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AL MICROSCOPIO

De qué se va a hablar en 2001

Año nuevo, vista al pasado. Por estas fechas suele ser muy nombrado en la comunidad científica el informe que tradicionalmente publica la revista Science haciendo repaso de los descubrimientos científicos más importantes del año y avanzando las líneas de interés a las que habrá que estar pendiente durante los próximos 365 días. Como era de esperar, el primer puesto en la lista de acontecimientos del año 2000 lo ocupan los genes.

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El genoma es el código que porta la antorcha de la vida y las pasa de una generación a otra cual atleta olímpico. Así sucede con todos los organismos del planeta, desde las lechugas a los leones pasando por las bacterias que nos producen una molesta tos. En realidad, es un alfabeto mágico que compone palabras que tienen que ver con el color de los ojos, el crecimiento de los músculos, el sabor a alcachofa, la capacidad de volar o la aparición de un cáncer mortal. Pero, además de todo eso, el año 2000 nos ha enseñado que el genoma es una empresa multimillonaria. Desde la secuencia completa del genoma de los seres humanos hasta el hallazgo de un gen en una planta común con propiedades terapéuticas, todo el conocimiento de la nueva biología molecular es mensurable en cantidades de información, en datos trasladables a miles de millones de soportes informáticos, distribuibles por Internet, intercambiables y, por supuesto, sobre los que es posible aplicar una tarifa. Una ingente maquinaria comercial ha puesto sus ojos en la patente, distribución, utilización y comercialización del contenido último de nuestra dignidad natural: el ADN.

Puede que no se trate del un descubrimiento (más bien es una variable económica), pero la gestión de nuestro patrimonio genético es, sin duda, el acontecimiento científico de 2000 y, posiblemente, de todo el siglo XX. Si Gregor Mendel levantara la cabeza se encontraría a su ciencia convertida en lo que hoy llamamos genómica, un compendio de conocimientos matemáticos, informáticos, biológicos y físicos puestos en marcha para traducir el libro íntimo de la vida. El año se despide con la esperanza de que los que poseen la tecnología suficiente para leer ese libro compartan sus conocimientos con el resto de la humanidad. Así al menos lo han declarado las empresas que, como Celera, proponen distribuir públicamente los resultados de sus trabajos en el descifrado del código del ADN humano. Pero el legítimo negocio de la investigación científica privada tendrá que encontrar sus cauces de desarrollo en la comercialización de los productos derivados de tal conocimiento. Si la presión de los estamentos públicos consiguió en su día evitar que el ADN de los hombres pudiera ser objeto de intercambio mercantil, la presión del mercado exige que las empresas que han invertido miles de millones en tan digno fin pueden encontrar vías para hacer rentable su aventura.

Parece pues que 2001 nace con la vocación de regalarnos la segunda parte de la fiebre genómica: una segunda parte que probablemente consistirá en el goteo de noticias sobre nuevas aplicaciones biomédicas, nuevos fármacos, nuevos biochips, nuevas terapias derivadas de la lectura uno por uno de todos nuestros genes.

Pero hay otras noticias a las que habrá que estar atentos. Por ejemplo, a la lucha contra las enfermedades infecciosas. En 2000, la Casa Blanca, la Unión Europea y el grupo G-8 anunciaron multimillonarias iniciativas para combatir la malaria, la tuberculosis o el sida. Esperemos que 2001 sea testigo de los primeros resultados.

Otro aspecto a tener en cuenta será el auge de las ciencias del mar. Con las nuevas técnicas de teledetección por satélite será posible vigilar el estado de los océanos con mucha mayor precisión. Las temperaturas del agua, la evolución del fitopláncton, y las variaciones en las corrientes arrojaran luz sobre fenómenos como El Niño.

Por último, merecerá la pena estar atentos al RHIC, Relativistic Heavy Ion Collider, el laboratorio de Nueva York donde se intenta imitar cómo era el cosmos sólo 10 microsegundos después del Big Bang. Cuando los átomos de oro colisionen en su interior se calentarán hasta convertirse en un plasma de quarks y gluones similares a los que dieron origen a toda la materia del universo.

Como descubrimiento, acercarse a los principios del espacio y el tiempo, jugar a saber qué siente un Dios creador de mundos, tiene mucho más morbo que secuenciar el genoma humano. Pero será difícil encontrarle una aplicación comercial. Así que estoy por apostar que no merecerá muchas portadas de diarios nacionales. Y si no, al tiempo.
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