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MEDICINA Y SALUD

Del cerdo para el hombre

Del cerdo se aprovecha todo. Hasta ahora, este dicho popular solamente tenía sentido cuando se hablaba en términos gastronómicos, pero desde hace bien poco también se podría aplicar a la medicina. Es sabido que desde hace 30 años, este artiodáctilo proporciona al hombre sus válvulas cardiacas, y su insulina ha controlado el azúcar sanguíneo de los diabéticos. La sangre del marrano lo mismo puede servir para hacer una sabrosa morcilla burgalesa que para ser transfundida a un enfermo en estado crítico. Al menos, esto es lo que asegura haber hecho el cardiólogo Dhaniram Baruah, de Londres, a uno de sus pacientes. Hace aproximadamente un mes, el doctor Buruah inyectó un cuarto de litro de sangre de cerdo a Hussan Ali, un paciente de 22 años que padecía una anemia severa. Obviamente, el líquido rojo porcino había seguido un tratamiento especial para evitar la reacción de rechazo que indefectiblemente desencadenaría el sistema inmunológico del receptor humano.

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La transfusión experimental fue realizada en un momento de desesperación, ya que Ali, que padecía una enfermedad que no ha sido revelada, no respondía a ningún tratamiento convencional y su vida peligraba. Al cabo de cuatro semanas, este paciente no sólo ha experimentado una notable mejoría, sino que ha sido dado de alta y ha abandonado el hospital. Los últimos análisis sanguíneos confirman que Ali tiene células no humanas circulando en su torrente sanguíneo. Los pormenores del tratamiento al que fue sometida la sangre no ha sido revelado por este polémico doctor, que hace unos años creó un tremendo revuelo en la India, al llevar a cabo el primer trasplante de corazón-pulmón de cerdo a humano. El receptor murió una semana más tarde. Básicamente, la clave del hallazgo se encuentra en un agente antígeno-supresor, molécula que es necesaria para prevenir al organismo del rechazo causado por el tejido extraño.

En declaraciones a la prensa, el doctor Buruah aclara que su silencio se debe a que pretende patentar en breve su descubrimiento. No obstante, se ha adelantado a vaticinar que su método para prevenir en el hombre el rechazo de los tejidos animales sería una solución a la carencia de sangre que sufren constantemente algunos hospitales para llevar a cabo las intervenciones quirúrgicas, sobre todo en los países más pobres, donde escasean los donantes. Además, asegura que la sangre de cerdo encontraría aplicaciones útiles en el tratamiento del sida, la hemofilia y otras enfermedades sanguíneas. "Pienso que la misma técnica podría utilizarse para hacer compatibles para la donación las células de la médula ósea cedidas por diferentes donantes. Esto supondrá un gran avance en el tratamiento de la leucemia", ha confesado este doctor.

De confirmarse la eficacia del tratamiento inmunosupresor desarrollado por este investigador, su aplicación en el trasplante de órganos tampoco podría descartarse. El doctor Buruah es uno de los acérrimos defensores de los xenotrasplantes, es decir, el trasplante de órganos y tejidos de animales al hombre. La actual cirugía de trasplantes se encuentra ante un desequilibrio preocupante entre la demanda y la oferta de órganos. En cuanto a lo primero, los cirujanos e inmunólogos han adquirido tal maestría en materia de recambio de órganos que, en los países desarrollados, ha despertado las esperanzas en un número cada vez mayor de pacientes cuya supervivencia depende de una donación. Ahora bien, la oferta es limitada: los expertos estiman que el número de donaciones nunca crecerá hasta equilibrar la balanza, y suplir las necesidades actuales y futuras. Incluso en países con una tasa alta de donaciones, como es el caso de España, cientos de personas mueren mientras esperan el órgano salvador.

Así pues, se puede hablar de una escasez de órganos a nivel mundial. De ahí la idea de obtener del mundo animal los corazones, riñones, pulmones, páncreas e hígados que tanto faltan. Por diferentes razones, los científicos han puesto su mirada en un animal que los chinos acertaron en domesticar hace 9.000 años, el cerdo. Pero antes de proseguir, hay que decir que los xenotrasplantes atraviesan por su peor momento. De hecho, los creadores de la oveja Dolly, del Instituto Roslin, han decidido cesar las investigaciones en este campo, debido a los grandes problemas científicos y éticos que plantea.

La idea de trasplantar células, tejidos y órganos entre especies distintas no es de hoy. Ya en el siglo XVIII, algunos médicos intentaron curar a pacientes que habían perdido la vista implantándoles córneas de perro o gato. La operación estaba abocada al fracaso: las córneas se enturbiaban y producían graves infecciones. Durante los siglos siguientes, los cirujanos de trasplantes fueron vistos como auténticos frankensteins: los injertos que llevaban a cabo entre diferentes especies eran vistos más como un divertimento científico que como una experimentación con visos de prosperar. A pesar de ser unos desconocedores de la inmunología del rechazo de un trasplante, los científicos se percataron de que los alotrasplantes, es decir, el trasplante de órganos procedentes de un individuo de la misma especie que el receptor, tenían mayores posibilidades de supervivencia que los xenotrasplantes.

Los años sesenta fueron un punto de inflexión para la ciencia de los trasplantes. La aparición en el mercado de los inmunosupresores -sustancias capaces de amortiguar el rechazo inmunológico- hizo que los alotrasplantes experimentaran unos progresos vertiginosos. El gran milagro ocurrió el 3 de
diciembre de 1967. Este día, el cirujano sudafricano Christian Bernard, de El Cabo, realizó con éxito el primer trasplante de corazón. Desde entonces, el reemplazo de órganos se fue convirtiendo en una rutina médica en muchos hospitales de todo el mundo. Los éxitos quirúrgicos se vieron impulsados aun más en los años ochenta, coincidiendo con la aparición de un nuevo inmunosupresor. Nos referimos a la ciclosporina. Ésta aseguraba una supervivencia del trasplantado de un 80 a un 90 por ciento, según el órgano sustituido.

La ciclosporina y otros fármacos de acción similar también abrían las puertas de par en par a los xenotrasplantes. Para sus partidarios, esta técnica permitiría a los trasplantados superar el terrible trauma psicológico de tener que vivir sabiendo que habían salido del túnel de la muerte gracias a la muerte de otro ser humano. También argumentaban que los órganos procedentes de animales hacían posible una mejor planificación de la cirugía, pues generalmente el trasplante supone una carrera contra reloj desde que se encuentra el donante hasta que el órgano u órganos se colocan en el receptor.

Ahora bien, a pesar de que se realice en las condiciones más favorables, el trasplante es una operación muy delicada, ya se efectúe en individuos de la misma especie o entre especies dispares. En cualquier cirugía de implantes siempre planea sobre la cabeza del enfermo el peligro del rechazo. Es por ello por lo que los trasplantados se ven en la obligación de seguir un tratamiento inmunosupresor a lo largo de la vida. Con un sistema de defensas aletargado por la medicación, estos pacientes inmunodeprimidos son más vulnerables a las infecciones y a sufrir ciertos tipos de cáncer. En el caso del alotrasplante, el escollo que supone el rechazo puede amortiguarse asegurando la mayor compatibilidad entre el donante y el receptor en cuanto a sus características tisulares. Para ello, los científicos recurren a lo que se denomina complejo mayor de histocompatibilidad o HLA, un grupo de proteínas presentes en la superficie de las células que en el trasplante son objeto de reacciones de rechazo iniciadas por los anticuerpos del receptor. Los biólogos las denominan antígenos HLA. Pero esta compatibilidad no asegura el éxito final: casi el 10 por 100 de los tejidos trasplantados acaban, tarde o temprano, en un rechazo llamado crónico.

Conocedores de este handicap, los defensores de los xenotrasplantes postularon que era necesario que donantes y receptores pertenecieran a lo que viene a llamarse especies concordantes, es decir, que evolutivamente estén muy próximas. Es por ello que los investigadores centraron la atención en los primates superiores, como el chimpancé, el gorila y el babuino, como fuente de órganos para el hombre. Pero enseguida se dieron cuenta de que el empleo de nuestros primos filogenéticos para este fin guardaba más desventajas que beneficios. Aparte de la protesta generalizada y en ocasiones violenta de las asociaciones de defensa de los animales, existía una barrera difícilmente superable: el riesgo de que los primates transmitieran a los trasplantados enfermedades víricas desconocidas. Fue entonces cuando algunos pusieron la mirada en el cerdo, un animal parecido al ser humano por su fisiología y su anatomía. Además, a diferencia de los primates, el cerdo tiene camadas numerosas y las crías alcanzan el tamaño adecuado para convertirse en donantes potenciales a los seis meses de vida.

Pero las experiencias con cerdos como donantes habían sido hasta la fecha un desastre. En 1906, Mathieu Jaboulay trasplantó en el pliegue del codo de una enferma afectada por una insuficiencia renal un riñón de cerdo sacrificado minutos antes de la intervención. Unas horas más tarde, los vasos del órgano
implantado empezaron a quedar obstruidos por coágulos de sangre y toda la víscera sufrió una violenta inflamación. El riñón ennegreció rápidamente y quedó obstruido. Este fatal proceso se conoce como rechazo sobreagudo y aparece cuando se realizan implantes entre especies muy dispares.

Para sortear esta reacción indeseable, que se pensaba que era del todo infranqueable, los científicos echaron mano de la ingeniería genética. El objetivo: manipular los genes del cerdo para, según el argot científico, humanizarlo. ¿Pero cómo? Los inmunólogos sabían que en el rechazo sobreagudo entraban en escena dos actores principales. Uno de ellos son los anticuerpos del receptor que reconocen como extrañas las llamadas células endoteliales, que tapizan los vasos del órgano trasplantado. Estos anticuerpos xenoreactivos se unen a la superficie de las células del endotelio reconocidas como invasoras. Cuando esto sucede, entra en escena el segundo actor, que no es otro que el sistema de complemento. Éste está constituido por una legión de enzimas que tiene la función de barrer del organismo los agentes considerados extraños. Por decirlo de una forma ilustrativa, los enzimas fabrican una especie de espada proteica que perfora la membrana de las células endoteliales.

A principios de los años 90, los biólogos descubrieron que el blanco de los anticuerpos del receptor era un antígeno presente en la superficie de las células endoteliales del cerdo conocido como alfa-gal. Éste se halla formando parte de la estructura de diferentes proteínas en todos los mamíferos, salvo en los primates. Con estos conocimientos, los genetistas se pusieron manos a la obra. Sus investigaciones se centraron en dos grandes objetivos: obtener cerdos cuyo endotelio no fuera reconocido como extraño por la sangre humana y producir cochinillos que produjesen alfa-gal en concentraciones tan bajas que pasasen desapercibidas por los sistemas de vigilancia inmunológicos. Para conseguir el primer objetivo, la clave estaba en obtener cerdos manipulados genéticamente cuyas células endoteliales produjeran, por ejemplo, una o varias moléculas inhibidoras del sistema de complemento. La mayor parte de nuestras células llevan en su superficie este tipo de supresores, como son las proteínas CD55 y CD59.

De este modo, la compañía norteamericana Alexion Pharmaceuticals ha conseguido cerdos humanizados que poseen el gen humano responsable de la síntesis de CD59, mientras que la sociedad británica Imutran dispone de animales que fabrican la CD55, también conocida como DAF. Experimentos de xenotrasplantes de órganos de estos cerdos en simios han sido satisfactorios: los órganos transgénicos sobreviven más tiempo que los que no están humanizados. Ahora bien, los resultados no son suficientes para saltar a la experimentación en humanos. El segundo reto, la supresión o disminución del antígeno alfa-gal de la superficie de las células porcinas, no resulta fácil y son muchos los laboratorios que investigan en esta línea sin haber cosechado hasta la fecha resultados alentadores.

Sin embargo, como ya se ha mencionado, el trasplante de riñones, corazones u otros órganos de cerdos humanizados se da de bruces con la posible transmisión de virus, en concreto retrovirus (virus de ARN), al receptor. Esto hace que los xenotrasplantes entren en una vía muerta de la que salir resultará casi un milagro.
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