Menú
LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo VIII: Los comunistas entran en la historia de España (y III)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. El autor analiza la estrategia comunista en España. Esta semana ofrecemos la tercera y última parte del capítulo octavo.

0
La nueva política del PCE

Debido a la insurrección de octubre, el caso español recibió especial atención del congreso de la Comintern. Dimítrof resumió allí los errores del PSOE durante el primer bienio republicano, cuando compartió el poder con los republicanos de izquierda: "¿Establecieron (los socialistas) un contacto de combate entre las organizaciones obreras de todas las tendencias políticas (…)? ¿Exigieron la confiscación de todas las tierras de los grandes terratenientes, de la iglesia? (…) ¿Intentaron luchar por la autodeterminación nacional de catalanes y vascos, por la liberación de Marruecos? ¿Procedieron en el Ejército a la depuración de los elementos monárquicos y fascistas para preparar su paso al lado de los obreros y campesinos? ¿Disolvieron la Guardia Civil? ¿Atacaron al partido fascista de Gil Robles? ¿Anularon el poder de la Iglesia?". Habían hecho lo contrario, opinaba Dimítrof, con los efectos esperables.

No obstante, las insurrecciones austríaca y española de 1934 habían sido muy positivas, y el líder comunista entonó una loa a la guerra civil, citando a Lenin: "La escuela de la guerra civil (…) es una escuela ruda (…) Pero solamente los pedantes redomados o las momias desprovistas de todo sentido común deploran la entrada de los pueblos en esta penosa escuela".

El secretario general del PCE, José Díaz fue cooptado a la ejecutiva de la Comintern, sin que ello impidiera la colocación, a su lado, -y como en los demás partidos- de consejeros encargados de velar por la pureza política, tutores, por no decir los auténticos dirigentes de los partidos. Para tutelar al partido español fue designado el argentino Victorio Codovilla o Codovila, Medina*, ocupándose también, desde Moscú, Togliatti y otros destacados líderes cominternistas. *En Francia eran Eugen Fried y Togliatti, superiores, de hecho, de Thorez.

Como efecto de la nueva política, aumentó el número de militantes en el PCE. Se habla de 20.000 en 1934 y 30.000 el año siguiente. Las cifras reales deben de ser muy inferiores*, pero en todo caso hay pocas dudas de que el partido creció con rapidez después de octubre. *R. de la Cierva, por ejemplo, las rebaja a apenas 10.000 antes de octubre del 34.

Ante el Congreso de la Internacional aseguró difundir 17.000 ejemplares del órgano de su comité central, Bandera Roja y como este solía difundirse a militantes como material de discusión y proselitismo, acaso su tirada refleje el número de afiliados (1).

A menudo se ha subestimado la fuerza del Partido Comunista, por atender sólo al número de afiliados o de votos, como si se tratase de un grupo democrático más. Pero aquel partido tenía otras fuentes de poder e influencia. En primer lugar era incomparablemente más cohesionado que los partidos restantes, un tanto deshilachados en su mayoría. Su disciplina militar o más que militar, le proporcionaba una capacidad de maniobra, así como de agitación y propaganda, muy superior, proporcionalmente, a la de cualquier otro partido y más en tiempo de desórdenes. Le inspiraba una mística de lucha, sin reticencias ni equívocos acerca de sus objetivos, y le apoyaba un poderoso aparato internacional. Además representaba a la revolución soviética, cuyo prestigio le nutría. Y aparte de su influencia directa, disfrutaba de la indirecta en el PSOE, afín en doctrina. Ni siquiera antes de octubre era un partido tan insignificante como harían creer sus votos.

El punto de partida del auge comunista fue, como hemos indicado, la insurrección del 34. Aunque fuera de Asturias el PCE apenas había participado en ella, comprendió la ventaja de reivindicarla cuando los socialistas negaban oficialmente su protagonismo. Díaz afirma haber visitado a Largo en la cárcel para proponerle reivindicarla común. Largo habría rehusado, y en consecuencia los comunistas levantaron como propia la bandera de octubre: “¿Qué ha permitido la victoria temporal de la insurrección sino (…) (que) en Asturias (…) la agitación y la organización comunistas han penetrado más profundamente? (…) ¿No se inspiraron (los rebeldes) directamente en el ejemplo de la revolución de octubre en Rusia?”. El mito soviético había inspirado ciertamente a los insurrectos, pero por la propaganda de los socialistas, no de los comunistas. Pese a lo cual, éstos pregonaban: “Si en Asturias pudo ondear victoriosa la bandera de los Soviets durante quince días, fue gracias a la iniciativa, al valor, a la decisión y al heroísmo de nuestros camaradas”. Y Díaz alardeaba: “Los comunistas han llamado a la lucha y a la insurrección a las masas, se han puesto a la cabeza y han luchado (…) con las armas en la mano. El Partido Comunista está, pues, identificado con el movimiento insurreccional y asume su plena responsabilidad”. De paso vituperaba al fascismo imperante en el país, que, de ser real, le hubiera hecho pagar cara tal agitación (2).




El PCE hizo una masiva propaganda a fin de “mostrar a los obreros que el movimiento de octubre fue una preparación para los grandes combates que se avecinan” y que “en el futuro cercano seremos testigos de amplios movimientos precursores del victorioso octubre en España”. Suspendida su prensa, difundieron suplementos de su revista Bandera Roja, folletos y relatos sobre Asturias, llamamientos "A los obreros comunistas, socialistas y sindicalistas de España, a los trabajadores de España, de Cataluña, del País Vasco* y Marruecos"; libros como Sangre de Octubre. UHP, innumerables octavillas etc. (3). *El concepto nacional del PCE seguía el elaborado por Lenin, basado en la experiencia histórica de los imperios ruso y austrohúngaro, muy diferentes de la evolución española. Desde la Edad Media en que se va constituyendo o reconstituyendo España, los gallegos, catalanes, vascos o castellanos se consideraban normalmente españoles. Los nacionalismos en España florecen muy tardíamente, a finales del siglo XIX, y, excepto, en parte, el vasco, que trató de definirse sobre un peculiar racismo, no mostraron un separatismo definido.

Uno de sus folletos ilustrativos Lecciones de los combates de octubre, sacaba como enseñanza principal la necesidad de un partido proletario único. Citaba a Stalin: “El triunfo de la revolución (…) es necesario prepararlo y conquistarlo. Y sólo un fuerte Partido proletario revolucionario puede hacerlo”. Ese partido "debe reconocer abiertamente que la toma del poder por la clase obrera sólo será posible por medio de la insurrección armada. Debe luchar de forma consecuente por la dictadura del proletariado”. El octubre asturiano acercaba la victoria: “La batalla ha sido ganada momentáneamente por la burguesía y los terratenientes (…) (pero) el proletariado ha dado un paso formidable (…) La revolución ha crecido. (…) El camino de Asturias (…) del Gobierno Obrero y Campesino, es el faro que señala a las masas la única senda de su liberación” (4).

Las invocaciones a la unidad no impedían la "lucha ideológica" contra socialistas y anarquistas. Si el PCE se atribuía la parte de éxito en Asturias, la parte de fracaso recaía por entero sobre los demás. Un documento titulado Adelante, hacia nuevas batallas, firmado por José Díaz, André Marty y Palmiro Togliatti, en representación de los partidos español, francés e italiano, fustigaba a los jefes socialistas por su improvisación irresponsable, peor todavía, por haber utilizado a los obreros, aseguraban, en una infame maniobra, no para hacer la revolución, sino para presionar a Alcalá-Zamora y volver a compartir el poder burgués. El PSOE, “bajo la presión de las masas, lanzó la consigna de dictadura del proletariado, pero rechazando la idea de los soviets (…) e impidiendo la alianza de los obreros y del campesinado”. Además habría saboteado el movimiento al retener las armas en muchos lugares. La derrota también debía mucho al boicot de los anarquistas, "héroes de la frase revolucionaria", "cobardes", "traidores", etc. así como a la "capitulación vergonzosa de los nacionalistas" catalanes (5).

Pero estas críticas irían perdiendo el tono feroz del anterior período, cuando los socialistas y libertarios eran equiparados al fascismo ("socialfascistas" "anarcofascistas"). Por el contrario, un tema central de su propaganda consistió en la exaltación martilleante de la unidad proletaria que ya incluía al PSOE como tal, y no sólo "por la base": “Los que (…) han vivido días de triunfo bajo los gloriosos pabellones del Poder Obrero y Campesino en la heroica Asturias y hoy sufren la sangrienta y bárbara represión (…) ¿Por qué no pelean unidos cuando la ofensiva del fascismo vaticanista se recrudece con salvaje encarnizamiento?”. “El fascismo no pasará si todos nos unimos”. Y así de manera incansable (6).

La unidad tenía que funcionar en primer lugar contra la represión, pues había más de 60.000 prisioneros, "el terror salvaje del gobierno Lerroux-Gil-Robles" aplicaba constantemente la ley de fugas y las torturas sádicas, también a los rabassaires, triplicaba el número de policías secretas, guardias civiles y de asalto, etc. Estos datos no pasaban de invenciones, pero el PCE confiaba en que hicieran efecto, como así ocurrió (7).

Paralelamente el partido creó o utilizó grupos de apoyo dirigidos por comunistas, pero que disimulaban su carácter, y procuró infiltrar otros. Así, la organización estudiantil del PSOE, la FUE (Federación Universitaria Española) , terminaría instrumentalizada por los comunistas en 1935. Otro ejemplo típico fue el "Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo", uno de los montajes organizados por Willi Münzenberg, cuya sección española dirigió, sin mucho éxito, Dolores Ibárruri. Prohibido durante la revolución de octubre, el comité fue transformado, con buen instinto propagandístico, en "Organización por Infancia Obrera", que fomentaba una espesa emocionalidad en torno a los huérfanos de rebeldes asturianos, como medio para una agitación fortísima. Ella le atrajo a sectores femeninos del PSOE y republicanos*, e hizo famosa en Europa a la Pasionaria, gracias al aparato de Münzenberg. "Las mujeres de organizaciones políticas europeas, no necesariamente comunistas, fueron las mejores propagandistas" de Ibárruri, la cual "daba, para ellas, la mejor imagen del pueblo español en lucha". Otra organización sumamente activa, el Socorro Rojo, proporcionaba abogados y ayudas a los detenidos y facilitaba huidas a Francia y a Rusia (612 personas, 220 de ellas, socialistas, según afirmaba); y, sobre todo, hacía también propaganda. Estos trabajos iban a completarse con una labor de especial relevancia cerca del PSOE, destinada a influir sobre el sector revolucionario socialista, mientras fuera de España la Comintern ondeaba a todos los vientos la bandera de la comuna asturiana (8).

*Ibárruri: "La simpatía que de forma explícita mostraban hacia las mujeres comunistas, por su actividad política, las mujeres republicanas, inquietaban a ciertos camastrones de Unión Republicana, que decidieron cortar por lo sano las cordiales relaciones (…) y colocaron a la policía a la puerta de su círculo para impedir en él nuestra entrada". El resultado, dice la Pasionaria, fue que bastantes republicanas se acercaron más al PCE. Con el PSOE no siempre iban bien las cosas. En casa de María Martínez Sierra, "diputada socialista y distinguida escritora" tuvo la Pasionaria que entrar, dice, por la puerta de servicio (9).

De acuerdo con la nueva línea, el PCE aplicó las consignas de antifascismo, amnistía y unidad obrera. Practicó una elaborada política hacia el PSOE y la UGT, atendiendo al “proceso de diferenciación política” en el seno de éstos y halagando “al ala izquierda de los socialistas, para influenciar políticamente en ella”. En el congreso de Moscú, al abrir las sesiones, el dirigente alemán W. Pieck había enviado un saludo a Largo Caballero, allí mismo vitoreado como El Lenin español, título que el PCE pasó a usar con fines obvios. Con el mismo objetivo fusionó con la UGT el pequeño sindicato comunista, la CGTU, en noviembre de 1935, “pues la experiencia nos demuestra que cuando nuestros camaradas entran en los sindicatos reformistas (…) son elegidos para los puestos dirigentes”. También prestó cuidadosa atención a las Juventudes Socialistas, bajo el asesoramiento de Medina. En estas tácticas, el PCE iba a anotarse éxitos de enorme repercusión (10).




No fructificarían, en cambio, sus zalemas a los anarcosindicalistas, ni su intento de revitalizar las Alianzas Obreras, muertas por consunción al perder el PSOE interés en ellas. En cuanto a los presuntos aliados pequeñoburgueses, el PCE pudo comprobar el despego del principal de ellos, Azaña. Sin embargo, la tenacidad bolchevique terminaría por imponer su poco deseada presencia en la coalición de izquierdas bautizada finalmente como Frente Popular, aunque éste había de tener al principio escasas semejanzas con los frentes propugnados por Dimítrof.

La línea general quedó bastante definida en mayo del 35, cuando, al ocupar Gil Robles el ministerio de la Guerra, el PCE llamó a la disolución de las Cortes y nuevas elecciones, exigiendo la libertad y amnistía para todos los presos y perseguidos políticos de izquierda, la depuración del ejército y disolución de los “organismos fascistas”, la autodeterminación para Cataluña, Euzkadi y Galicia y abandono de Marruecos, la confiscación de los latifundios y su reparto, sin indemnización, la rebaja de impuestos a los pequeños propietarios, y mejora general de las condiciones de vida obreras (10) (sin especificar cómo se conseguiría esa mejora). Tales puntos tenían de hecho carácter revolucionario, tanto porque habrían multiplicado las tensiones sociales y llevado la economía a un callejón sin salida, como porque suponían una revancha de los vencidos de octubre y la abolición de la legalidad republicana. Al mismo tiempo debían movilizar y atraer al PCE a muy diversas capas sociales. Por lo demás, muchos signos alentaban las esperanzas revolucionarias. El poder republicano, instaurado en 1931 sin firmes raíces, carecía de solidez, y sus partidos se hallaban muy divididos, con varios de ellos proclives a someterse al impulso revolucionario, a poco que éste se presentara con una retórica relativamente suave y les propusiera un enemigo común derechista.

Notas

1.- E. Comín Colomer, Historia del Partido Comunista de España, II, Madrid, Edit. Nacional, 1967, p. 740. R. De la Cierva, Comunistas y falangistas. La verdadera fuerza, Madrid, ARC, 1997

2.- D. Ibárruri y otros, Guerra y revolución en España, 1936-39, I, Moscú, Progreso, 1967, p. 62 y 67. "Informe del PCE al VII Congreso de la I. C.

3.- En M. Bizcarrondo, Octubre del 34. Reflexiones sobre una revolución, apéndices documentales, Madrid, Ayuso, 1977. P. I. Taibo, Asturias, 1934, II, Apéndice "Las interpretaciones de Octubre", Madrid, Júcar, 1984.

4.- M. Bizcarrondo Octubre, apéndice

5.- Ibíd.

6.- Suplemento de Bandera Roja, febrero de 1935

7.- Supl. Bandera Roja nº 1, sin fecha,

8.- E. Cimorra y A. Carabantes, Un mito llamado Pasionaria, Barcelona, Planeta, 1982, p. 80-1. E. Comín Colomer, Historia... II, p. 603

9.- D. Ibárruri, El único camino, México, Era, 1963, pp 163 y 162

10.- D. Ibárruri y otros, Guerra... p. 74 y ss

CAPITULO ANTERIOR CAPITULO SIGUIENTE
0
comentarios

Servicios