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CHILE

Dolarización: estabilidad y crecimiento

La dolarización es una opción de interés para Chile porque facilitaría el comercio y el proceso ahorro-inversión. Desaparecería el riesgo cambiario y operaríamos con intereses como los norteamericanos. Los costos de cambiarse de moneda serían nulos y se sinceraría una situación objetiva, como es que alrededor del 80% de nuestro intercambio es en dólares. Los descalces de moneda de los balances de empresas, personas, bancos y gobierno se terminarían, así como las crisis de balanza de pagos.

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El costo del crédito menor incentivaría la inversión y tendríamos más crecimiento. Nunca más escucharíamos hablar de crisis de pagos internacionales ni del problema del dólar. La inflación pasaría a la historia, y tendríamos la misma que Estados Unidos. Seguiríamos el ciclo de ese país -igual que siempre- y su política monetaria. Esto algunos lo encuentran terrible, pero no puede ser peor que nuestro vergonzoso comportamiento monetario pasado. Ahora que estamos más civilizados, ya se nos olvidó la pobre conducta que hemos tenido desde la aparición de la banca central a mediados de los 20. Antes tuvimos problemas, pero no como los de los pasados 70 años. La estabilidad de precios y de cambios no está garantizada con gobiernos gastadores y dirigistas y da mucha más tranquilidad un patrón dólar u otra modalidad de tipo de cambio fijo y creíble que obligue al equilibrio fiscal y a flexibilizar los mercados de capital y del trabajo. La indexación y las medievales rigideces laborales han sido, en buena medida, el resultado de la inflación y el desorden económico, y su eliminación se hace más fácil si se enfrenta una paridad fija.

México y Canadá estudian usar el dólar estadounidense, y ya hay unos cinco países latinos con tablas de convertibilidad o dolarización. Es posible que ingresemos al Nafta. ¿Vamos a ser los últimos en estudiar el tema porque nuestros economistas tienen nostalgias nacionalistas o miran por debajo del hombro la conducción monetaria de Estados Unidos? ¿No ven cómo los europeos renuncian a tener moneda y se meten en una especie de patrón oro? ¿Será porque se quieren fabricar recesiones o porque les gusta sufrir ajustándose? Es, simplemente, porque se facilita el intercambio, se reducen las presiones inflacionarias y fiscales y, con esto, se logra más estabilidad y desarrollo.

El experimento de 30 años de tipos de cambio libre no ha tenido los resultados esperados. Un trabajo de K. Schuler, editado en Londres en 1996, muestra que la banca central ha sido muy costosa para los países en desarrollo. El estudio, que cubre la experiencia de 155 países desde 1950 a 1993, señala que "los regímenes de tipo de cambio flotante han logrado un más bajo crecimiento económico, inflación más alta, mayores controles cambiarios y, en general, un peor resultado económico". Otro estudio de Shosh, Gulde y Wolf, del FMI, publicado en 1998, concluye que se han obtenido mejores resultados en los países con regímenes de tipo de cambio fijo. El trabajo se basa en más de dos mil 386 observaciones de 100 países para el período 1970 a 1996, y sostiene que "quizás lo más sorprendente es que los mejores resultados de inflación están acompañados de un más alto crecimiento del producto". Otra monografía, escrita en 1999 para el BID por R. Hausmann y otros tres economistas, "valida las ideas previas sobre América Latina de que los regímenes de tipo de cambio fijo son, generalmente, mucho mejores que los de tipo de cambio flotante". Estos no han permitido una política monetaria más independiente y han producido tasas de interés reales más altas, sistemas financieros más pequeños, más arreglos salariales indexados, más inflación y crecimiento del producto menor.

Al tipo de cambio fijo se le imputa un sesgo recesivo que no tiene fundamento. Las crisis y ciclos nunca llegaron a tener la abundancia y profundidad de los del siglo XX, simplemente porque antes había patrón oro y no existían los bancos centrales creadores de dinero sin costo y manipuladores de la paridad cambiaria. La profundidad de la Gran Recesión de 1929 se debió a errores de política monetaria y fiscal; es decir, al Banco Central y al gobierno, y no a la modalidad cambiaria. Las depresiones son, generalmente, fenómenos reales, de verdad, al igual que los ajustes. Los precios mundiales del petróleo y del cobre no se hacen subir con la política cambiaria chilena. El ingreso cayó alrededor de 13% en 1975 porque el precio del petróleo se cuadruplicó y el del cobre cayó a la mitad. A comienzos de los 80 se duplicó el precio del petróleo, el cobre cayó con violencia y la tasa de interés real en dólares pasó de casi cero a cerca de 10%. Obviamente el producto chileno no cayó por el tipo de cambio fijo. En el primer semestre de 1982, la economía chilena ya estaba ajustada: la balanza comercial equilibrada y la inflación negativa frente a una norteamericana de 10%. Cuando se devaluó, flotó y se aumentó con fuerza el crédito interno por el Banco Central, el dólar se disparó, y quebraron los deudores, los conglomerados y los bancos. Es lo que ocurriría en Argentina si abandonara el tipo de cambio fijo.

El ingreso cayó no por la hechicería del dólar, sino por el deterioro de los términos de intercambio, los mayores intereses y sus efectos indirectos. ¿Cómo se evitan estas pérdidas reales con la política cambiaria? Si alguien lo descubriera, le darían el Nobel. Se lo dan, en cambio, a Robert Mundell, que es partidario de las paridades fijas y de una moneda mundial para preparar el camino al patrón oro.

© AIPE

Alvaro Bardón es profesor de economía, Universidad Finis Terrae de Chile. Fue presidente del Banco Central.
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