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DRAGONES Y MAZMORRAS

Cuando se acaba un siglo

No cabe duda de que el siglo se ha acabado, pero todo sigue igual. Aún no se ha producido (al menos nosotros no nos hemos dado cuenta) el acontecimiento que sirva para separar la frontera entre el siglo XX y el XXI. Algunos aseguran que ya se produjo hace tiempo pero si lo dicen por la revolución tecnológica resultaría que el XX es el siglo más corto de la historia porque mira que llevamos años “revolucionados”. Tampoco se ha escrito la obra que caracterice ese tránsito, ya que la literatura es síntoma, no causa. Desde luego nunca ha sido un acontecimiento literario el que ha separado un siglo de otro por la sencilla razón de que escribimos a través del tiempo, por mucho que eso irrite a los sociólogos y a los pedagogos.

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A propósito de los pedagogos recuerdo que Julio Caro Baroja los detestaba. En más de una ocasión algunos de sus tertulianos (me refiero a las tertulias de verdad, las que tenían lugar en un café al caer la tarde, antes, en el XX, aunque era una reminiscencia del XIX; luego han sido sustituidas por las presentaciones de libros) le oímos decir con aquella manera suya de hablar, algo desabrochada (como la prosa de su tío, por cierto): “¡esto de los pedagogos raya en la pederastia!”. Es lo que pensaría, seguro, si pudiera ver como se ceban ahora los pedagogos con la infancia y le intentan arrebatar el escalofrío de terror, tan confortable cuando se está en una habitación bien caldeada, que producen los cuentos de brujas y de magos; y en sus palabras pensé yo ante la reciente persecución de determinados personajes de ficción como Harry Potter o Winnie the Pooh, con independencia del juicio que me merezca su valía artística.

Claro que Rafael Sánchez Ferlosio -con quien también compartí tertulia durante los setenta y que asimismo detestaba a los pedagogos- sostenía que Walt Disney era el mayor pervertidor de menores porque ¡antopomorfizaba a los animales! Nada irritaba más al hiperrealista autor de El Jarama que ver a un corzo hablando y llorando. Yo no soy una entusiasta de Disney (un pelín cursi) pero de pequeña disfruté como una enana con sus películas y me consta que les ocurre lo mismo a las sucesivas generaciones. La utopía progre era muy contraria a la fantasía y eso basta para comprender lo importante que es para el espíritu nutrirlo con hermosas patrañas que le rediman de la prosaica realidad, sublimándola. Los progres, como asueto, preferían la ciencia ficción a la literatura fantástica o de terror: les parecía más didáctica.

No les faltaba razón porque la CF, al partir de hechos incomprensibles que se proyectan al futuro para darles verosimilitud, no hace sino retratar el presente mejorándolo o empeorándolo según la ideología o las obsesiones personales del autor. Por ejemplo, la novela de Arhur C.Clarke, 2001, una Odisea del espacio, escrita durante los años sesenta, expresa la importancia de lo que se conocía en la época como “carrera espacial” y que ahora forma parte del paisaje. Tampoco conviene olvidar (aunque no sea exactamente un libro de ciencia ficción) que la pesadilla que describe Orwell en su novela 1984 es un trasunto de lo que estaba sucediendo en la Unión Soviética en1948, año en el que se publicó la obra.

A propósito de la literatura de anticipación del XIX y su vocación científica, hay una anécdota muy divertida sobre la rivalidad entre Jules Verne y H. G. Wells. Verne, que era francés, luego cartesiano, se escandalizaba mucho con lo que escribía Wells, que era inglés, luego más fantasioso, y decía indignado: “¡Mais il invente!, que en español queda mucho peor pero lo traduzco para que no me tachen de esnob: “¡Pero es que inventa!”.
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