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RECURSOS DE INTERNET

Condenados a aprender

Las aplicaciones técnicas en Internet se encuentran en constante evolución y los usuarios que se resisten al aprendizaje continuo quedarán relegados de cualquier tipo de ventaja competitiva.

José Hermida
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La gente suele quejarse de la baja calidad de los sistemas electrónicos de traducción. Y de su precio. Lo más probable es que se conseguirá un sistema de traducción impecable cuando las bases de datos adjuntas (sentencias, giros y palabras) puedan albergar una masa crítica de información y no sólo un simple volcado de palabras de un idioma a otro, pero se suele percibir por lo menos un tono de frustración, si no de impaciencia, cuando los usuarios comprueban que un texto en otro idioma es volcado al suyo se encuentra repleto de errores.

Por ejemplo, la frase “Si no puede llevarte la prensa mañana, lo hará pasado” volcada al inglés en un traductor en línea normal corriente, devuelve la traducción: “If the press cannot llevarte tomorrow, it will make it last”; si a continuación procedemos a volcar de nuevo al español el resultado, la traducción se convierte en: “Si no puede la prensa llevarte mañana, le hará el último”; un nuevo ciclo español-inglés-español devuelve: “Si no puede el llevarte la prensa mañana, a él hará pasado el uno”. Lo peor es cuando se procede a la traducción de las frases, no entre dos idiomas, sino a través de varias lenguas; los resultados pueden llegar a ser hilarantes, pero cuando se trata de entenderse con alguien a quien quieres vender un equipamiento para bobinas de inducción, o cualquier otro elemento más o menos técnico, la cosa pasa de ser cómica a resultar peligrosa: en vez de las bobinas, te puedes encontrar con que te han enviado a tu empresa un camión repleto de ovejas, un cargamento de sillones chippendale o cualquier otra cosa absurda.

Hay muchas quejas más que justificadas respecto al funcionamiento de los recursos de Internet, pero no siempre puede echarse la culpa a los técnicos, sino a la impericia de nosotros, los usuarios. Por ejemplo, el actual desarrollo de videoconferencia en Internet para los negocios, basado en la generalizada demanda de este recurso, ha suscitado campañas de promoción en las que participan vendedores en línea, como por ejemplo, www.focus.com en donde, si lo deseas, unos atentos ejecutivos te ayudan de forma muy solícita la utilización del sistema. Desgraciadamente, los ejecutivos sólo hablan en inglés, para empezar a hablar con ellos hay que activar inicialmente algunos botones esenciales (que no encuentras por ninguna parte pese a estar delante de tus narices) y tú nunca acabas de entender por qué demonios él te ve, pero tú no y tú le oyes pero él no te oye a ti o cualquier otra cosa por el estilo. Es en ese momento en que el usuario pronuncia la frase: “¡menuda chapuza!”, y lo curioso es que no hay tal chapuza, sino que la mejora de las herramientas de comunicación, por sí mismas, generan un escenario de incomunicación en el que sólo pueden desenvolverse los chicos más aplicados.

La decepción ante las ventajas aportadas por la tecnología constituye una situación nueva en nuestra sociedad. La Revolución Industrial aportó, ante todo, asombro: una máquina capaz de hacer esto, una máquina capaz de hacer lo otro, y la gente se quedaba pasmada. Los primeros usuarios de la estilográfica, de la máquina de escribir o del fax, se sintieron agradecidos en la medida en que fueron capaces de percibir la mejora que acababa de introducirse en sus vidas, y probablemente es la misma sensación que casi todos obtuvimos cuando comenzamos a utilizar los primeros y rudimentarios sistemas de correo electrónico.

Pero ahora nos hemos vuelto extremadamente exigentes y nuestra impaciencia no conoce límites. Incluso es corriente ver que muchas personas tuercen el gesto cuando comentan negativamente los efectos especiales de algunas películas de alto presupuesto (unos efectos especiales que habrían dejado con la boca abierta a todo el mundo tan sólo diez años atrás) o bien cuando Windows falla en exceso para nuestro gusto, que las utilidades de Excel resultan inalcanzables para el común de los mortales o que, en la mayoría de las ocasiones, “Internet es demasiado lento”.

Hace diez años criticábamos el pasado, hace cinco comenzamos a criticar el presente y ahora nos dedicamos a criticar el futuro. En términos relativos, contamos ahora con menos información para la supervivencia que la que podría tener un pastor persa hace dos mil quinientos años; por lo menos el pastor persa podía predecir con una antelación de dos días si caería una helada o no y nosotros ni siquiera sabemos interpretar la explícita información del mapa meteorológico que insertan en sus páginas la mayoría de los periódicos (por no hablar de nuestra incapacidad para predecir la forma en la que nuestro jefe se las arreglará para cambiar el orden del día de la reunión a la que nos ha convocado en tono dramático).

En lo que concierne al futuro, no lo percibimos más que como una sombra, pero una sombra, por supuesto, de algo que no existe todavía, lo que ya lo convierte en algo oscuro por definición. Deberíamos asumir con entereza que ya han pasado los tiempos en que un adulto podía dejar de aprender y que con las habilidades adquiridas a lo largo de su vida, podía ganarse la restante con cierta soltura. No nos queda más opción que dejar de criticar al futuro y empezar a negociar con él. Eso significa más horas de trabajo, capacidad para luchar contra las frustraciones propias de todo aprendizaje y disponer de una batería de argumentos convincentes para explicar a nuestros hijos por qué esta noche tampoco jugamos una partida de Risk.

Lo más probable es que tengamos que llegar a un arreglo no sólo con el futuro, sino con nosotros mismos. Nos guste o nos deje de gustar, nos hemos metido en un jardín de mil senderos que sólo resultan transitables a través de un continuo aprendizaje, porque los técnicos se ganan sus sueldos a base de inventar más y más recursos, y los accionistas les pagan precisamente para que hagan eso. Si nos quedamos atrás, nos pasará lo de aquella persona que envío una carta a una compañía de software diciendo: “El posavasos del ordenador funcionó bien las primeras veces, pero ya está estropeado. Sus ordenadores son un desastre”. Y se refería a la unidad del CD de la máquina.
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