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CRóNICAS COSMOPOLITAS

El asesinato del autor

El siete de agosto de 2000, no a las cinco en punto de la tarde, más bien hacía las tres, buscando un libro en mi desordenada biblioteca, se me cayó otro entre manos, no el que buscaba, que no viene a cuento, sino “La hora del lector”, de José María Castellet, que ya había leído hace cuarenta años. Lo que me llamó la atención, como si se tratara de un cuento de Bioy Casares, autor que admiro y del que precisamente estaba leyendo algunos de sus cuentos fantásticos, es que no recordaba en absoluto que el ejemplar en mi posesión desde hace tanto tiempo llevara la dedicatoria siguiente escrita en francés: “Pour Monique Lange, avex toute l’amitié de José María.Barcelona. 16.IV.57”. La extrañeza proviene del hecho de que yo apenas conocí a Monique Lange, hablé con ella cinco o seis veces, a lo sumo, siempre estuvo amable y sonriente, pero jamás me hubiera prestado un libro a ella dedicado. La explicación más probable es que fuera Juan Goytisolo quién me prestó dicho libro, dedicado a su mujer. Para convencerme del genio de Castellet, probablemente.

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He hojeado de nuevo “La hora del lector”, que ya no me gustó entonces y que ahora me parece de aquelarre. Es posible que el propio Castellet hoy no esté de acuerdo con lo que escribía entonces, no sé ni me importa porque mi objetivo no es analizar la ausencia de pensamiento del maestro sino dar una muestra de la pobreza de la crítica literaria anti-franquista en tiempos de la dictadura. El azar me ha procurado este ejemplo, pero desgraciadamente abundan, y no sólo en relación con la crítica literaria. Escribe Castellet, páginas 16 y 17 de su libro, publicado por Seix y Barral, cosas así: “En realidad, el punto de vista narrativo del autor provenía de su conciencia de ser superior, de creador absoluto que hacía lo que se le antojaba o lo que le daba la real gana (el subrayado es de Castellet) con sus personajes, sin perder nunca el sentido de su propia personalidad, ni el mando de su nave literaria, a la que guiaba directamente y seguramente hacía su destino. La consecuencia era una literatura analítica que respondía perfectamente a una concepción burguesa de la vida. Si la burguesía, intelectualmente, “puede ser definida por el empleo que hace del espíritu de análisis” (este encomillado se parece a una cita de Sartre), el novelista del siglo pasado se nos parece hoy como coherentemente vinculado a su época y utilizando los recursos metódicos intelectuales que ésta le ofrecía, en todos sus aspectos. Ahora bien, cien años después, el mundo burgués se ha resquebrajado totalmente y estamos asistiendo a su agonía —bastante lenta a causa de las energías que el enfermo opone a su destrucción— y a su progresiva sustitución por un nuevo orden de cosas. Y no nos es preciso acercarnos a la historia o a la sociología para comprobarlo.

Las cosas están claras, no se trata de la muerte física del autor, se trata de impedirle que escriba lo que le da la real gana, con frases que se quisieran sesudas, intelectuales, lo que defiende Castellet es una censura superior, histórica, de clase, o sea totalitaria. Y eso en tiempos de la censura franquista, cuando el sentido común y las exigencias de la creación artística hubieran debido plantear la libertad absoluta. “La literatura le pide hoy (al escritor) responsabilidad social y le exige comprometerse con su sociedad y con su tiempo”. (pag, 101). El autor libre, individualista, y la burguesía (nunca más flamante), condenados a desaparecer por Castellet para dar paso a “un nuevo orden de cosas”. Estamos en 1957, aún bajo el franquismo pues, y no se puede, así como así, explicar que ese nuevo orden de cosas es el comunismo. También para protegerse de la censura y para dar cierto peso literario a su delirio totalitario, Castellet protege su texto con citas de famosos novelistas y críticos. Lo curioso del caso, y hoy me resulta patético, es que para defender una concepción que él considera marxista, de literatura “sin” autor, Castellet utiliza citas de escritores acusados de formalistas por todos los críticos marxistas de ayer y hoy. Salvo Jean-Paul Sartre, que también cita, o en todo caso el Sartre de después de su conversión al compañerismo pro comunista, que puede fecharse exactamente: 1950, inicio de la Guerra de Corea. Si en las citas reproducidas en este libro, y en otros textos de su “¿Qué es la literatura?”, Sartre dice bastantes sandeces, en mi opinión (y en contra de la de Mario Vargas Llosa pongamos) en torno al carácter analítico de la literatura burguesa, que habría que condenar, no exige evidentemente la muerte del autor, sino del autor “ burgués”. Y esto es así sólo en algunos de sus textos, en contradicción con otros, porque si se reflexiona dos segundos, al elogiar con entusiasmo a varios escritores norteamericanos estaba elogiado a autores “burgueses”, según sus propios criterios. También es cierto que esto lo escribió sobre todo antes de 1950. Después, llegó incluso a proclamar que, teniendo en cuenta que había gente que padecía hambre en África, era indecente escribir novelas. Como si no escribir novelas hubiera jamás dado de comer a alguien, como si los africanos que leen novelas, por ejemplo, no fueran millones (y esperemos que sean más mañana) no exigieran ante todo que fueran buenas. Los criterios para definir esto, tanto en África como en Puerta de Hierro, tanto para Sartre como para Castellet —o para mí— son totalmente subjetivos.

También cita a Alain Robbe-Grillet, novelista y teórico sectario de la “nueva novela”, y a Claude-Edmonde Magny, ensayista, y yo me pregunto por qué, citando a franceses, no ha citado a Georges Ribemont-Desaignes, que escribió cosas interesantes sobre la “objetividad” de la novela norteamericana precisamente. Resulta que estos escritores y otros eran todos formalistas, comentaban un estilo, y jamás, al revés, han anunciado o exigido “la muerte del autor” o su sometimiento al espíritu de partido. Basándose, esencial pero no únicamente, en la literatura norteamericana de esta mitad del siglo pasado, literatura calificada a veces de “objetiva”, otras de “cinematográfica”, lo que se analiza y comenta es una forma de narrar considerada más rápida, más eficaz, más moderna, y jamás una literatura sin autor, o con autor sometido a otras exigencias que no fueran de su libre albedrío. Daré un ejemplo sencillo: muchas veces, la novela decimonónica, ampliamente representada también en el siglo pasado, tildada por algunos de psicológica o analítica, consagraba páginas y páginas a amplias descripciones de paisajes, ciudades, calles, pisos, muebles y cuadros, etc, o sea a los decorados de la acción, pero asimismo a una descripción, también detallada, de los personajes, no sólo física, sino también su condición social, sus virtudes y defectos (enseguida sabemos si son avaros o generosos, tímidos emprendedores), incluso cuando sus acciones contradicen su retrato, el autor explica por qué o deja, adrede, la duda pendiente, la sombra la incertidumbre. No hay, ni puede haber, una sola interpretación claramente definida a las acciones aparentemente incoherentes de Nastasia, la magnífica Nastasia, en “El Idiota” de Dostoieviski, aunque cada uno sea propenso a pensar que sólo hay una explicación, la suya, claro. Pese a la condena inquisitorial de Castellet, el autor se toma efectivamente por un “demiurgo”, o en todo caso por el autor, el que inventa, imagina, relata lo que le da la gana, y ¡a Dios gracias! Esto ha existido siempre, aunque hayan evolucionado las formas, las técnicas de narrar, desde los siglos de los siglos hasta hoy, tratándose de literatura de verdad y no de textos de encargo para el Comité Central, escritos por funcionarios. Incluso en esos tristes casos, tan frecuentes a lo largo de la historia de las censuras, y más aún con la historia de la censura política del siglo pasado y pese a su obligada y oportuna autocensura, el autor intenta poner algo suyo, por poco que fuera, inscribir pese a todo su sello, algo de su personalidad, aunque fingiera negar el individuo, en nombre de la clase, y acatara la moraleja obligatoria. Pero hablando de una literatura sin censura, o sin censura totalitaria, incluso con ciertos tabúes eróticos o políticos, que pueden franquearse ¿qué diferencia fundamental, teórica, filosófica, qué diferencia, que no sea formal, puede haber entre dos situaciones que resumiré esquemáticamente?: En la literatura tradicional, digamos decimonónica, pero también anterior y posterior, el lector se enteraba de que la protagonista era tímida o atrevida, rubia con los ojos negros o morena de ojos verdes porque así la describía el autor, en cambio, en la literatura “objetiva”, o moderna, se enteraba de lo mismo porque un personaje decía: “Me encantan tus cabellos rubios —o morenos—”, sin descripción, o apenas, del autor. Y tímida o atrevida, etc, según como reaccionaba a los acontecimientos. De todas formas es el autor quien decide si es rubia o no, y asimismo decide cómo contarlo, que lo diga de forma “descriptiva”. Y es también el autor, sometido o rebelde a todas las influencias, quien decide lo que narra. El color del cabello, o los muebles del salón, claro, son lo de menos, aunque puedan ser torpes o magníficamente descritos, también decide si su personaje va a suicidarse o a matar, si siendo, por lo general, bueno y generoso, es capaz o no, de acciones de una crueldad inaudita. Como José María Castellet.

(continuará)
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