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LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL

Capítulo XII: ¿Una tercera vía? (III)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la tercera de las cuatro partes en que se divide el capítulo doce.

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Azaña y la tradición jacobina

En principio, como hemos indicado, los republicanos de izquierdas podían haber tenido un papel de centro entre revolucionarios y conservadores, pues si detestaban a éstos, tenían buenos motivos para temer a los primeros. Sin embargo su actitud, reflejada en la frase de Albornoz sobre los pactos de Vergara y de El Pardo fue desde el principio intransigente con la derecha, pese a no haber sido ella, sino los anarquistas y luego el PSOE, quienes les habían propinado los golpes más demoledores durante el primer bienio.

Y tras esos azotes por su izquierda les había llegado, en noviembre de 1933, el tremendo varapalo de los electores, reduciéndolos a una presencia testimonial en las Cortes. La Acción Republicana, de Azaña, había obtenido 5 diputados; el Partido Radical Socialista 1, y su escisión Radical-Socialista independiente, 2. La Esquerra, con 20 escaños, salía mejor parada, pero su influjo se limitaba al ámbito catalán. Pese al desastre, los republicanos jacobinos actuaron con verdadera osadía, siguiendo su tradición, y trataron de propiciar golpes de estado para impedir que gobernase el centro lerrouxista —también republicano, pero moderado—. Fallidos los intentos, presionaron sin tregua al presidente, Alcalá-Zamora para que disolviera las Cortes, y urdieron nuevos planes golpistas para desalojar del poder al gobierno legítimo.


En verano de 1934, cuando el PSOE preparaba su revolución, las izquierdas burguesas cooperaron con él en graves maniobras desestabilizadoras, de modo especial en Vasconia, donde se les sumó el derechista PNV. Apoyaron asimismo la gestación del golpe de la Esquerra en Cataluña, adonde iban republicanos de Madrid "a seguir con entusiasmo las peripecias del movimiento que se preparaba (...) a favor del extremismo nacionalista", como testimonia Amadeu Hurtado, hombre de confianza de la Generalitat (1).

En octubre del 34, la Esquerra, el grupo más extremista y violento de las izquierdas burguesas, se lanzó a la rebelión, al lado de los socialistas. Los demás jacobinos, muy beligerantes, rompieron estrepitosamente con la legalidad, y todo indica que habrían secundado la insurrección si ésta no hubiera fracasado tan pronto en Madrid y Barcelona. Extraña que respaldasen una revolución de signo socialista, pero esperaban benevolencia por parte del PSOE, y quizá una vuelta al poder, aunque fuera en posición subordinada.

La derrota de la insurrección les había obligado a dulcificar su tono y a olvidar su ruptura con las instituciones, que el gobierno de centro derecha tampoco insistió en recordarles. Pudieron entonces inclinarse hacia una tercera vía entre revolucionarios y conservadores, y tratar de apaciguar las furiosas hostilidades de la época, buscando, por ejemplo, una sintonía con el Partido Radical de Lerroux, que ya desempeñaba ese papel mejor o peor. Pero nada de eso iba a ocurrir. Por el contrario, tan pronto se repusieron del susto pasado, ayudaron a la campaña sobre al represión en Asturias, con informes, propaganda etc., acentuaron su radicalismo contra la derecha y contra Lerroux, y buscaron una alianza con el PSOE, ilusionados con la idea de volver al poder como en el primer bienio.

Una debilidad de los republicanos de izquierda en los años 30 era su escasez de líderes de talla. Azaña, que descollaba mucho sobre los demás, se veía, y no sin razones, como excepción casi única entre sus correligionarios, a quienes trata en sus escritos con indisimulable desdén. Precisamente su peripecia en 1935 sintetiza la situación política y la evolución de aquellas izquierdas, por lo que la trataremos con algún detenimiento.

Máximo protagonista del primer bienio republicano, Azaña había diseñado una estrategia para consolidar el régimen mediante una alianza entre las izquierdas burguesas y el PSOE, único partido con organización y fuerza de masas. Esa alianza, deseaba él, debía evitar "los horrores de la revolución social" y alejar indefinidamente del poder a las derechas. Su esquema había quebrado, principalmente por la subversión anarquista, y en septiembre de 1933 había tenido que abandonar el poder. Desde entonces, su estrella había declinado, y después de octubre del 34 pareció apagarse por completo.

Detenido entonces en Barcelona, había sido procesado en relación con el golpe. A su decir, el gobierno le acusaba "a sabiendas de que estoy sin culpa, (…) más aun, porque sabe que estoy sin ella", lo cual consideraba "monstruoso", "saña", "agresión a los valores del régimen", un hecho que "ha venido a desenmascarar a los judas", a gentes "incapaces de remordimiento", hacia las cuales "he agotado mi capacidad de desprecio", pese a que "me gusta ser tratado con injusticia". (2)

En su apoyo había circulado ampliamente, a pesar de la censura, un manifiesto: "Lo que contra Azaña se hace quizá no tenga precedente en nuestra historia, y si lo tiene, de fijo valdrá más no recordarlo. No se ejercita en su contra una oposición, sino una persecución. No se le critica, sino que se le denuesta, se le calumnia, se le amenaza…". Firmaban Américo Castro, Azorín, Valle-Inclán, Marañón, García Lorca y otros intelectuales de renombre, aunque no Ortega ni Unamuno. Así comenzó su resurrección política (3).


El resto de la izquierda vio también la ocasión de convertir su proceso en látigo contra el represivo gobierno. Las frases del manifiesto suenan desmesuradas, pues Azaña fue tratado con corrección, los dicterios de la prensa derechista contra él no alcanzaban la acrimonia de los habituales en la prensa de izquierdas contra sus adversarios, y finalmente su caso quedó rápidamente sobreseído, prueba de la independencia de los tribunales. Con todo, los indicios contra él distaban de ser nimios. Después de perder las elecciones, en noviembre de 1933, había caído dos veces en intentos de golpe de estado y era sabida su estrecha relación con varios jefes de la revuelta octubrina, en especial Prieto y Companys. Había descartado un gobierno de mayoría parlamentaria* en vísperas de la revuelta, y al estallar ésta, su partido había amenazado con usar "todos los medios" contra las instituciones, mientras él permanecía en Cataluña, a la que solía definir como "el baluarte de la República", base para reconquistar el poder. En fin, en la rebelión de la Esquerra participaron varios militares muy afectos a él, como Arturo Menéndez o Jesús Pérez Salas.

Para defenderse, Azaña sostuvo haber ignorado los preparativos golpistas y haber desaprobado, al conocerlas, las pretensiones de la Generalitat, por no ser él federalista ni creer en su éxito. Días antes del golpe, tras el sepelio de su ex ministro de Hacienda, Carner, había coincidido en Barcelona con dirigentes del PSOE y de la Esquerra, pero no habrían pasado de charlar de modo inconcreto, entre otras cosas "del modo más conveniente de emplear (…) la fuerza innovadora del socialismo español", aunque dicha "fuerza innovadora", como él sabía, se aplicaba por entonces a preparar la guerra civil. Después había permanecido en la Ciudad Condal como "inesperada vacación y asueto". Por consiguiente, él no formaba parte del comité revolucionario, y menos aun presidiéndolo, como le acusaban (4).

*Azaña defendió un gabinete que convocara elecciones y que debería "no sólo restablecer la legalidad, sino gobernar vigorosamente en sentido republicano antes de la elección", a fin de "precaverse para que los partidos y la opinión republicanos no se vean sometidos a la misma operación desventajosa que el año pasado". Pero el gobierno radical no había infringido la legalidad y las elecciones de 1933 habían sido gestionadas por un gobierno de concentración, incluyendo al partido del mismo Azaña. Por ello, la "operación desventajosa" de que él habla un año después resulta inverosímil (5).

Suena increíble que se debiera a simple asueto su estancia en Barcelona en jornadas tan inquietantes como aquellas. Allí tenía cerca la frontera si el golpe fracasaba, y otras posibilidades si triunfaba, y debió de considerar ambas alternativas, ya que para nadie, y menos para él era un secreto el alzamiento. Tampoco sus charlas con los jefes del PSOE y de la Esquerra pudieron ser tan vagas como dice. En el Cuaderno de la Pobleta admitirá que hablaron de la insurrección, pero que él la había desaconsejado, por inviable. Esto parece cierto, pues lo confirma Largo Caballero en sus Recuerdos (6).

Ahora bien, no siempre en aquellos meses se opuso a la intentona, pues, como ya vimos en Los orígenes de la guerra, planeó un golpe de estado en julio, durante el conflicto por la ley catalana de cultivos. Pero esto lo ignoraban sus acusadores, y él, lógicamente, se guardó mucho de mencionarlo. Tampoco recordó la declaración de su partido, ya con la insurrección en marcha, apelando a usar todos los medios contra el gobierno.

Falto de pruebas, el tribunal renunció al proceso, a finales de noviembre. La derecha, descontenta, volvió a la carga en marzo, por la venta de armas a unos conspiradores portugueses asilados en Madrid, aventurada injerencia en los asuntos del país vecino. La operación se había realizado siendo Azaña ministro de la Guerra.

La acusación naufragó de nuevo. Azaña afirmó ante las Cortes que él solo había prestado ayuda humanitaria a los exiliados. Las armas, las había adquirido con destino a Somalia el industrial Horacio Echevarrieta, amigo del entonces ministro de Obras Públicas, Prieto. El negocio lo había tramitado el Consorcio de Industrias Militares, una de cuyas tareas era precisamente la exportación* y ningún documento probaba que Azaña lo hubiera ordenado.

*Azaña señala que en su mandato "se fabricó una cantidad de material de guerra como nunca se había fabricado en nuestro país en tiempo de paz", y citaba como demostración de sus éxitos exportadores la venta de barcos de guerra a Méjico y Portugal, fusiles ametralladores a Grecia, gestiones prometedoras en la URSS y en Extremo Oriente, etc.


Fallida la venta por falta de pago, las armas habían sido reconducidas al Turquesa, para su empleo en la revuelta asturiana, pero esto último había ocurrido ya en tiempos del gobierno centrista de Samper. En conclusión, el responsable de aquella operación, fuera delictiva o no, sería… ¡Samper!. Arguyó que apenas conocía a Echevarrieta, cuya relación con su gobierno, "lejos de ser amistosa, era tirante, desagradable" (7).

Azaña se defendió, como el caso anterior, con más destreza que veracidad. Años después Prieto, exiliado en Méjico, aclaraba parte de la trama: al llegar la república, unos revolucionarios portugueses en España "pusiéronse a conspirar contra la dictadura de su país y se las arreglaron para comprar una partida de armas (...) Para este compromiso sirvióles de intermediario cierto industrial que figuró como comprador ante el Servicio de Industrias Militares, dependiente del ministerio de la Guerra. (…) Los fusiles no llegaron a poseerlos a causa de que el industrial aludido no pudo pagarlos, con lo que quedaron almacenados en Cádiz. (…) En 1934, los organizadores del movimiento revolucionario (…) entramos en negociaciones con los portugueses (…) Nos lo cedieron todo (…) Fue transferido el contrato a un francés, amigo nuestro". Y así, engañando al "cándido Gobierno", el francés y Echevarrieta, habían desviado las armas al Turquesa. (8)

NOTAS

1.- A. Hurtado, Quaranta anys d´advocat. Història del meu temps, Barcelona, Dopesa, 1976, p. 86

2.- M. Azaña, Mi rebelión en Barcelona, Madrid, Espasa Calpe, 1935, p. 13, 105

3.- R. de la Cierva, El Frente Popular. Origen y mito. Madrid, ARC, 1997, p. 34

4.- M. Azaña, Mi rebelión…, p. 90-1

5.- El sol, 3 de octubre de 1934

6.- M. Azaña, Memorias de guerra, Barcelona, Grijalbo, 1978, p. 135-7

7.- Diario de Sesiones de las Cortes, 21 de marzo de 1935

8.- I. Prieto, Convulsiones de España, I, México, Oasis, 1967, p. 109

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