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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo XI: Las fuerzas conservadoras (I)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la primera de las cuatro partes en las que se divide el capítulo undécimo.

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Las fuerzas conservadoras

Frente a las fuerzas revolucionarias, poderosas aunque divididas, las conservadoras se hallaban en 1935 también divididas, a veces muy enfrentadas entre sí. Sus tendencias iban desde la extrema derecha —Falange, pequeño partido de corte fascista, o los monárquicos carlistas y alfonsinos—, a la Lliga catalanista, el Partido Agrario y, sobre todo, la CEDA, el principal de ellos con diferencia; debe incluirse al Partido Radical de Lerroux, antaño republicano exaltado y por entonces en actitud moderada.

Aunque, como veremos, la caída de la monarquía forzó una completa reestructuración de las fuerzas conservadoras, la raíz de ellas se encuentra, como la de sus contrarias, en la revolución francesa o, mejor, en las guerras napoleónicas que esparcieron la semilla revolucionaria por Europa.

La siembra napoleónica dio frutos diversos según países, y muy particulares en España, donde la invasión chocó con una resistencia popular superior a la de cualquier otro país europeo. Resistencia de carácter revolucionario, pues hubo de prescindir de las viejas autoridades, rechazar las impuestas e improvisar otras nuevas. Sin embargo, ese carácter revolucionario se combinó con la repulsa del grueso de la población a los ideales venidos de Francia. Y no sin causa: al conocimiento de la persecución religiosa y el terror jacobino, odiosos para una población casi unánimemente católica, se unió la experiencia de unos ejércitos extranjeros que, en expresión de P. Johnson, atravesaban el país como hierros candentes, dejando un rastro de matanzas, saqueos y destrozos. De ahí la adhesión mayoritaria a la restauración borbónica (Fernando VII) como garantía de orden. Finalmente, la invasión dio pie a movimientos de independencia en América, arrastrando a nuevas guerras a un país ya devastado, y a la pérdida de casi todo el imperio, con profundas consecuencias económicas, políticas y morales. España, pese al prestigio adquirido en Europa por su resistencia a Napoleón y a la evidencia de que su pueblo, en apariencia amodorrado, conservaba grandes energías, pasó de gran potencia —aun sin contar entre las primeras— a país empobrecido y muy secundario en el concierto de las naciones. Al declive ayudó mucho Inglaterra, supuesta aliada que durante la guerra de independencia también había organizado saqueos y destrucciones en España, lo cual afianzó la aversión al liberalismo y a las reformas. Así, la necesidad de cambios chocaba con la densa desconfianza hacia ellos no sólo entre los interesados en mantener sus privilegios, sino también entre la masa popular.

Comienza entonces en España la división contemporánea entre derechas e izquierdas, más tensa que en otros países. A la muerte de Fernando VII, en 1833 se delinea una derecha carlista, ultraconservadora, y una izquierda liberal. Esta incluye a quienes se sienten más directamente herederos de la revolución francesa, es decir, los exaltados, luego progresistas, —con inclinación republicana frenada por la conciencia de su debilidad—; y a los moderados o liberal-conservadores, más en la corriente anglosajona, deseosos de armonizar la libertad con el orden y el respeto a las tradiciones. Los moderados pueden considerarse centristas entre los otros dos, aunque siempre se aliaron con los progresistas antes que con los carlistas.

Por las razones dichas, los liberales eran seguramente minoritarios frente a los carlistas. Lo reconoció, forzando algo la nota, el exaltado Evaristo San Miguel: "Nosotros somos un ejército; ellos, un pueblo" (1).


Pues en el ejército tenían los liberales su más efectivo apoyo. En la guerra subsiguiente, el "ejército" venció al "pueblo", aunque le costara una cruel guerra de seis años, que causó probablemente tantas bajas como la guerra civil del siglo XX, para una población mitad que la de ésta, y ya quebrantada por las contiendas napoleónicas y americanas.

Con la derrota carlista en 1840, la derecha, y con ella un gran sector de la población, quedó marginada para el resto del siglo *.

*En este sentido, véase el tópico, frecuentemente oído, de que hasta 1982 en España siempre gobernó la derecha, salvo breves intervalos en las dos repúblicas.

Se abrió un periodo de 35 años, caracterizado por una turbulenta rivalidad entre liberales progresistas y moderados, resuelta en general con pronunciamientos militares (cuatro con éxito, aparte de otros fracasados VER), estableciendo algo así como un sistema de alternancia violenta en el poder. Más que a intromisiones de los militares en la vida civil, los pronunciamientos respondían a la utilización del ejército por unos partidos de estrecha base popular, faltos de confianza en sí mismos y de respeto a las reglas del juego. A estas violencias se sumaban las sacudidas carlistas, con otras dos guerras, aunque mucho menores que la primera. El periodo conoció también VER constituciones. En 1868, fue derrocada Isabel II, y con ella la dinastía borbónica. En lugar de aplacar las tensiones, esta revolución abrió paso a un sexenio todavía más convulso, en que el país pareció próximo a desgarrarse.

En general, los liberales aspiraban a consolidar una "nación" en el sentido contemporáneo y capitalista del término, a base de un mercado único y una legislación homogénea, que rompiera las trabas regionales, como fueros, aduanas, etc., tan arraigadas. Pero con tal inestabilidad, la modernización del país no podía ser profunda, y por ello sorprenden sus considerables logros en la racionalización del estado y la fiscalidad, en la regulación de la enseñanza superior y media, etc. La economía, en conjunto estancada, al menos no se hundió catastróficamente. Se echaron bases importantes para un desarrollo moderno, como una infraestructura de comunicaciones, en especial ferrocarriles; se afianzó la banca y unas bases industriales en Bilbao y Barcelona, y las principales ciudades crecieron. Casi todos los avances prácticos se deben a los períodos de liberalismo moderado, en especial el decenio de Narváez y los años de O´Donnell. Los períodos progresistas resultaron espasmódicos, aunque alumbraran algunas leyes y medidas inteligentes, mezcladas con otras no tanto.

El período indicado de 35 años se cerró con una nueva restauración borbónica, en 1875, la Restauración por excelencia. El nuevo régimen consiguió algo nuevo: la alternancia pacífica en el poder de los dos partidos liberales, que pasaron a llamarse "conservador" y "liberal", según el modelo inglés. La hazaña iba a revelarse muy fructífera y dar por fin al país casi cincuenta años de estabilidad, progreso económico sostenido y acelerado, y un fuerte auge cultural, la época más productiva desde comienzos del siglo XIX. Pero sus bases eran débiles: partidos de escaso arraigo en la masa popular —mayoritariamente analfabeta e indiferente en política—, lo que dio pie a una extendida corrupción electoral y al llamado "caciquismo".

Por otra parte, al doblar el siglo irrumpieron grupos menores, pero en extremo agresivos, capaces de provocar serias crisis al sistema: movimientos obreristas revolucionario (ácratas y socialistas), conformaron una nueva izquierda que dejó a su derecha a los dos partidos liberales; también surgieron los nacionalismos catalán y vasco, y renació el republicanismo. Si la práctica había mostrado que el liberalismo no traía necesariamente las violencias de una revolución francesa, en cambio entraba ahora en escena la "revolución social", complicada con impulsos más o menos secesionistas en algunas regiones. Las oleadas de atentados y la acción a menudo desestabilizadora de los partidos obreristas y catalanistas, culminaron en el intento de derrocar violentamente al régimen, en agosto de 1917. Las reformas de Antonio Maura, las de Dato, o, por fin, la dictadura de Primo, trataban de responder a la presión revolucionaria.


La confluencia de esa presión con la desafección de numerosos intelectuales "regeneracionistas" —convencidos de que algunas fórmulas simples harían progresar al país a grandes zancadas—, y el mediocre maniobrerismo de los políticos liberales, junto con el infortunio de Annual, terminaron de arruinar la Restauración, en 1923. La subsiguiente dictadura de Primo de Rivera probó dos cosas: el agotamiento del sistema —el dictador recibió apoyo casi general— y la debilidad de revolucionarios y nacionalistas, capaces de hacer la vida imposible al régimen, pero no de derribarlo, y menos de sustituirlo.

La Restauración fue en medida principal obra de Cánovas, estadista de talla reconocida en toda Europa*.

*Cuando fue asesinado, en 1897, Bismark declaró ante el Reichstag: "jamás he inclinado la cabeza ante nadie, pero lo hacía siempre con respeto al oír el nombre de Cánovas del Castillo". Diversos autores lo han considerado entre los tres o cuatro grandes estadistas europeos de su época (2)

En general, la política de la época se distinguió por un pragmatismo sin vuelo, pero destacaron por su capacidad y amplitud de miras Canalejas y Dato, asesinados como el propio Cánovas, y en especial Antonio Maura, que se libró por poco. Podrían ejemplificarse dos tipos políticos en Dato y el conde de Romanones. El primero, hombre valeroso, de amplia perspectiva y al mismo tiempo realista, salvó a España de la guerra de 1914, derrotó la huelga revolucionaria de 1917 y comenzó la legislación social, destinada a integrar en el sistema a las fuerzas obreristas; el segundo, cuya visión política apenas superaba el interés de partido y los manejos caciquiles, fue el clásico político "habilidoso", con pánico a ser tildado de "reaccionario", que estuvo a punto de romper la neutralidad española en la guerra mundial y desvirtuó las leyes reformistas de Maura, diseñadas para ampliar la base social y democratizar el régimen. Había muchos más Romanones que Datos, como siempre ocurre, y entre los peores golpes que recibió aquel sistema estuvo la pérdida de sus mejores hombres, por crímenes anarquistas.

Pese a que las ideas llamadas regeneracionistas atacaron a la Restauración, puede considerarse a este régimen el verdadero regenerador del país, aun si lento y desigual. En todo caso, pronto sus críticos iban a tener su oportunidad, y no sólo no iban a alcanzar logros comparables, sino que sumirían al país en su peor crisis desde 1834.

Tras seis años largos de dictadura más una transición frustrada, llegó la II República, en abril de 1931. La dictadura había tenido el efecto paradójico de arrasar los viejos aparatos liberalconservadores y dejar en pie un solo partido fuerte: el marxista PSOE. En estas circunstancias, y con el liberalismo sumido en una crisis mundial sin precedentes, los partidos conservadores hubieron de rehacerse desde una base muy precaria, y subió de tono el temor a la revolución anarquista o comunista. Lerroux, antaño republicano exaltado, advertía de la posibilidad de que surgiera un soviet. El catalanista Cambó anunciaba al eufórico Ortega y Gasset "el comienzo de una era de convulsiones para España". Gil-Robles, futuro dirigente de la CEDA, esperaba algo parecido. El mismo Azaña, de talante jacobino, diseñaría una alianza con el PSOE destinada a prevenir "los horrores de la revolución social". Los liberales monárquicos Miguel Maura y Alcalá-Zamora, optaron, casi de súbito, por encabezar el movimiento republicano, precisamente para apartarlo de tentaciones extremistas (3).


Quizás Alcalá-Zamora y Maura hubieran logrado estabilizar el régimen mediante una amplia corriente liberal-conservadora, pero la esperanza se fue en humo con la gran quema de templos y bienes culturales apenas estrenada la república, y la impotencia de los dos líderes en la ocasión. La opinión de derechas se radicalizó o se retrajo. Luego, en las primeras elecciones, las derechas no llegaron al 15% de los diputados. Su desazón aumentó con las violencias posteriores a la "quema de conventos": renacimiento del terrorismo ácrata hasta organizar auténticas insurrecciones, radicalización creciente del PSOE, frecuentes y sangrientos incidentes de orden público y agresividad anticatólica de las izquierdas republicanas. Los revolucionarios pasaron de grupos desestabilizadores, pero pequeños, a movimientos de masas. En 1932 tuvo lugar una confusa reacción conservadora, el pronunciamiento de Sanjurjo, cuya derrota reforzó a las izquierdas.

Hasta 1933, los conservadores continuaron dispersos e impotentes, sumidos en personalismos y celos de influencia. Sólo en abril de ese año —y a los dos de instaurarse la república— tomó cuerpo una auténtica fuerza de derecha, y aun entonces por medio de una asociación floja, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Ésta, inspirada por la Iglesia, tenía carácter antiliberal y corporativista en la línea, un tanto vaga, de la "democracia orgánica", más que en la democracia cristiana. Ese mismo año nacieron también la monárquica Renovación española y la Falange, asimilable al fascismo, consagrados a derrocar la república.

Notas

1.- En J. M. García Escudero, Historia política de las dos España, I, Madrid, Editora Nacional, 1976, p. 52-3

2.- C. Seco Serrano, Historia del conservadurismo español, Madrid, Temas de hoy, 2000, p. 207.

3.- O. Ruiz Manjón, El Partido Republicano Radical, Madrid, Tebas, 1976, p. 136.

F. Cambó, Memorias, Madrid, Alianza, 1987, p. 428-9.

J. M. Gil-Robles, No fue posible la paz, Barcelona, Planeta, 1998, p. 31 y ss.

En J. Avilés Farré, La izquierda burguesa en la II República, Madrid, Espasa-Calpe, 1985, p. 170



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