyecto de editar el semanario Claridad", que pasaría a convertirse en órgano del sector revolucionario. "Desde la cárcel se orientaron los trabajos de solidaridad y de creación del Comité de Ayuda, que tan importante papel jugó durante el Bienio Negro; los sindicatos soviéticos aportaron a la suscripción un millón de francos. Álvarez del Vayo fue el agente de la Solidaridad internacional". La comodidad con que actuaron desde su encierro fue tal que allí guardaron el dinero sobrante del "Fondo especial", creado para sufragar la revolución, así como otras gruesas sumas que sirvieron, entre otras cosas, para costear Claridad. En las visitas a los presos circulaban fondos de hasta 50.000 pesetas (equivalentes a más de 10 millones actuales). (10)

Tal actividad no hubiera sido posible sin la lenidad de diversas autoridades. En concreto, "la comprensión, sentimientos democráticos y liberales del Director de la prisión, señor Elorza (…) permitió que, a partir de mediados de noviembre, en la quinta galería de políticos funcionaran las direcciones nacionales de la UGT, del Partido Socialista y de la Federación Nacional de las Juventudes Socialistas, así como las secretarías de algunas federaciones nacionales de la UGT", con sus reuniones, conferencias, correspondencia y manejo del dinero. El director de la cárcel sería fusilado en Burgos por los nacionales, tras reanudarse la guerra en 1936. (11)

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NOTAS

1.-El sol, 25 de octubre de 1934

2.-A. Del Rosal, 1934. El movimiento revolucionario de octubre. Madrid, Akal, 1983, p. 301

3.- Octubre, segunda etapa Madrid, 1935, p. 60. En S. Juliá, La izquierda del PSOE, 1935-6. Madrid, Siglo XXI, p. 63

4.- Octubre... p. 102 y ss., 124, 75

5.- Ibid. P. 105, 112 y ss, 61 y ss.

6.- F. Largo Caballero, Escritos de la República, Madrid, Pablo Iglesias, 1985, p. 202

7.- I. Prieto, Discursos fundamentales, Madrid, Turner, 1975, p. 298

8.- F. Largo, Escritos..., p. 168 y ss

9.- Archivo Guerra Civil, Salamanca, Bilbao, 35/5

10.- A. Del Rosal, 1934... p. 299, 255 y ss.

11.- Ibid. P. 301.


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