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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VIII: Los comunistas entran en la historia de ESPAÑA (I)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza la estrategia comunista en España. Esta semana ofrecemos la primera de las tres partes en que se divide el capítulo octavo.

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Rasgos de los partidos comunistas

Mientras en el PSOE, incluso dividido, predominaba la línea revolucionaria, se abría en el país otro proceso de radicalización, aunque por el momento casi nadie pudiera apreciar sus decisivas consecuencias: el auge del Partido Comunista de España.

Hasta entonces el PCE apenas había arraigado. En 1919, había nacido la III Internacional o Comintern (Internacional Comunista), con el fin de aplicar el marxismo revolucionario y desbancar a la socialista II Internacional. El suceso había conmocionado a los medios obreristas hispanos, y en el PSOE brotó una corriente pro comunista, acabada en escisión. Con todo, el PCE sólo asentó entonces unos núcleos en Vizcaya, y luego en Sevilla. Al llegar la república, en 1931, Moscú prestó atención a España, donde maduraban condiciones revolucionarias, pero el PCE siguió aislado. En 1932, la Comintern decidió cambiar la dirección del PCE, encabezada por José Bullejos: sin el menor respeto a los estatutos, impuso un nuevo equipo que después hizo refrendar al partido. El jefe (secretario general) pasó a ser José Díaz, procedente del anarquismo sevillano, hombre íntegro, modesto, no muy culto, pero de verbo contundente y claro. Junto a él destacaban Dolores Ibárruri, La Pasionaria, como oradora de masas, antes adicta a Bullejos, a quien dejó oportunamente; Vicente Uribe y Jesús Hernández, venidos, como la anterior, del comunismo bilbaíno, donde habían participado en actos terroristas, uno de ellos contra Prieto; Antonio Mije o Mitje, llegado, como Díaz, del anarquismo andaluz, y proclive a la corrupción; y Pedro Fernández Checa, organizador eficiente, quizás la persona más capaz del grupo, pero sin ambición de líder. Con ellos aumentó la agitación, pero el partido no salió de su gueto (1).




Todo iba a cambiar tras la insurrección de octubre de 1934, momento clave en el que los comunistas entran realmente en la historia de España. A partir de entonces el PCE pesaría más y más en la política, al punto de que los siguientes cinco años no podrían explicarse sin él.

Los partidos comunistas eran distintos de los demás partidos, incluso de los socialistas, respecto de los cuales representaban un escalón superior como "vanguardia proletaria", en el molde del Partido Bolchevique de Lenin: grupos de revolucionarios profesionales consagrados en cuerpo y alma a destruir el capitalismo. A los comunistas se les exigía "temple de acero", y entrega total a la causa sobre cualquier consideración personal o sentimental. Los partidos nacionales, destacamentos de la revolución mundial, seguían a la URSS, centro y guía, "patria del proletariado". Defender a la URSS, por encima y aun en contra de los intereses nacionales, era el primero y fundamental deber de esos partidos, la "piedra de toque" de su "internacionalismo proletario", pues la clase obrera "no tiene patria", al menos patria burguesa.

La escuela comunista, más aun que la socialista, forjó un tipo de militante fanático y al tiempo ilustrado en una concepción del mundo científica, que anunciaba la pronta caída del sistema burgués, último de los basados en "la explotación del hombre por el hombre". El PC, vanguardia empapada de la ciencia de Marx, en estrecha relación con "las masas" y hábil en todas las tácticas para atraerlas a la revolución, abría camino a un porvenir glorioso.

Alentaba a los comunistas la depresión económica mundial, confirmadora de la teoría leninista: el capitalismo había entrado en su fase "imperialista", es decir, "superior" o agónica. Según Marx, el capital tiende a concentrarse y destruir las empresas menores, proletarizando a sus dueños. La tendencia culminaría a finales del siglo XIX en la formación de enormes consorcios financieros e industriales, los "monopolios", que manipularían el estado y el mercado, definiendo dicha fase "imperialista". Quedaría así superado el decimonónico capitalismo de libre competencia, correspondido en lo político por la democracia parlamentaria y liberal. Bajo el "imperialismo", la libre competencia y la democracia se reducían a una fachada, o degeneraban en tiranías fascistas. Los monopolios, desbordando el marco estatal y a menudo aliándose entre sí por encima y contra los intereses nacionales, formarían una "cadena imperialista", que explicaría por qué la revolución había triunfado en la industrialmente atrasada Rusia, y no en los países avanzados, contra el pronóstico de Marx: la cadena había quebrado "por su eslabón más débil", Rusia, país a un tiempo imperialista y sometido a imperialismos más fuertes.

Pese a sus intereses comunes y supranacionales, los monopolios seguirían necesariamente sumidos en una rivalidad salvaje por la explotación del planeta, lo cual explicaría guerras como la del 14, guerra imperialista por un nuevo reparto del mundo. La misma industrialización minaba en los países ricos la tasa de la ganancia capitalista, basada en la plusvalía extraída a los obreros, y de ahí que los monopolios se afanasen en explotar las colonias (entonces la mayor parte del mundo estaba colonizado, directa o indirectamente), de las cuales extraerían superbeneficios necesarios para mantenerse y aplacar la lucha de clases en las metrópolis, sobornando a los socialdemócratas, obreristas inadaptados a la nueva época. En esta situación, la revolución rusa comenzaba las revoluciones proletarias y anticoloniales. En los años treinta, el mundo parecía acercarse a una enorme explosión social.




Aunque la historia no ha sido muy clemente con tales teorías, quizá pueda apreciarse en este resumen algo de su aparente poder aclaratorio, y por ende su atractivo, incluso para no marxistas. El marxismo-leninismo contó con nutridos círculos de simpatizantes y agentes burgueses, los llamados compañeros de viaje, que le fueron de impagable utilidad. D. Caute ha argumentado convincentemente que esa activa simpatía nació de la tradición, o una de las tradiciones, de la Ilustración del siglo XVIII, venero de las ideologías*.

*”En su aspecto intelectual más serio, el fenómeno del compañero de viaje puede entenderse como una posdata a la Ilustración. Representó, para adaptar la admirable frase de Peter Gay, un recobro del impulso, una reafirmación de valores un día audazmente proclamados y universalizados, y luego corroídos. Recuperaba el ideal del siglo dieciocho, de una sociedad racional, educada y científica basada en la maximización de los recursos y el continuo mejoramiento (si no la perfección) de la naturaleza humana según la entendieron mentes objetivas y desprejuiciadas. Saber y moralidad vuelven a verse como complementarios; la ancha senda del "progreso" conduciría desde el pasado, tullido por el prejuicio y la tradición, a un feliz porvenir. Para los compañeros de viaje, la Rusia de Stalin representaba la voluntad práctica de resucitar el gran experimento, mientras que las democracias occidentales aparecían como traidoras a sus propios ideales, sumidas en el fango de la codicia, las renovadas supersticiones y el egoísmo de clase. Además, filósofos, escritores y tratadistas sociales de finales del siglo XIX habían lanzado un formidable desafío a los valores y a los supuestos de la Ilustración, y ese reto exigía una audaz réplica, una afirmación de fe" (2).

Incluso a sus adversarios solía infundir un temor reverente la coherencia doctrinal y la agresividad propagandística del comunismo.

El ideal inspiraba en sus seguidores una increíble capacidad de sacrificio. Muchos comunistas arrostraron enormes peligros, la tortura y la muerte, y mostraron una tenacidad combativa a prueba de fracasos. Lo cual no excluía una luchas internas por el poder brutales y a menudo sanguinarias, así como una profunda corrupción y cinismo, sobre todo entre elementos dirigentes, debido a las contradicciones de la doctrina, oscuramente percibidas, a la rivalidad por el poder y a la necesidad de sobrevivir en el acatamiento ciego a la máxima autoridad partidista: Stalin por entonces, la voz de la historia*.

*Existe toda una literatura sobre la inconsecuencia y brutalidad de los jefes comunistas. Jan Valtin, cominterniano alemán desencantado, describe al "dirigente proletario" Dimítrof: "Esperaba ver a un hombre como de acero, a un veterano endurecido en muchas campañas. En cambio me vi frente a un hombre alto, apacible, fornido y moreno, con una cara floja, vestido como un "dandy" y oliendo a densos perfumes. Había entrado mostrando, al cerrar la puerta, un grueso anillo en su mano izquierda. Sus dedos bien manicurados ceñían un habano. Sus ojos eran grandes y audaces. Pronto descubrí que era realmente una personalidad dominadora". He aquí una pintura hecha por E. Castro Delgado, ex dirigente del PCE: "Vicente Uribe, el director (de Mundo Obrero) (…) trabajaba con todo cerrado, con la boina puesta, el gesto duro, textos de los clásicos (marxistas) sobre la mesa. Cuando escribía parecía un animal hembra en un mal parto. Pero el enano se creía un gigante. Cualquiera que le interrumpiera era recibido con una mirada que era una blasfemia. No hacía más que el editorial, cuando lo hacía, pero era la tarea que le consumía su jornada de director. Alguna que otra vez abandonaba el despacho, salía precipitadamente hacia la calle del Pez, que tenía sus encrucijadas de carne a precio y allí se estaba lo que el cuerpo le pedía o el dinero daba de sí. Cuando regresaba se metía en el excusado, orinaba y otra vez al despacho, a hurgar en el alma de los clásicos (…) Allí conoció Castro a Jesús Hernández y a Cabo Giorla. Venían de Moscú. Hernández, consagrado. Lo decía su porte y un abrigo de piel que en Moscú sólo daban a los altos funcionarios. Pero era simpático, asequible y siempre con ganas de hablar a todos de la "casa", que por ese nombre se conocía a Rusia. Cabo Giorla, otro producto "made in URSS", era casi un gigante, lleno de vitalidad, de cinismo, de ruido, dispuesto a llegar lo más pronto posible a la cima. Sin embargo, en los primeros tiempos no tuvo éxito. No era proletario y hubo que proletarizarle (…) Entró de peón. Pero no aguantó la prueba. Sus hombros no aguantaban más que la chaqueta y sus ambiciones (…) Y buscó a María Carrasco (…) que ganaba quince pesetas diarias y que buscaba marido. Se encontraron. Se casaron. Giorla no trabajó más. Se dedicó a administrar el salario de ella y a pensar en la revolución. A cambio de ese "administrar" lo que ella ganaba le proporcionó una sífilis de la que no se curó jamás". Pero estos cuadros son anecdóticos, y en buena medida impresiones subjetivas. Básicamente los jefes comunistas, aun si inteligentes y honrados, al menos desde su propio punto de vista, han sido peculiarmente despiadados, con una extraordinaria indiferencia hacia el sufrimiento humano, producto de su concepción materialista del hombre y de su historicismo. Frente a la historia y su movimiento ineluctable, los individuos no eran nada …con ciertas excepciones, naturalmente. El testimonio de Li Zhisui sobre Mao Tsetung, de quien fue médico, resulta extraordinariamente revelador al respecto (3).




Aun más inclemente era la lucha contra los disidentes abiertos, como terminaría comprobando el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), grupo comunista menor, con cierta base en Cataluña. Este partido, sin ser trotskista, simpatizaba con Trotski, héroe de la revolución soviética, que tras la muerte de Lenin había perdido la batalla por el poder, frente a Stalin. El odio abismal surgido entre ambos, antes camaradas, terminó en el asesinato del perdedor, en Méjico, donde le alcanzaría, en 1940, el largo e implacable brazo de Stalin por medio del español Mercader. De modo similar, tres años antes, en plena guerra civil española, el POUM perecería, aplastado sangrientamente por el PCE y los servicios secretos soviéticos.

Otra característica notable de estos partidos fue el culto a los líderes, que con Stalin, Mao y otros alcanzó una especie de deificación. En el 70 cumpleaños de Stalin, desde el Kremlin, se inscribió su nombre y efigie entre las estrellas, por medio de proyectores. Los líderes españoles no tuvieron tiempo u ocasión de tanto, pero la Pasionaria llegó a recibir un curioso culto, reminiscente del la Virgen: "madre del sol de la mañana, norte de nuestra reconquista, segura estrella salvadora, Pasionaria, la nueva aurora…". En 1948 el PCE dará a sus maquis en España una consigna algo extravagante: "¡Aguantad! ¡Ya vendrá Pasionaria!" (4).

La cual, desde luego, se guardó mucho de acudir.

Notas

1.- G. Morán, Miseria y grandeza del Partido Comunista de España, 1939-1985, Barcelona, Planeta, 1986, p. 22-3

2.- D. Caute, The fellow-travellers. Intellectual friends of communism, New Haven and London, Yale Univ. Press, 1988, p.264

3.- J. Valtin, La noche quedó atrás, Buenos Aires, Claridad, 1947, p. 193. E. Castro Delgado, Hombres made in Moscú, Barcelona, Caralt, 1965, p. 128-9. Li Zhisui, La vida privada del presidente Mao, Barcelona, Planeta, 1995

4.- G. Morán, Miseria... pp. 254 y 131

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