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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VII: El PSOE camina a la escisión (II)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza las consecuencias de la insurrección de octubre de 1934 y la división en el seno del PSOE. En esta ocasión ofrecemos la segunda de las tres partes en las que se divide el capítulo séptimo.

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Prieto acosa a Largo Caballero...

Aun así, Prieto sabría aprovechar sus bazas. Desde el exilio escribía cartas y movía contactos en España y en la emigración. Gracias a su ingenio dialéctico y sus vínculos con los socialistas asturianos -siendo él de Asturias, aunque criado en Bilbao-, se ganó a líderes aureolados como Belarmino Tomás, Amador Fernández etc., y llegó a hacerles creer que su cese (de Prieto) en los contactos con militares, poco antes de octubre, había sido motivado la derrota. Así lo sugería una carta a los presos asturianos, enviada desde Bélgica: "Habrá que decir a quien haya sido culpable de ello, el por qué se le desplazó (a Prieto) del papel que en su principio tenía asignado (…) y por dicha causa fue casi seguro el fracaso del movimiento". Largo exageró por el lado contrario: "Nadie le desplazó de ninguna gestión. Prieto no hizo nada" (1).

El exiliado supo atraerse al encarcelado González Peña, cuya reputación, cimentada en una resonante propaganda, le vino de perlas. Fomentó el victimismo entre los asturianos, y les animó a alancear al Lenin español: "Asturias tiene mucho que decir, y Madrid mucho más que responder", escribía Amador Fernández en El pueblo, de Oviedo, el 19 de agosto, con amenaza inconcreta, pero evidente; González Peña zahería a "los de Madrid", que "son como el arco iris, salen después de la tormenta (…) Mucho hablar de la revolución, pero nos han embarcado". Largo contestó que "los asturianos no fueron los que menos contribuyeron" a precipitar el alzamiento (2).

El astur-bilbaíno utilizó a conciencia, según su rival, el truco de "atribuir a las demás actitudes por él imaginadas para darse el gusto de combatirlas* (…)

*Prieto, en efecto, dominaba ese truco. En ocasión del homenaje de las Cortes a Maciá, tras el fallecimiento de éste, el líder socialista gritó que había oído un "¡muera Cataluña!" en los escaños de la CEDA, cosa en extremo improbable. Gil-Robles le desmintió, pero se formó un escándalo mayúsculo, y la prensa de la Esquerra lanzó a toda plana una campaña de "desenmascaramiento" de las derechas por su "anticatalanismo".




Con la sospecha sembrada por Prieto de que se quería ir a la abstención electoral -¡qué disparate!- cuando era, en realidad, todo lo contrario, por la necesidad de un triunfo electoral para sacar de la cárcel a millares de presos, se pretendió también desacreditarnos". Largo estalló cuando aquel, antes acorde en desentenderse del golpe derrotado, declaró "que era una vergüenza que nadie se hiciera responsable" de él, insinuando cobardía en el bolchevique. Éste replicó: "nadie con menos autoridad podía pronunciar tales palabras. (…) Desde París censuraba a los que estábamos en la cárcel sin poder defendernos (…) ¿Por qué no regresaba y se presentaba al juez haciéndose responsable, lavando de este modo la vergüenza de que hablaba?" (3)


La fobia entre ambos líderes llegó al extremo. Para aplacarla, Vidarte fue a hablar con Largo en la cárcel. En balde: "Vi dibujarse una división, una escisión quizás, en el seno del PSOE (…) Todos tendríamos que elegir entre él y Prieto". Belarmino Tomás, en el exilio, también creía inevitable la ruptura. Quizás para profundizar la discordia acusó -falsamente- a los leninistas, de planear el ingreso de la UGT en la Comintern (sic) y la fusión del PSOE con el PCE, por lo que pedía la destitución de los dirigentes "hasta que el Congreso los juzgue". Unos y otros querían un congreso que cortase por lo sano (4).

Esta querella sorda a base de rumores, arterías y campañas de desprestigio, prosiguió a lo largo de 1935 y salió plenamente a la luz en diciembre. En ese mes reapareció El socialista, y Prieto, que se hallaba en Madrid, teóricamente clandestino, ganó la batalla por el control del diario. Tuvo de su parte al director, Julián Zugazagoitia, antes ardiente campeón de la revuelta, quien se impuso a los redactores leninistas Serrano Poncela y Cabello. El periódico había sido suspendido por el gobierno, y en su lugar el ala besteirista había editado Democracia, y la bolchevizante Claridad, ya en julio. Al volver a la calle el órgano oficial, la ejecutiva del partido exigió la desaparición de los otros dos, pero solo Democracia obedeció, perdiendo su medio de expresión el sector moderado. Por el contrario, los leninistas reforzaron Claridad hasta hacerlo diario, como plataforma de lucha contra sus enemigos.

También en diciembre obtuvo Indalecio Prieto otro éxito crucial, al desbancar a Largo de la ejecutiva. A tal fin usó la misma treta que el año anterior en vísperas de la insurrección: vulnerando los estatutos, intentó someter la minoría parlamentaria del PSOE al control del Comité Nacional, cosa que Largo juzgó un golpe de estado dentro del partido. Pero ahora Prieto redondeó su astucia con una bofetada moral y política: sabiendo que su adversario descalificaba a los parlamentarios del PSOE*, promovió una declaración de éstos aprobándose a sí mismos por su actuación en las Cortes. Para llevar a cabo su acción, viajó a Madrid, desatando las sospechas de Largo: "¿Es que se le han dado facilidades, no ya de carácter particular, sino oficial? (…) ¿Es que la policía (…) no se enteró de la presencia de Prieto y de su permanencia en su propio domicilio? (…) Es difícil creer que se pueda hacer esto sin previa garantía de impunidad". Desde luego, el centrista había ido a Madrid con el objeto de "hacer saltar de la presidencia del Partido a Largo Caballero" (5).



*Largo: "El deseo de aparecer en la prensa impulsaba a algunos diputados a facilitar noticias que solo las podía dar la Directiva (…) se firmaban proposiciones para restablecer la pena de muerte sin contar con nadie; se autorizaban proyectos de ley o proposiciones incidentales de los partidos enemigos", etc. Sobre todo por lo último, el líder bolchevique había abandonado en abril del 34 la presidencia de la minoría, pretendiendo, en vano, una retirada total del Parlamento. (6)

A estos ardides contestó el Lenin español Largo, como un año antes. Pero, al revés que entonces, ahora quedó efectivamente fuera del máximo órgano directivo, junto con tres de sus partidarios. La lucha por el poder rozó el punto de ruptura. "¡Marxistas, en pie! ¡No os dejéis arrebatar el control del partido", clamaban los leninistas contra la ejecutiva dominada por Prieto, usurpadora a su juicio, y cuya total renovación exigían.

El control de la ejecutiva y de El socialista, garantizaba a Prieto un poder real en el partido, y le evitaba sufrir el ostracismo interno de Besteiro, pero no suponía una victoria completa ni mucho menos. Los de Largo seguían hegemónicos en la decisiva UGT, y más aun en las Juventudes, así como en muchas asociaciones locales del partido, entre ellas la crucial de Madrid. Los centristas, en cambio, preponderaban en agrupaciones tan significativas como las de Asturias y Vizcaya, paradójicamente las más radicalizadas durante el año anterior, junto con la de Madrid.

En la práctica existían a finales de 1935 dos partidos socialistas enfrentados, cada uno con su órgano de expresión y su línea política. Se trataba de la crisis interna más dura y peligrosa desde la fundación del PSOE, en 1879, por el ferrolano Pablo Iglesias, figura indiscutible para los militantes, que había impreso en el partido sus rasgos personales de disciplina, severidad y austeridad, y un moralismo algo estrecho. Iglesias seguía un marxismo sin demasiadas prisas revolucionarias, aunque había manifestado en ocasiones su extremismo, llegando a justificar el atentado personal*, o promoviendo la huelga revolucionaria de 1917. Pero en otra crisis decisiva, cuando el PSOE parecía oscilar hacia la Comintern, en 1919, había volcado toda su influencia en contra, manteniendo al partido en la obediencia más moderada de la II Internacional. En 1935, su legado estaba en cuestión.

*El catalanista Cambó lo consideraba un "hombre grosero y violento al cual se le ha creado después un prestigio totalmente injustificado" (7).

En la crisis de este año, el sector centrista de Prieto quería cambiar la línea revolucionaria de octubre, y sustituirla por una alianza estratégica con la izquierda burguesa, en un retorno al primer bienio republicano. Solo que los sucesos ocurridos desde 1933 no habían sido en balde, y hacían muy difícil, si no imposible, ese retorno. Además el prietismo carecía de doctrina, y tenía que disimular su verdadero anhelo mediante estentóreas denuncias de la represión, y exigencias de amnistía. Sus críticos izquierdistas no se engañaban al acusar a Prieto de supeditar los intereses del proletariado, a los de la pequeña burguesía encarnados en Azaña.

La renuncia centrista a la revolución no debe confundirse con una postura socialdemócrata o moderada, al estilo de la besteirista. Obedecía más bien a la mayor afinidad de Prieto con el radicalismo jacobino de Azaña que con el marxismo, doctrina oficial del partido. Ello no impedía al líder centrista apelar al marxismo cuando le parecía conveniente, aunque no creía en él. En su trayectoria política, Prieto distaba en cualquier caso de lo que se ha dado en llamar moderación. Ya se había distinguido en la huelga revolucionaria de 1917, primera gran intentona del siglo XX para destruir por la violencia "el normal desarrollo de la política", según ha dicho un comentarista en referencia a un suceso posterior, la dictadura de Primo de Rivera. Huido al fracasar dicha huelga, y vuelto luego, había aprovechado el desastre de Annual para acusar al rey Alfonso XIII -sin fundamento- de tener responsabilidad directa en él, contribuyendo así, junto con el terrorismo anarquista, a llevar al régimen liberal de la Restauración a la ruina, y al país a la dictadura de Primo de Rivera.

A continuación Prieto había propugnado, en vano, la ruptura del PSOE con la dictadura, lo que habría puesto al partido en peligro. Caído Primo a principios de 1930, había logrado arrastrar al PSOE a las conspiraciones republicanas, despreciadas por Largo. La retórica prietista, muy agresiva, se conjuntaba con la de Azaña, también promotor abierto del extremismo ("no seré yo quien predique moderación" (8). Había entrado en la conjura para un golpe militar que debía imponer la II República y, fracasado éste, había vuelto a huir a Francia. Venida la república en abril de 1931, había colaborado intensamente con Azaña, pero en octubre del 33 había proclamado en las Cortes la estruendosa ruptura de su partido con los republicanos de izquierda, señal del definitivo rumbo revolucionario del PSOE. Al ganar el centro derecha las elecciones de noviembre de ese año, había propugnado el golpe de estado, y apoyado a Largo Caballero contra Besteiro, participando en la intentona revolucionaria de octubre del 34*.

*Este asunto está tratado con detenimiento en Los orígenes de la guerra civil española, capítulos 7 y 8 de la segunda parte.

Otra vez exiliado al fracasar ésta, volvía a la alianza con Azaña, aunque sin intenciones realmente democráticas, pues pensaba anular políticamente a la derecha moderada; fue también indicativo que, en la pugna partidista postinsurreccional, dejara nuevamente caer a Besteiro.

Hombre intuitivo, pragmático y con diversos talentos, pero impulsivo y sin principios claros, Prieto tenía fama de excelente maniobrero. Sin duda lo era, pero le faltaba perspectiva y doctrina, y por ello su sentido de la oportunidad solía quedarse en oportunismo, y sus maniobras conducir a encerronas. El antropólogo y memorialista Julio Caro Baroja opina de él, no sin agudeza: "un falso hombre hábil, que metió a la República en varios callejones. A algunas personas todavía les irrita, nos irrita, la fama de hábil de Prieto, responsable, en gran medida de la desgraciada revolución de Asturias (…). Era hábil, sí, para maniobrar en el Congreso, con un gobierno constitucional a la vieja usanza, como lo puede ser un cacique muñidor; pero no tenía clarividencia en los momentos más peligrosos, aunque luego se diera cuenta de lo que pasaba y escribiera artículos justificativos bastante claros" (9)

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Notas

1.- F. Largo Caballero Escritos... p. 188

2.- Ibid., p. 200

3.- F. Largo, Mis recuerdos, en edic. parcial de Mauricio Carlavilla, con el título Correspondencia secreta, Madrid, 1961, p. 160-1. Fundación Pablo Iglesias, AFLC XXII, p. 202-3.

4.- J. S. Vidarte, El bienio negro, p. 357. F. Largo, Escritos, p. 190

5.- F. Largo, Escritos, p. 246-7

6.- Ibid., p. 191-2

7.- F. Cambó, Memorias, Madrid, Alianza, 1987, p. 152

8.- M. Azaña, Tres generaciones del Ateneo, Madrid, 1931, p. 25

9.- J. Caro Baroja, Los Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1997, p. 241

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