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VENEZUELA Y SUIZA

Del infierno al paraíso

Salvo por intermedio de la literatura fantástica, o la relectura de la Divina Comedia, pocos podríamos tener una experiencia que se aproxime aunque sea un poco a lo que le ocurriera a Dante. Por supuesto que hay experiencias en la vida que se acercan a ello, sobre todo cuando ciertas personas pueden superar una situación trágica y recuperar la paz y la tranquilidad. Otras similares son las que se observan cuando osados individuos abandonan, o son capaces de dejar, lugares donde son claramente oprimidos y sus derechos más elementales violados, para alcanzar la libertad que puede gozarse en otros ambientes. Todas estas circunstancias, desde la de quien es salvado de un incendio hasta la del que puede escapar de la Alemania nazi o Kosovo, se aproximan al relato dantesco de traslado del infierno al paraíso.

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Con menor intensidad, por supuesto, una invitación para visitar a Venezuela y a Suiza, me hizo asociar esa experiencia de la misma forma. Días antes, el presidente Chávez había amenazado con expulsar a los extranjeros que se atrevieran a criticar a su gobierno. Por supuesto que esto era presentado como un mensaje para aquellos que criticaran al “país”, es decir, a Venezuela, pero el gobernante interpreta que toda referencia negativa a su gobierno es exactamente lo mismo que una crítica al país, su historia, sus tradiciones.

Lo que uno no deja de observar rápidamente al visitar Venezuela es la omnipresencia de la figura de Chávez, quien dedica varias horas semanales a copar todas las pantallas de televisión por medio de las nefastas “cadenas”, opinando sobre todo tema que se pase por su cabeza, criticando a sus críticos en los medios o simplemente conversando con su mujer o su hija. Recordando aquella famosa frase “El Estado soy yo”, el presidente venezolano la recrea actuando como si Venezuela fuera él.

Avión de por medio uno tiene la oportunidad de llegar a Suiza y el contraste no puede ser mayor: en este dichoso país pocos saben el nombre del presidente. Un amigo argentino que allí vive comenta que desde hace años ha visto en la televisión una sola vez a quien entonces era el presidente, quien simplemente comunicaba la muerte de uno de los integrantes del consejo formado por quienes se rotan para ejercer ese cargo.

Y la diferencia entre uno u otro país no se refiere solamente a la libertad de expresión o a la presencia abusiva del gobernante: esa diferencia de poder determina, por supuesto, condiciones económicas distintas que impactan en el nivel de vida de la población. Es decir, no es solamente vivir más tranquilo, es eso y además satisfacer mayor cantidad de necesidades.

¿Acaso para esto último hace falta un gobernante con extremo poder y con abrumadora presencia en la vida pública?

Pues veamos una breve historia de Suiza. El cantón de Zug, cerca de la ciudad de Zurcí vivió durante siglos en una clara pobreza, pero en 1946 sus habitantes decidieron convertirlo en un “paraíso” para las inversiones y los negocios. Hoy ese cantón con 97.800 habitantes registra un ingreso anual promedio de 40.000 dólares por persona y el desempleo es una palabra desconocida.

¿Cómo lo lograron? Pues la tasa máxima del impuesto a las ganancias de las empresas es de 17,8% comparado con el 25% en el resto de Suiza, 18% en Liechtenstein y 39% en los Estados Unidos. Se puede registrar una nueva empresa con mínimos trámites.

Claro, ofrece, además, la estabilidad que brindan 500 años de democracia, o por lo menos, ningún trastorno político mayor desde 1848. Y en esos 500 años, probablemente ninguno de nosotros podrá citar un solo gobernante de ese país. La verdad es que el paraíso está mucho más cerca de Zug que de Caracas.

© AIPE

Martín Krause es corresponsal en Buenos Aires de la agencia de prensa AIPE.
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