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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL ESPAñOLA

Capítulo XI: Las fuerzas conservadoras (III)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la tercera de las cautro partes en que se divide el capítulo undécimo.

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Las fuerzas conservadoras

La principal línea divisoria dentro de las derechas conservadoras corría entre los partidarios de derrocar la república (básicamente los monárquicos y falangistas), y los que se integraban abiertamente en ella (los conservadores de M. Maura, los radicales de Lerroux, y luego los agrarios y la Lliga) o al menos la respetaban, es decir, la CEDA. Ésta se consideraba a sí misma "posibilista", y llamaba "catastrofistas" a los monárquicos.

Las elecciones de noviembre de 1933 delimitaron claramente estas actitudes y la relación de fuerzas en el seno de la derecha: la CEDA obtuvo 115 diputados, el partido Agrario, 36, la Lliga catalana, de Cambó, 24, los tradicionalistas, 20, Renovación Española, 16, y el PNV 14 (aparte de algunos grupos menores y diputados independientes). Es decir, una proporción de más de 190 moderados contra menos de 40 "catastrofistas". Si añadimos los 102 del centrista Partido Radical, de Lerroux, aliado de la CEDA, la superioridad de los grupos pacíficos y legalistas resulta abrumadora.

Estos datos tienen valor decisivo. Prueban, contra un difundido prejuicio, que a finales de 1933 la inmensa mayoría de los conservadores descartaban usar la fuerza contra la república, aun aspirando a reformar la Constitución izquierdista, por la que se sentían seriamente perjudicados, especialmente en sus sentimientos religiosos.

Ese legalismo no tiene parigual en las izquierdas, las cuales solo ganaron por junto algo más de 100 escaños —casi el doble, con todo, de los de las derechas en 1931—, con predominio del PSOE (60 escaños), ya volcado a la dictadura proletaria. El resto de las izquierdas tampoco aceptó la ley de las urnas. La Ezquerra —19 diputados—, se declaró "en pie de guerra", y Azaña intentó impedir la reunión de Cortes.

Aunque la propaganda izquierdista ha pintado a la derecha hispana como montaraz, fanática de sus privilegios y de la religión, y siempre dispuesta a la violencia, los hechos —el modo en que cedió el poder a la república, su pasividad ante la quema de conventos, su dificultad y tardanza en reorganizarse, etc.— indican más bien un espíritu, al menos entre sus dirigentes, conciliador, cuando no medroso y acomodaticio, en ocasiones hasta la bajeza. La izquierda percibió con claridad ese apocamiento, y bajo sus denuncias de intolerancia y brutalidad circulaba el desprecio, de donde una audacia que acabaría en temeridad.

El alma del conservadurismo era la Iglesia católica, de raíces muy profundas en la historia del país a partir de su definitiva hegemonía en tiempos de la monarquía goda. La larguísima lucha contra la dominación mahometana, rompedora de la tradición latina y del cristianismo, hizo que la Iglesia y la idea de España se presentaran íntimamente unidas en el pensamiento y el sentimiento populares, como, en circunstancias de fondo similar, ha ocurrido en Irlanda tras la sangrienta conquista inglesa, o en Polonia*.

*España y Hungría son los únicos países del mundo vueltos al cristianismo después de haber sido sometidos por el Islam.

También la época dorada del siglo XVI y XVII quedó unida en la imaginación colectiva a la Reforma católica y a la defensa contra turcos, berberiscos y protestantes. Este arraigo religioso —junto con el tinte antiespañol que tomó la Ilustración en Francia, en parte como revancha nacionalista por pasadas querellas—, hizo que la Ilustración española fuese relativamente débil, y que el pensamiento ilustrado buscase aquí la conciliación de la razón y de la fe, mientras en el país vecino la relación entre ambas se pensó más bien como conflicto.

Ante la revolución francesa y los sucesos del siglo XIX, España volvió a presentarse, en la mente de muchos eclesiásticos, como el bastión católico frente a la hirviente marejada herética, que se colaba por todas las grietas del país. Visión reforzada por traumas como la expropiación de los bienes de la Iglesia o el asesinato, en diversas matanzas a lo largo del siglo, de no menos de 370 curas y frailes, a menudo con acompañamiento de torturas. El grueso del clero había simpatizado con los carlistas, cuya derrota compartió en buena medida. No obstante, los periodos liberal-conservadores le permitieron recobrar peso social y político, al tiempo que se distanciaba del carlismo.

La Restauración presenció un apoyo básico mutuo entre la Iglesia y el poder, pero con frecuentes fricciones, de modo que al entrar en crisis la monarquía, en 1930, la Iglesia hizo poco en su defensa, e incluso una parte de ella alentó a los republicanos. En el siglo XX, el clero ofrecía una impresión cierto anquilosamiento, mientras minorías crecientes abandonaban la religión y algunos grupos se revolvían contra ella. Aparte las acusaciones izquierdistas de ser la Iglesia partidaria de "los ricos" y constituir el aparato ideológico de la explotación, liberales templados como Madariaga le achacan haber abandonado el legado de sus mejores tiempos y vegetar en la mediocridad y la rutina: "Que la Iglesia española, un tiempo gloriosa y liberal, que con Vitoria y Suárez fundara el derecho internacional, y con Mariana definiera al príncipe democrático, viniese a degenerar hasta producir los curas guerrilleros y las monjitas místicas (...) La Iglesia española fue grande mientras se nutrió de la cultura de las grandes universidades del siglo XVI" (1). Pero si bien la Iglesia no atravesaba su mejor momento en la II República, suponerla, entonces o en el siglo XIX, compuesta fundamentalmente por curas guerrilleros y monjitas místicas, distorsiona la realidad*.


*Sobre la tosquedad y la cerrazón clericales hay una abundante literatura. J. Caro Baroja reseña: "El clero español dio unos cuantos diputados avanzados, otros reaccionarios. Pero en conjunto, al menos en el Norte, la campaña más sorda y necia contra la República se hizo en las sacristías, utilizando la amenaza, la idea de persecución, etc.(...) La retirada de los crucifijos de las escuelas, las leyes acerca de licencias para procesiones y otras sancionadas por las Constituyentes, los incendios de iglesias y conventos, dieron lugar a interpretaciones torcidas o equívocas, que irritaban a hombres y mujeres, según los cuales, los castigos de Dios eran inminentes. Todo quedaba englobado bajo la misma interdicción clerical: desde "bailar el agarrado" o ir en el "correcalles" a leer La Voz de Guipúzcoa. Cuando cerca de cuarenta años después ve uno a todos los descendientes de esta derecha tremebunda, en paños menores por playas (...). Entonces había que dar la sensación de que el fin del mundo estaba próximo. Hoy, la de que vivimos en el mejor de los mundos posibles enseñando las nalgas". Sin embargo todo esto no pasa de pintoresquismos al lado de las acciones anticlericales, realmente violentas y agresivas (2).

No era desdeñable ni mucho menos su labor asistencial, muy extensa y de enorme valor en un país que no conocería la Seguridad social hasta bastantes años después; o su esfuerzo de promoción de trabajadores mediante la formación profesional (un objetivo de la "quema de conventos" de mayo de 1931, fueron las escuelas salesianas y jesuitas). También se esforzaba en formar elites profesionales y políticas, y en contrarrestar intelectualmente las doctrinas laicistas y revolucionarias, como reconoce Martínez Barrio (3). Esfuerzo mejor o peor encaminado, pero en conjunto notable. La única facultad de economía del país, por ejemplo, era obra de los jesuitas, y fue cerrada sin mayor reparo por el gobierno de Azaña.

El desarrollo del proletariado planteó a la Iglesia un importante problema. Los sucesos políticos desde principios del siglo XIX habían asentado en numerosos clérigos una actitud de beligerante incomprensión, mezclada de pusilanimidad, hacia los fenómenos modernos, temidos y detestados en bloque. Así, aunque a principios del siglo XX los "Círculos Católicos" obreros tenían más afiliados que los partidos obreristas, no llegó a cuajar —salvo en Vasconia, ligado al PNV— un sindicalismo apoyado por la Iglesia, como en otros países. De hecho, los medios sindicales católicos empezaron la república con desaliento y con la impresión, nada fantástica, de que la Iglesia desatendía al mundo obrero. El resultado final lo define el historiador J. M Cuenca Toribio como un fracaso, en el que influyeron la falta de tenacidad, intrigas de sacristía y rivalidades de órdenes religiosas, cocidas en una característica hipocresía clerical (4).

La postura eclesial durante la república no fue homogénea. Las diferencias podrían personificarse en los cardenales Segura por un lado, y Vidal i Barraquer por otro. El primero, impregnado del espíritu tradicional, pidió a los creyentes colaboración con las nuevas autoridades, sin dejar de recordar a la monarquía con fundamental gratitud. Aunque sus expresiones hacia la república no pasaban de frías, el gobierno le respondió con menos tolerancia de la que los republicanos habían disfrutado bajo la monarquía, resultando una colisión en la que Segura llevó las de perder. En cambio Vidal, imbuido de nacionalismo catalán y próximo a lo que sería la democracia cristiana, prefería olvidar el pasado, aceptaba más abiertamente el espíritu del siglo y cerraba los ojos a muchas asperezas anticlericales, esperando que el tiempo las limase. Esta posición predominó en el Vaticano —representado en Madrid por el mundano nuncio Tedeschini— y en España, a través de Ángel Herrera, seglar con mucho peso en medios eclesiales, cofundador de la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, de los diarios El debate y Ya, y del partido Acción Popular, embrión de la CEDA, a la cual dirigía ideológicamente. La Iglesia adoptó, pues, una actitud contemporizadora.

Las características de la Iglesia española le daban cierto aire arcaizante, poco apreciado en el Vaticano. Sáinz Rodríguez, intelectual monárquico y enemigo de transar con la república, escribe: "Esa idea que tienen muchos españoles de que España, por su gran tradición católica, es un país que pesa y es muy apreciado en el Vaticano, es totalmente equivocada. Justamente en el Vaticano se temían siempre las posibles reacciones de una actitud intransigente de los católicos españoles; nos consideraban un pueblo al que se tiene seguro, en el que no existe peligro de que se aparte de la disciplina católica, pero al que no hay que prestar excesivas atenciones (...) En cambio, el elemento francés pesaba enormemente en el criterio del Vaticano"* (5).

*"Incluso los asuntos españoles eran interpretados a través de lo que se decía en Francia", señala Sainz. Por esa razón él mismo escribía con otra firma en La Revue Hebdomadaire, próxima al movimiento monárquico de extrema derecha Action Française, entregando sus artículos al cardenal Pacelli, futuro Pío XII: "El prestigio de ser algo escrito por intelectuales franceses y publicado en París hacía que, las mismísimas ideas que defendidas por mí le merecían una cortés acogida, en la revista francesa eran leídas con verdadera avidez, como fuente segura de información"

Las izquierdas, y también algunas derechas, han creado al catolicismo español de entonces una imagen de hipocresía, rutina y oquedad. Sin embargo, en 1935 se acercaba una prueba durísima, quizá la más cruenta persecución sufrida desde los tiempos de Roma por el clero y los católicos, los cuales iban a dar prueba indiscutible de la profundidad y sinceridad de sus convicciones.

El político representativo de la orientación católica fue José María Gil-Robles. Procedía de la clase media salmantina, donde su padre había sido un notable jurista, de orientación tradicionalista. Al llegar la república se inclinó por la línea inspirada por Ángel Herrera y el sector hegemónico de la Iglesia, y a su constancia se debió muy principalmente que en 1933 las derechas ya no fueran "los restos, casi pulverizados, de algo pretérito, sino la fuerza poderosa, organizada y tensa que demostraba hallarse dispuesta a librar la batalla en el terreno en que se le presentara" (6). De ahí su popularidad entre muchos miles de seguidores, los cuales le miraban como un verdadero héroe, el "hombre providencial" que les había devuelto el valor y el vigor político, y en torno a quien tejieron una especie de culto a la personalidad. Era el campeón triunfador de la derecha, el dirigente de la CEDA al que masas juveniles saludaban con el apelativo fascistoide de "¡Jefe, jefe!". No obstante nunca permitió a sus juventudes transformarse en milicias ni que practicaran el terrorismo, como sí hicieron, en cambio, quienes le acusaban de fascista.

Abogado y catedrático, orador notable y de respuesta rápida y mordaz, constituía en las Cortes un rival de talla para el propio Azaña*.

*Es famosa su réplica "¡Qué indiscreta es su mujer!", a un diputado de izquierdas que se burlaba del supuesto color de sus calzoncillos. A otro que le achacaba no dar una en el clavo y sí ciento en la herradura, le contestó: "Como no dejan ustedes de moverse…" Aunque de ánimo batallador, su política era básicamente conciliadora, cayendo en ocasiones decisivas en la irresolución, al punto de que sus adversarios no percibieron en él y en su partido una fuerza capaz de imponerles respeto. Tal y como iban a suceder las cosas, las derechas cada vez más radicalizadas le acusarían años después de haber propiciado los avances revolucionarios conducentes a la guerra. Pero, no sin razón, observaría él años más tarde: "La incomprensión y el estallido pasional torcieron el rumbo de nuestra política; y lanzado el país por los caminos de la violencia, el olvido y la ingratitud remataron la obra", y haría notar: "¿Han pensado alguna vez los vencedores de la guerra civil lo que hubiera sido de las derechas españolas si el triunfo del Frente Popular, en 1936, las hubiera sorprendido en el estado de ánimo de 1931?" (7) La dificultad de su tarea queda indicada por este hecho: en julio de 1936 iba a salvarse por puro azar de ser asesinado las izquierdas.


Otros dos líderes clave de la derecha fueron en aquellos años José Antonio y José Calvo Sotelo. El primero, aristócrata madrileño de origen andaluz, hijo del dictador Primo de Rivera, de buen porte y facciones agradables, carácter franco, abierto e idealista según muchos testimonios, despertaba simpatía incluso en adversarios como Prieto. Otros lo retrataban como el clásico fascista, a un tiempo miembro y esbirro de la oligarquía. Abogado, aficionado a la poesía, fundó la Falange, la cual pretendía combinar nacionalismo y obrerismo (nacional-sindicalismo) y cultivar un estilo de vida arriesgado y caballeresco. Para romper la hostilidad y las limitaciones que asfixiaban a su partido preconizaba un esfuerzo "inasequible al desaliento", aun así insuficiente, con toda probabilidad. Muy posiblemente la Falange hubiera vegetado con otros grupúsculos de línea fascista, de no intervenir la campaña de atentados organizada contra ella por el PSOE, que le obligó a responder de la misma forma. Con ello alcanzó una notoriedad que, sin embargo, le atrajo pocos afiliados. Sólo a última hora, dos o tres meses antes de que la guerra recomenzase en 1936, empezaría a convertirse en un movimiento de masas.

NOTAS

1.- S. de Madariaga, España, Madrid, Espasa-Calpe, 1979, p. 125

2.- J. Caro Baroja, Los Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1997, p. 241-2

3.- D. Martínez Barrio, Memorias, Barcelona, Planeta, 1983, p. 74

4.- En A. Montero, Historia de la persecución religiosa en España, Madrid, BAC, 1998, p. 20-1.

J. M. Cuenca Toribio, Sindicatos y partidos católicos, ¿Fracaso o frustración? 1870-1940, inéd., p. 36

5.- P. Sainz Rodríguez, Testimonio y recuerdos, Barcelona, Planeta, 1978, p. 190-1

6.- J. M. Gil-Robles, No fue… p. 73

7.- Ibid., p. 73

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