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DRAGONES Y MAZMORRAS

De Garcilaso a los novísimos

La muerte del poeta José García Nieto no ha sorprendido a nadie: llevaba enfermo demasiados años. Su última aparición en público, cuando recibió el premio Cervantes en 1996 dejó clara constancia de su estado. Era un dolor ver a quien fuera todo un galán, derrotado y mudo en aquella silla de ruedas. Las autoridades culturales no deberían esperar tanto cuando quieren honrar a un notable. ¿O da igual? La verdad es que nunca he llegado a comprender muy bien cuál es exactamente el criterio de selección de candidatos (otra cosa es el funcionamiento del Jurado) pero está claro que deben de entrar en consideración muchos factores que no siempre se reflejan coherentemente en el resultado.

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Tengo entendido que siendo ministro de CulturaJorge Semprún se barajaron en una ocasión nombres «cervantinables» (¿por qué no habría de decirse tal palabro? ¿no dicen los franceses «nobelables» para referirse a los candidatos al Nobel?); salió a relucir el de Rosa Chacel que fue rápidamente descartada, según me contaron por «demasiado vieja». Lo más asombroso es que se lo dieron a Dulce María Loynaz que era más o menos de la misma edad y cuyo pésimo estado de salud le impidió venir a recoger su premio a España.

Pero volviendo a García Nieto, para mí su muerte estaba ya perfectamente asumida y bien que lo sentí. No es que me uniera a él una gran amistad pero nunca compartí la aversión que sentían por él los literatos de mi generación, que es la de los inefables años sesenta. Los poetas de la revista «Garcilaso» no estaban muy bien vistos: demasiados correctos, preciosistas y oficialistas; para entendernos, demasiado cercanos al régimen. Lo de menos era la calidad de sus irreprochables sonetos, que por supuesto nadie leía. Es cierto que García Nieto tenía mucha presencia por aquel entonces, que recibía premios y diríga revistas, también oficiales, como Poesía española y Mundo Hispánico del Instituto de Cultura Hispánica, hoy Instituto de Cooperación Iberoamericana. Fue precisamente ahí donde le conocí, a mediados de los años sesenta, así como a Francisco Umbral, a quien García Nieto protegía y daba trabajo por aquel entonces. Yo también trabajaba temporalmente en el Instituto, en Cuadernos Hispanoamericanos, protegida a mi vez por Félix Grande y José Antonio Maravall.

Todos hemos cambiado mucho desde entonces, Grande, Umbral, servidora, pero José García Nieto tenía ya labrada, para bien y para mal, su reputación literaria de poeta consagrado. A pesar de que por influencia de mi entorno, y de mi ideología, yo me sentía ahí como «en territorio enemigo», me sorprendió gratamente observar que García Nieto y los poetas que, como Gastón Baquero, frecuentaban su redacción, hablaban de literatura, hablaban de poesía, y se sabían de memoria sonetos enteros de los clásicos, lujo que no se podían permitir mis amigos, demasiados atentos a no caer en un «esteticismo decadente» que les apartara de su verdadero objetivo: derrocar a Franco para conseguir una sociedad verdaderamente libre en la que se pudiera hablar de literatura y de poesía sin mala conciencia. Esa es la razón de que nunca fuera «política»: a pesar de desear también el fin de la dictadura, jamás comprendí por qué había que dar tantas vueltas para llegar a lo mismo.

Cuando saqué mi primer libro de poemas, García Nieto me dedicó una página entera, elogiosa y atenta, en el suplemento cultural de ABC. Le llamé para darle las gracias y aludí a la época de Cultura Hispánica; caí entonces en la cuenta de que él no me recordaba en absoluto, no sólo porque hubieran pasado casi veinte años, sino porque yo en aquella época era todavía una jovencita silente, y tal vez por ello, bastante más reverente y admirativa que ahora.

Es tal mi actual irreverencia que me estoy frotando las manos de placer anticipado pensando en lo bien que me lo voy a pasar leyendo la nueva edición de Nueve novísimos poetas españoles de José María Castelletque cuando apareció, en 1970 causó una auténtica conmoción en el medio poético. La novedad no está en los poetas, aunque para algunos será una revelación enterarse de que Manuel Vázquez Montalbán poeta uno de ellos, si no en el apéndice que lo acompaña (y justifica): dieciocho textos, entre cartas y la recepción crítica del libro

En la larga entrevista que le hacen en ABC CULTURAL, José María Castellet dice cosas muy interesantes la «pesadilla estética» (se refiere al realismo socialista) de la que se suponía que despertaban los poetas antifranquistas, hasta entonces tan sordos a Garcilaso como al mundo moderno. También cuenta que las propuestas de los autores venían casi todas de Gimferrer , al que José Miguel Ullán llamó «Celia Gámez de la novísima poesía» en un artículo que se reproduce en el Apéndice.

No andaba muy descaminado Ullán, si tenemos en cuenta que Gimferrer se nos descuelga ahora con una novela erótica, titulada La calle de la guardia prusiana. La tenía guardada desde 1969, que es cuando la escribió, mientras hacía el servicio militar. «El Cultural» de «El Mundo» que publica un adelanto nos dice: «Declarado inútil poco después de jurar bandera (Me pregunto qué relación guarda con el asunto), terminó la novela y aunque gentes como Octavio Paz o Aleixandre la leyeron, resultó imposible su publicación». No se pierdan el siguiente fragmento:

«Todos somos alguna vez aquel niño que se escapó de noche al amparo de la penumbra —por los pasillos y la galería cubierta— y corría, porque Beatriz quizá le había visto (en aquel cuarto de los estropajos, y se apretaba, la cabeza entre sus muslos, contra aquel vello denso, mojado y pegajoso como la cabellera de la Gorgona, con el inconfundible olor acre del pubis femenino no tan distinto del olor húmedo de las bayetas que llenaba aquella habitación cerrada)».

Esta novela fue su adiós a las letras castellanas porque después decidió dedicarse por entero a la poesía en catalán. Excelente opción que le ha llevado directamente a la Real Academia Española.
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