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EXPOSICIONES

Corot en el Thyssen

La Fundación Thyssen-Bornemisza acaba de presentar, dentro de la serie de pequeñas exposiciones que denomina “Contextos de la colección permanente” una selección de obras que pretenden enriquecer la visión de una de las obras de su colección: “El Parque de los leones en Port-Marly” del pintor francés Camille Corot (París, 1796—1875).

Pablo Jimenez
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Corot está considerado como uno de los padres del impresionismo y uno de los pintores más singulares de esos momentos de cambios y transformaciones que tan profundamente marcan al siglo XIX en su afán de abrirse a la modernidad. Corot fue admirado de Baudelaire, el primer crítico de arte y uno de los referentes obligados a la hora de hablar de una estética moderna, calificó a su obra de “milagro del corazón y de la inteligencia”.

La importancia de su pintura está en su interés por el trabajo directo sobre la naturaleza y su concepto, que sería tan apreciado por los impresionistas, de que la luz es la fuente de toda vida. A esto hay que añadir su absoluta falta de prejuicios sobre el arte del pasado y su idea de una pintura moderna espontánea y casi natural.

Uno de los hechos más significativos de la vida de Corot es que durante su primera estancia en Italia (entre 1825 y 1829) no vio una sola obra ni de Miguel Ángel ni de Rafael, lo que habla bien de su absoluta indiferencia hacia el arte del pasado. Por ello se explica que Millet dijera de él: “Por fin la pintura encontrada de manera espontánea”.

Ello también explica que no se le pueda adscribir a ninguna escuela o tendencia concreta, sino que exija un lugar particular en la génesis de los nuevos comportamientos artísticos y en particular en su forma de explorar unas nuevas relaciones fundamentales en el mundo moderno y que todavía se encuentran en las preocupaciones de numerosos artistas y en la justificación de muchas exposiciones colectivas: las del hombre y la naturaleza.

Heredero del siglo XVIII y, en particular, de la pintura de Watteau del que conserva la minuciosidad de la pincelada, heredero, también del clasicismo, por la sobriedad de sus composiciones, sin embargo se adivina en sus obras un lirismo que sabe imponerse a las escenas heroicas o dramáticas. Y si es realista por la veracidad de sus paisajes y de sus retratos, tampoco se puede ser indiferente a su propensión al sueño y a lo misterioso.

Mientas que sus compañeros de la época, como los pintores de la famosa escuela de Barbizon, buscaban en el paisaje una cierta trascendencia a veces incluso filosófica, tal fue el caso de Rousseau, Corot pintó una naturaleza serena y sencilla dotándola, con su ingenuidad, de más intensidad que inteligencia. Y aquí, seguramente, radica su importancia como antecedente de los impresionistas que también supieron enfrentarse a la naturaleza sin ideas preconcebidas y sin intentar trascenderla en modo alguno.

A pesar de todo ello y de la importancia que se le concede hoy en día como uno de los genios de la pintura del siglo XIX y ejemplo de independencia y de modernidad, Corot no tuvo seguidores directos. Hombre muy reservado —Delacroix quedó para siempre desconcertado por su candidez, lo que no afectó a su gran admiración—, su doctrina se resumió a pequeños consejos y a ejemplificaciones sencillas que dirigió a pintores modestos, grandes amigos y a veces casi plagiarios.

Sus grandes cuadros son todavía paisajes en los que se desarrollan escenas bíblicas o mitológicas, aunque, al final de su carrera encontremos ya numerosos paisajes ya más modernos en los que la ausencia de figuras o la presencia de personajes contemporáneos confieren a su pintura una naturalidad mucho más próxima al gusto moderno.

Este es el caso del cuadro que pertenece a la colección Thyssen-Bornemisza y que es motivo de esta exposición que se compone de siete cuadros del propio Corot, un paisaje de su discípulo mecenas y amigo, el financiero de origen portugués Georges Rodríguez-Henriques (1830-1885) y otro titulado “Port-Marly inundado” de Alfred Sisley, perteneciente también a la colección Thyssen-Bornemisza.

La historia que justifica la exposición es que en 1872 Georges Rodríguez-Henriques invita a pasar diez días a su maestro y amigo Corot a su inmensa finca en Port-Marly, conocida como El parque de los Leones. Durante esos dos días, maestro y discípulo se dedican a pinta al aire libre. Lo importante de esos cuadros es que, en ellos, Corot introduce casi por primera vez la figura humana tomada del natural, algo que será más frecuente a partir justamente de ese año. Por ello el comisario de la exposición, el especialista Ronald Pickvance, a premiarnos con la incorporación de un delicioso antecedente: “Monsieur Pivot a caballo en el bosque de Ville-d’Avray” (1853), un apunte en el que es fácil encontrar al Corot más delicioso y preciosista, más clásico y libre, y que es una joya que por sí misma justificaría la exposición.

En el mismo momento de su estancia los impresionistas y, en particular Sisley, estaban pintando también en Port-Marly, lo que justifica la inclusión de un cuadro de éste último en esta pequeña pero exquisita exposición.
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