Menú
LOS ORíGENES DE LA GUERRA CIVIL

Capítulo XII: ¿Una tercera vía? (y IV)

Libertad Digital sigue publicando esta semana el libro "Los orígenes de la guerra civil", tomo II: "El derrumbe de la República y del Frente Popular", de Pío Moa. En esta ocasión abordamos la cuarta y última parte del capítulo duodécimo.

0
Azaña y la tradición jacobina

Por supuesto, Azaña estaba implicado, como Prieto. Sus diarios prueban su ayuda más que humanitaria a los exiliados, y su interés en el caso. El 25 de julio de 1931 escribía: "Hoy me anuncian que la revolución en Portugal será mañana. La noticia viene de parte de Corteçao, que le ha dicho a Guzmán cuán agradecido me está". Corteçao era uno de los jefes portugueses, y el mejicano Guzmán un agente de Azaña para tareas confidenciales. El 5 de agosto, aplazada la intentona portuguesa, anota: "Voy a casa de Guzmán (…). Le explico cuánto me interesa saber dónde para el material" Y más adelante: "Corteçao (…) tiene grandes miras respecto de su país y España (…) Dice que la decadencia del poder inglés favorecería la verdadera libertad de Portugal, que ha sido desde hace un siglo un protectorado británico. Inglaterra, fiel a su política tradicional, ayuda a mantener la división peninsular, y ha favorecido a la dictadura portuguesa. Establecida la República en España, las dos democracias se entenderían fácilmente (…) Poco a poco los dos países podrían llegar a una unidad política, por lo menos, a cierta unidad política. Hay que contrarrestar muchos prejuicios seculares (…) Como yo abundo en las opiniones y planes de Corteçao, sonríe satisfecho".

El 31 de octubre de 1931 anotaba: "En casa de Guzmán, Corteçao y Moure Pinto (…) Me dan cuenta de sus conversaciones con H. E. (Horacio Echevarrieta). Les había ofrecido dos millones a cambio de que el Gobierno revolucionario respetase el contrato para la construcción de una escuadra, que don H. gestiona con el Gobierno actual. La mayor parte quedaría en poder de E. para la compra de material. Últimamente H. E. aplaza la conclusión del convenio; dice que está apurado de dinero (…) Me propongo hablar con E. para ver si puedo animarlo. Que este asunto se me lograse, colmaría todas mis ambiciones, y ya podría decir que había hecho un servicio a España". El 19 de noviembre apunta una conversación con Echevarrieta sobre un trasbordo de armas en alta mar.

Estas y otras anotaciones prueban que Azaña tenía planes de envergadura hacia Portugal, y que facilitó armas en varias ocasiones, aunque siempre se cubrió las espaldas. En noviembre de 1931, Ramón Franco, hermano del futuro dictador, y el diputado jabalí Balbontín, que habían participado en los tratos, amagaron un chantaje para lograr la libertad de presos anarquistas, amenazando en otro caso con destapar el asunto. Azaña parecía seguro, y anota el día 3: "Casares estaba muy preocupado, temiendo que el documento lo hubiera firmado yo. Le tranquilizo en absoluto. Yo no he firmado nada, ni ordenado nada. Todo pasó en una conversación con Ramón Franco".*

*Hubo al menos tres suministros de armas, expone el investigador Hipólito de la Torre. El 26 de agosto de 1931 los revolucionarios intentaron apoderarse de Lisboa, asaltando varios cuarteles y bombardeando el Cuartel General con dos aviones, cuyas bombas debieron de provenir de España. Entre las víctimas, señaló en 1934 la oposición en el Parlamento, hubo varios niños. Ramón Franco organizó esta primera entrega de armas. "El gobernador de Murcia, enterado del paso de las bombas, quiso detenerlas, y se le dijo que salían por orden del ministro de la Guerra para un movimiento revolucionario en Portugal" explica Azaña. Una nueva entrega, retenida al principio en Copenhague por el gobierno danés, llegó a los portugueses con apoyo de Prieto y de Echevarrieta. Parte de ellas serviría en la insurrección de octubre de 1934, en Madrid. Otro cargamento fue comprado en condiciones extraordinarias (sin aval) al Consorcio de Industrias Militares, pero los portugueses no pudieron pagarlo ni Echevarrieta prestarles el dinero. Azaña buscó un arreglo por medio de Juan March: "El asunto de los portugueses ya no puede hacerse por mediación de E. (Echevarrieta), y pienso que quizás este otro (March) se prestaría a servirlos (…) Quienes resultarían gananciosos serían la República y España". Los apuros económicos de los conspiradores cortaron el trato, y sería ese lote el que terminase en el barco Turquesa. Las sospechas de Lisboa enrarecieron las relaciones diplomáticas. De trocarse las sospechas en datos, se hubiera producido una crisis muy seria. De todos modos la conspiración, corroída por personalismos y malicias, tenía pocas posibilidades. Cortesao, Moura Pinto y otros eran conocidos en la oposición lusa como "el grupo de los budas", y atacados como presuntamente corruptos y despilfarradores. El iberismo de Azaña y otros preocupaba en Portugal, cuyo gobierno, para contrarrestarlas, estrechó sus lazos con Londres. El embajador en Madrid informaba a su ministro: "El catalán Macià dice que España no existe, y que en su lugar debe constituirse una federación de nacionalidades ibéricas (Portugal, Cataluña, Galicia, Vasconia y Castilla)". Y comentaba: "Siendo cierto que para Portugal no existe peligro federalista (…) conviene no contrariar, sino, antes al contrario, auxiliar si fuera posible, toda corriente de opinión que tal vez se produzca a favor de esa concepción del Estado español opuesta a (su) unidad nacional" (1)



Con instinto político, Azaña supo sacar provecho de la sañuda e infame persecución que decía sufrir, si bien la facilidad y prontitud con que esquivó sus procesamientos vuelve un tanto excesiva su indignación, y atestigua de paso la permanencia de la legalidad democrática, contra lo que él da a entender constantemente. Su libro Mi rebelión en Barcelona, donde fustigaba sin piedad al gobierno, fue muy leído y le ganó amplia adhesión popular como víctima de una injusticia. Para dar cauce a esta cálida reacción, organizó tres mítines multitudinarios; el primero en Valencia, el 26 de mayo, el segundo en Baracaldo, el 14 de julio, y el tercero en Madrid, el 20 de octubre. Los tres se convirtieron en actos unitarios de izquierda. Olvidando rencillas, socialistas y comunistas llamaron a la gente a asistir a ellos "para manifestar su odio al fascismo", como decía el PCE. Masas del público saludaban con el puño cerrado, contrariando a los azañistas, que preferían los pañuelos blancos (2).

Azaña se explayaba en sus agravios, sin olvidar "otras injusticias, otras iniquidades, otras persecuciones mucho más graves y terribles, que están demandando vindicación". Que el gobierno hubiera usado "la propia fuerza material y física contra los perseverantes y casi únicos defensores del régimen, es una monstruosidad que estaba reservado a nosotros contemplar". Etc. Excusaba así a los insurrectos, para quienes no tuvo la menor censura. Al revés, todos resultaban auténticos republicanos y, por tanto, los únicos legitimados para gobernar: "La República es de los republicanos (…) ¿Es que pedisteis permiso al ministerio de la Gobernación para proclamar la República? (…) ¿Qué os impide hoy, mañana, cuando sea (…) realizar una manifestación semejante, aun más fuerte y seguramente victoriosa?" (3)

La derecha y el centro eran la antirrepública, sin derecho al poder: "Nos encontramos padeciendo (…) una política que ostenta para gobernar un título falso, porque procede de una mixtificación electoral del año 1933". "Todo el Estado español actualmente es una conjuración antirrepublicana". "Toda Europa hoy es un campo de batalla entre la democracia y sus enemigos, y España no se exceptúa". La república quedaba acaparada por la izquierda —que acababa de asaltarla— y excluida de ella no sólo la derecha sino el mismo Partido Radical, el único republicano de larga data. En suma, solo había una república posible: la suya. Y su victoria "no puede ser un triunfo capitulado ni pactado; tiene que ser un triunfo total (…) con todos los enemigos delante". Estos propósitos volvían sumamente azarosa, si es que no imposible, la convivencia en el seno del régimen (4).

Pese a que los propios mítines probaban que el gobierno había mantenido legales a los partidos rebeldes, Azaña clamaba: "¿Es que los republicanos seguimos siendo tratados como españoles? Porque se nos trata como a un país enemigo, y en estas condiciones todavía se nos habla de conciliación y de convivencia, todavía hay gentes que físicamente o de un modo simbólico tienen la pretensión de alargarnos la mano (ovación). No, después de lo que aquí ha ocurrido, el pueblo republicano tiene derecho a una estricta justicia". O bien "Tolerancia (…) ¿en torno a qué? ¿Sobre miles de presos y de muertos?", como si la insurrección la hubiese organizado el centro derecha. Actitud reminiscente del rechazo socialista a las propuestas de concordia hechas por la CEDA a principios de 1934 (5).

Para encender a sus auditorios, el orador no rehuía tópicos fomentadores del extremismo, como el de la "muchedumbre del pueblo español reducido al hambre y a comer hierbas del campo y cortezas de los árboles". Pero desde la salida de Azaña del poder el hambre y la miseria no habían, ciertamente, aumentado. Incluso habían disminuido ligeramente* (6).

*Pese a frases tan inequívocas, bastantes historiadores califican de "moderada" la posición de Azaña por entonces. Debe de ser un concepto no habitual de la moderación.

No obstante él veía claro, y más desde octubre, las contraindicaciones de una insurrección: "La política del mal mayor conduce a la ruina" "Si creéis que el exceso de las persecuciones, la brutalidad del sistema gobernante, el hambre de los trabajadores, la miseria, la dislocación de los intereses, van a suscitar (…) un movimiento revolucionario, estáis equivocados". Propugnaba en cambio una coalición, un "frente electoral", que remediase la derrota izquierdista en las elecciones de 1933, causadas por su propia "imprudencia y aturdimiento". Quería una victoria arrolladora, y por eso rehusaba apoyar la reforma de la ley electoral vigente, que favorecía desproporcionadamente a las mayorías, aunque éstas lo fueran por escasos votos. La reforma, pedida por la CEDA, atraía también a republicanos, que, dolidos de la experiencia de 1933, temían que la ley les volviese a perjudicar. Azaña, por el contrario, les recordaba el apabullante triunfo izquierdista de 1931, repetible a su juicio en los próximos comicios (7).

En realidad la renuncia a la violencia no podía entenderse como concordia, sino como un modo, legal solo en la fachada, de excluir de la vida política al centro-derecha, a la antirrepública. El proyecto había de soliviantar por fuerza a una derecha renuente ante un régimen por el que se sentía rechazada.

Azaña comprendía que la campaña antirrepresiva y la que él mismo impulsaba, creaban un clima emocional de muy alta graduación, pero creía poder dominarlo: "Nosotros vemos el torrente popular que se nos viene encima, y a mí no me da miedo el torrente popular ni temo que nos arrolle; la cuestión es saber dirigirlo, y para eso nunca nos han de faltar hombres; (…) mi obligación más neta (…) es no permitir que esa enorme fuerza popular se extravíe" (8). Su optimismo no partía, sin embargo, de ningún estudio de la situación política o de la actitud de aquellos partidos obreristas con quienes no tendría más remedio que aliarse. Sin duda pensaba meter en cintura, desde el gobierno, a los más díscolos de sus aliados. La experiencia del primer bienio, cuando la díscola CNT le hundió, debió de haberle hecho reflexionar, pero no hay indicio de ello en sus escritos. Y la confianza en que "no le faltarían hombres" contradecía las observaciones de sus diarios, según las cuales si algo faltaba al republicanismo eran hombres "que supieran hacer bien las cosas". Pero tal vez ahora apareciesen.



Al margen de esos problemas, el hombre del primer bienio tuvo entonces su gran momento. Casas Viejas y luego las elecciones de 1933 le habían dejado políticamente malherido, y luego la rebelión de octubre pareció el tiro de gracia para su carrera. Y he aquí que, milagrosamente, el tiro de gracia resultaba el bálsamo de Fierabrás. Eran sus enemigos los que debían echarse a temblar y era él quien concentraba en su verbo la energía unitaria de la izquierda, dispuesto a administrarla como Zeus su rayo.

Desde los moderados a los comunistas, pasando por la Esquerra y la mayor parte de los socialistas, todos clamaban por la unidad frente al centro derecha, frente al "fascismo". Los mismos republicanos parecían haber superado su tradicional disgregación, al haberse unido tres de sus partidos en el de Izquierda Republicana, capitaneado por Azaña, y otros dos en el de Unión Republicana, de Martínez Barrio y Gordón Ordás; los dos nuevos partidos coincidían, a su vez en la táctica a seguir. Claro que, aun así, el peso de las izquierdas republicanas seguía siendo liviano sin el concurso del PSOE.



Y a atraerse a los socialistas se dedicó Izquierda Republicana durante 1935, requiriéndolos a una nueva alianza por intereses comunes, similar a la del primer bienio, aunque ahora el gobierno que eventualmente saliera de esa alianza debería ser íntegramente burgués. El PSOE tendría la misión de apoyarlo desde fuera y encauzar el "torrente popular" por vías reformistas. A causa de los presos reinaba en el PSOE una opinión favorable al entendimiento y el mismo el mismo Largo, como ya vimos, terminó por admitir un programa burgués y sin pretender gobernar. Podría estimarse esta sorprendente concesión como producto del escarmiento de octubre, pero la realidad demostraría algo distinto. El contacto privilegiado de Azaña fue Prieto, y las negociaciones iban a cuajar en la liga electoral de izquierdas conocida en la historia como Frente Popular.

Por lo que se ve, el republicanismo jacobino distaba de representar en aquellos momentos una alternativa intermedia entre revolucionarios y conservadores sino que unía su suerte a los primeros. Lo hacía, sin duda, no con intención de secundarlos, sino de dirigirlos, como en alguna medida había ocurrido durante el primer bienio. ¿Pero quién se impondría a quién en la arriesgada alianza? El proyecto azañista tenía ante sí dos escollos formidables: el republicanismo de izquierdas era muy débil desde cualquier punto de vista, mientras que los revolucionarios eran muy fuertes. Y desde el hundimiento de la conjunción republicano-socialista, dos años atrás, había cambiado decisivamente el panorama político: el sector principal del PSOE había abandonado toda moderación, el PCE se configuraba como una verdadera fuerza, el poderío anarquista persistía, la derecha disponía de una potente organización con gran arrastre de masas, y en el ambiente general dominaba la exasperación y el odio creados por la campaña sobre la represión en Asturias. Estos factores amenazaban hacer del Frente Popular en ciernes algo profundamente distinto de la vieja conjunción republicano-socialista.

Pero estos factores, que en la distancia parecen obvios, quizá no eran percibidos entonces con claridad por los jacobinos. En todo caso éstos apenas los tuvieron en cuenta al hacer sus cálculos. Su preocupación esencial giraba en torno a otro problema: si querían volver al poder, y todo indica que lo deseaban con auténtica ansia, debían auparse sobre el voto obrerista. Y así lo hicieron, sin reparar demasiado en riesgos. Ellos consideraban que era la única manera de conseguir una república "progresista", única que aceptaban, frente a las asechanzas de la derecha. En la derecha los miraban más bien como a los kerenskis españoles.

NOTAS

1. M. Azaña, Memorias políticas, p. 130-1, 386.

H. de la Torre, La relación peninsular en la antecámara de la guerra civil de España, 1931-1936, Mérida, UNED, s. f. p. 149 y 27 y ss.

2.- El liberal, Bilbao, 11 de junio de 1935

3.- M. Azaña, Discursos en campo abierto, Madrid, 1936, p. 142

4.- Ibid., p. 105, 159, 142-3

5.- Ibid., p 108-9, 198, 238, 241

6.- Ibid. P. 227-8

7.- Ibid., p. 179, 133

8.- Ibid., p. 240

CAPITULO ANTERIOR CAPITULO SIGUIENTE
0
comentarios

Servicios