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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL

Capítulo XII: ¿Una tercera vía? (I)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la primera de las cuatro partes en las que se diviede el capítulo duodécimo.

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Azaña y la tradición jacobina

Entre las fuerzas de la revolución y las de la conservación existía una tercera fuerza, la izquierda republicana, autoproclamada progresista sin llegar al obrerismo revolucionario. Identificada con un liberalismo jacobino, opuesto al conservador, tenían su origen, como éste, en la invasión napoleónica.

El jacobinismo español aparece en 1820, con el pronunciamiento del general Riego, el cual repuso la Constitución de 1812, obligando a Fernando VII a aceptarla. Riego cobró fama en toda Europa. Hasta en la Rusia lejana —pero influyente por entonces en España—, fue saludado (no por todos, claro) el pronunciamiento, que inspiró la célebre revuelta militar de los "decembristas" en San Petersburgo, en 1825*.

*Turguénief, entusiasta de la lucha contra Napoleón ("¡Gloria a los españoles invencibles!"), anotó en su diario: "¡Por segunda vez España muestra qué es el espíritu del pueblo, qué es el amor a la patria!". Pushkin comprobó cómo en los núcleos incubadores de la rebelión decembrista circulaba la idea de que Rusia necesitaba una revolución "a la ishpaniola", y recomendaba a un amigo: "Huela tabaco español y estornude fuerte, más fuerte"(1).



Sin embargo el golpe abrió tres años convulsos, enfrentados los liberales moderados con los exaltados, y ejerciendo éstos un doble poder desde las "sociedades patrióticas", y otras secretas, semejantes a los "clubs" de la revolución francesa. El intento de imponer reformas drásticas y poco realistas, como la supresión de las órdenes religiosas, acreció la tensión. El trienio terminó con una nueva invasión francesa, la de los "Cien mil hijos de San Luis", la cual, en contraste con la napoleónica, acogió el pueblo benévolamente, o al menos sin resistencia. En un nuevo bandazo retornó el despotismo fernandino, que tampoco auguraba tiempos calmos.

El general Riego se había sublevado a la cabeza de tropas listas para marchar a América contra las rebeliones independentistas, favoreciendo a éstas. Muchos sospecharon que había actuado en connivencia con intereses británicos, a través de las logias, y por ello veían al militar como un traidor a la patria. Ello influyó en la dureza de su condena y ejecución, en 1823.

El liberalismo jacobino (exaltado, después progresista) tuvo otra oportunidad con Mendizábal ministro de Hacienda en un gobierno exaltado, nacido de un nuevo golpe militar. El ministro*, potentado gaditano, masón, vinculado a Inglaterra, realizó en 1836 una de las acciones cruciales del siglo XIX: la desamortización de bienes eclesiásticos.

*Se apellidaba Méndez (Juan Álvarez Méndez), pero cambió a Mendizábal por parecerle más sonoro.



La medida debía capitalizar extensas tierras explotadas irracionalmente desde el punto de vista del beneficio. Pero fue aplicada mediante la expropiación pura y simple, a fin de obtener recursos para la guerra contra el carlismo. El modo de realizarla ilustra un estilo por así decir descuidado, típico en el jacobinismo español. Masas de campesinos que vivían mejor o peor en las tierras eclesiásticas fueron arrojadas a los caminos y a unas ciudades capaces de acogerlas solo en calidad de mendigos o delincuentes, dada la parálisis económica. Edificios de alto valor arquitectónico o histórico quedaron en ruinas, y dispersadas o destruidas bibliotecas, registros, esculturas y pinturas, etc.*.

*Cayeron en ruinas monasterios como el de San Pedro de Arlanza, importante en la historia de Castilla. El gobierno mandó arrasar nada menos que el monasterio de La Rábida, donde se gestó el descubrimiento de América, y sustituirlo por un monolito. Sólo la desobediencia de una autoridad local salvó el edificio, de valor histórico y evocativo único.

Los grandes propietarios acapararon la mejor parte de las tierras, agravando el latifundismo y del absentismo, y no se creó una capa de pequeños y medios campesinos. La explotación de la tierra mejoró, no demasiado.

Otras etapas de hegemonía jacobina o progresista (la de Espartero (1836 ó 1840—44, el bienio progresista de 1854—6, también dominado por Espartero, o el sexenio democrático, desde 1868) resultaron asimismo experiencias faetónticas*.

*Durante el sexenio, los problemas españoles provocaron de rechazo, la guerra franco-prusiana de 1870, por la rivalidad en torno a las candidaturas al trono español, vacante tras la expulsión de Isabel II. El nuevo rey fue el neutral Amadeo de Saboya. La guerra franco-prusiana dio lugar, a su vez, a la conmoción revolucionaria de la Comuna de París.

En 1873 un Parlamento en principio monárquico implantaba la I República, como salida al vacío institucional abierto por la abdicación del rey Amadeo de Saboya. Esa I República logró, en solo once meses, poner al borde del abismo la misma subsistencia de la nación.

El liberalismo progresista o jacobino parecía, más moderno que el conservador: propugnaba la desamortización y el librecambio —aunque era muy estatista en otros terrenos—, y soberanía nacional aboliendo la del trono, mientras que los conservadores defendían una soberanía compartida por la nación y el monarca, sufragio restringido y proteccionismo económico. Algunas reformas progresistas tenían buen enfoque, sobre todo las emprendidas en el sexenio democrático bajo la inspiración inteligente del general Prim: sufragio universal, abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, libertad religiosa y de enseñanza, racionalización monetaria (la peseta), implantación del sistema métrico decimal, de estadísticas oficiales, etc. Y sin embargo una especie de fatalidad empujaba siempre al fracaso a sus gobiernos.

Bajo la Restauración, desde 1875, la posición de las fuerzas políticas cambió. Los progresistas, integrados en el régimen, se acercaron a los conservadores y quedaron a la derecha por comparación con los republicanos y no digamos los socialistas y anarquistas. Los republicanos, nacidos como corriente menor en 1849 (Partido Demócrata) y llegados al poder en 1873, no tendrían otra oportunidad hasta 58 años después, con la II República. Para aprovechar esta nueva y muy favorable ocasión, pactaron con los socialistas y, oficiosamente, con los anarquistas. En 1933 el balance de esas alianzas había sido, una vez más, desastroso, y en 1935 el horizonte estaba en verdad oscuro.

¿Por qué estas experiencias naufragaban una y otra vez? La causa más obvia parece la oposición reaccionaria. Pero esa explicación es falaz. La reacción casi nunca contrarió en serio el inicio de esas experiencias y sólo intervino contra ellas in extremis. Prieto deplorará en los republicanos "aquellos fenómenos (...) acaso incorregibles", que les impedían hacer obra de gobierno; Cambó los tilda rudamente de "perfectos botarates"; el mismo Azaña fustiga a menudo su obtusidad e inepcia (2). Su tema permanente, capaz de unir a los grupos de esa tendencia por encima de los odios, a veces feroces, que se profesaban, era la religión y la Iglesia, causas de todos los males, a su juicio*.

*Se hizo célebre la sesión de Cortes, del 26 de abril de 1869, en que la minoría republicana se empeñó en discutir el dogma budista, el musulmán y el cristiano para demostrar que lo mejor era el ateísmo o la irreligiosidad. Según ellos, se trataba de sustituir "la fe, el cielo, Dios", por "la ciencia, la tierra, el hombre"; generalmente su sustancia teórica no iba mucho más allá de estas simplezas. Cuando, después de oír largas parrafadas, el presidente de la cámara dijo que aquellas discusiones podían estar bien en una academia, pero no en el parlamento, los republicanos se retiraron muy ofendidos, invocando la libertad de expresión vulnerada. No menos famosa, en la misma línea, fue aquella decisión democrática —por votación mayoritaria— de la inexistencia de Dios, en una sesión del Ateneo de Madrid. Estos pintoresquismos tendrían cierta gracia si no se acompañaran a menudo de violencias y ultrajes mucho más serios. El mismo Azaña consideraba que la supresión de la enseñanza católica, la prohibición de toda actividad económica a las órdenes religiosas e incluso la beneficencia, eran cuestión de vida o muerte para la república.



Algo en el jacobinismo español, progresista o republicano, fomentaba el caos. Ese "algo" era, para empezar, su debilidad material. Dada la impopularidad de la revolución francesa, por las razones ya vistas, el jacobinismo sólo atrajo a reducidos sectores urbanos y a círculos militares, especialmente a través de las logias. Y nunca superó ese desarraigo mediante movimientos sindicales, cooperativistas, culturales o deportivos, como lo hicieron en otros países partidos semejantes y lo harían los nacionalistas en Cataluña y el País Vasco.

Pero esa debilidad no les impedía una audacia increíble. Progresistas y republicanos estaban prestos en todo momento a adueñarse del poder, sin atención a la probabilidad de un salto en el vacío*.

*Por ejemplo, al llegar la II República, no disponían de personas capaces para gobernadores civiles. Lo narra así Miguel Maura: "Los partidos republicanos, a través de los ministros respectivos, entregaban al de la Gobernación la lista de los miembros de cada uno de ellos que se consideraban aptos para desempeñar el cargo. Tales listas se formaban teniendo en cuenta no la capacidad cultural y temperamental del interesado, sino sus servicios a la causa, su veteranía republicana y, por descontado, su amistad con el ministro proponente". Como muestra menciona el caso de un recomendado de Álvaro de Albornoz, un madrileño castizo, sin estudios, cuyo padre era conocido por El Dantón "porque hablaba muy bien, ¿sabe usted?" Había estado en la cárcel por "arrear un leñazo a un guardia que a poco le deslomo", y pedía ser gobernador de Segovia porque un amigo suyo tenía en la ciudad una casa de bebidas "y los veranos vamos allí a pasar dos semanas y lo pasamos muy bien. Y ahora, con eso de los gobernadores, pues hablé con Álvaro de Albornoz y le dije a ver si podía ser, porque desde el cargo podría ayudar a un amigo, que quiere establecerse arriba, en la Plaza, y poner ya un café serio". Albornoz le había dicho que para el cargo necesitaba "mano izquierda y quinqué —señalando el ojo con el índice—", y de quinqué él tenía de sobra, como buen hijo del barrio de La Latina. Albornoz, al conocer sus palabras "se retorcía de risa, exclamando "¡Es magnífico ese hombre, es magnífico! (...) Esa gente es utilísima y hace republicanos con sus entusiasmos. Son como misioneros". Según Maura no se trataba de un caso aislado, ni mucho menos (3).

Apenas representativos, se decían líderes del pueblo con no menor desparpajo que los marxistas del proletariado, y no vacilaban en pactar con el terrorismo ácrata, al cual consintió la Esquerra asesinar a numerosos obreros rivales en 1931. Suponiéndose a sí mismos adalides del bienestar y el progreso humanos, sus contrarios debían encarnar la "tiranía", la "ignorancia", la "caverna", y portar las culpas por las miserias y crímenes del presente y aun del pasado: cualquier cosa resultaba preferible a la reacción, y contra ella valía cualquier medio.

De ahí también la predisposición a la violencia. La emplearon las sociedades secretas y patrióticas del trienio liberal, y durante la primera guerra carlista los liberales comenzaron las atrocidades contra sus enemigos y familias de éstos. Espartero no dudó en bombardear Barcelona para reprimir una revuelta popular, en 1842. Las matanzas de frailes y sacerdotes, las quemas de templos y otros edificios también son un legado jacobino. A principios del siglo XX, las proclamas republicanas, próximas al anarquismo, llamaban con naturalidad a una revolución "ferozmente sangrienta". Figuras como las del primer Lerroux, Ferrer Guardia o Rodrigo Soriano son por demás ilustrativas (4).

Ese estilo creó un tipo humano "comecuras", de expresión desgarrada y amenazante. No todos los republicanos encajaban en el tipo, pero el mismo se mantenía vivaz y característico en los años 30 *. Pese a haber llegado al poder gracias a las facilidades casi obsequiosas dadas por la monarquía, exhibieron enseguida un talante persecutorio e intransigente, plasmado en las famosas frases de Álvaro de Albornoz: "No más abrazos de Vergara, no más pactos de El Pardo*; no más transacciones con los enemigos inconciliables de nuestros sentimientos y de nuestras ideas" (5).

*Y hasta en los años 60 E. Tierno Galván, intelectual pro republicano y antifranquista, lo describe: "El español que yo apenas había encontrado en España, lo veía repetido en la mayor parte de los exiliados fuera del país. Tendían a dárselas de broncos, de amigos del chiste obsceno, propicios, no a los excesos eróticos, sino a la lujuria (...) El falso español yuxtapuesto, que parece que tiene como mayor satisfacción la agresión, la batalla, la palabrota, el desaire y la autoafirmación continua (...) en ocasiones rozaba la parodia." Eso, entre los de "clase media culta o relativamente culta. No, sin embargo, entre los trabajadores manuales emigrados, que mantenían la cordura y la buena crianza". M. Portela Valladares, él mismo masón y anticlerical, cuenta con desagrado esta anécdota de los primeros tiempos de la II República: "En un Consejo, el siempre almibarado Fernando de los Ríos, dijo incidentalmente que un futuro ministro técnico "era un veterinario, capaz de poner unas herraduras de plata a un Santo Cristo" "¡Qué blasfemia tan magnífica!", gritó uno de los consejeros, apretándose los ijares, y entre blasfemias cada vez más resonantes y espantosas (...) hubo de suspenderse el Consejo" (6)

*El abrazo de Vergara había permitido terminar la primera guerra carlista, y el pacto de El Pardo había articulado la alternancia pacífica en el poder durante la Restauración.

Consideraban el régimen como propiedad suya, solo por ellos gobernable. Tales actitudes aparecen con claridad en Albornoz, pero también en Azaña, Domingo, Macià, Companys, Casares, Gordón o Botella, algo menos en Martínez Barrio, etc.


NOTAS

1.- M. Alexéev, Rusia y España. Una respuesta cultural. Madrid, Castilla, 1975, p. 108, 127 y 130

2.- I. Prieto, Discursos fundamentales, Madrid, Turner, 1975, p. 185. F. Cambó, Memorias, Madrid, Alianza, 1978, p. 255

3.- M. Maura, Así cayó Alfonso XIII, Barcelona, Ariel, 1995, p. 268-9

4.- Una buena descripción en J. Álvarez Junco, El emperador del Paralelo, Madrid, Alianza, 1990

5.- C. Seco Serrano, Historia del conservadurismo español, Madrid, Temas de hoy, 2000, p. 305

6.- E. Tierno Galván, Cabos sueltos, Barcelona, Bruguera, 1981, p. 260. M. Portela, Memorias, p. 84


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