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ECONOMOFOBIA INTELECTUAL

El caso Peces-Barba

La mayoría de los intelectuales cree que el interés personal y el afán de lucro son como una especie de disolventes de todo lazo social entre los individuos, porque creen asimismo que el interés personal necesariamente ha de oponerse al interés colectivo. Creen que si un individuo mejora su condición personal es a costa del bienestar de otro porque desconocen cómo se crea la riqueza. También desconocen el concepto y la posibilidad del orden espontáneo basado en los intercambios voluntarios, posibilidad que ya entreveían los escolásticos de Salamanca, Hume, Mandeville y Adam Smith, y cuya formulación más sistemática está en Hayek.

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O, conociéndolo, se niegan a admitirlo, porque en su fuero interno les causa pavor la idea de que la sociedad carezca de otro fin colectivo que no sea el de la posibilidad de mejorar las condiciones personales a través de la cooperación pacífica y voluntaria, y que esto pueda hacerse sin necesidad de coacción ni de someterse al control directo de políticos, filósofos, druidas o chamanes. Hayek, en La fatal arrogancia, achacaba este temor a la impronta tribal y gregaria presente en el subconsciente humano, a ese temor al desarraigo, a no estar integrado en un grupo en el que las pautas de comportamiento social no estén perfectamente definidas hasta en sus más nimios detalles; en definitiva, al temor e inseguridad que produce "la sociedad abierta" en oposición a la seguridad y homogeneidad de la vida en la tribu.

Por eso maldicen y calumnian el capitalismo y el mercado, centrándose en los aspectos negativos, que la mayoría de las veces han sido provocados por las intervenciones y regulaciones de los gobiernos, basadas precisamente en sus ideas y sugerencias. Es una lástima que haya que contar en estas filas a D. Gregorio Peces Barba, ponente constitucional, ex-presidente del Congreso y catedrático de Filosofía del Derecho, que siempre ha hecho gala de moderación y sensatez, y que hasta parecía políticamente descolorido o neutro. En el ABC del lunes se lió la manta a la cabeza y enhebró una antológica serie de disparates que atentan, no ya contra los más elementales principios de la Economía, sino contra el más pedestre sentido común.

Se queja el Sr. Peces-Barba de la pérdida de protagonismo del Derecho en favor de la Economía, lo que, según él, provoca males como la amoralización progresiva de la sociedad, el egoísmo, la insolidaridad, la "superioridad incontrolada del lucro", la "terrible lacra de la corrupción", la delincuencia juvenil, adicción a Internet, "fiebre consumista"; sin olvidarse del tópico de que los países ricos deben "casi exclusivamente" su riqueza a "la explotación devastadora" de los países pobres, ni de que el socialismo real fracasó, no porque fuera socialismo, sino porque era totalitario, como si ambas cosas no fueran dos caras de una misma moneda. Propone el Sr. Peces-Barba como solución algo así como una vuelta al kantiano fiat iustitia, pereat mundus, inculcado en las escuelas desde la más tierna infancia, sin darse cuenta del daño y la sangre que ese fanatismo por la justicia ha causado en el mundo desde la Revolución Francesa.

Oponer Derecho a Economía, o la ética a la eficacia, como hace el Sr. Peces-Barba, denota un concepto arcaico de la Economía, anterior a la revolución marginalista de Menger, Walras y Jevons, algo así como que lo económico se limita exclusivamente al comercio, los bancos y las compañías de seguros, cuando en realidad abarca todo el espectro de la acción humana, incluida la ética, siempre y cuando no compartamos el concepto de acto ético de Kant, para quien los actos éticos eran los que se caracterizaban por estar absolutamente libres de la "corrupción" del interés personal, o mejor aún, por contrariar el interés personal de aquél que lo ejecuta.

El que una sociedad sea "abierta" no implica que carezca de normas o de pautas de comportamiento, ni tampoco implica el desarraigo del individuo. Sólo implica que esas normas y pautas no vienen impuestas “desde arriba” por legisladores “geniales”, surgen precisamente de los intercambios voluntarios, no sólo de mercancías y servicios, también de ideas y de relaciones personales, que por su capacidad de satisfacer eficazmente las necesidades humanas, materiales y espirituales, acaban imponiéndose sobre otras menos compatibles con la naturaleza y necesidades de las personas, haciendo posible el progreso.

Identificar al mercado y al capitalismo con la adoración del becerro de oro equivale a confundir el vicio de la avaricia con la virtud del amor propio. Sostener que el bien común está en contradicción con el interés personal implica que para perseguir el bien común es preciso sacrificar el bien individual, o al menos el de algunos individuos. Esta ha sido y será, ciertamente, la excusa de todos los totalitarismos, ya sean políticos, religiosos o sectarios, para imponer férreos controles e impedimentos a la libertad de acción de las personas, llegando en última instancia a la eliminación física de los que se niegan a ser sacrificados “en aras de la colectividad”. Como, por desgracia, no es posible llegar a una definición única y concreta de bien común que no sea la conservación del orden social de cooperación pacífica y voluntaria —esto es, no iniciar agresiones para conseguir nuestros fines—, lo que los científicos e ingenieros sociales, así como los intelectuales de izquierda, suelen llamar bien común, no es más que la expresión de sus propias preferencias en cuanto a organización de la sociedad.

Después de un siglo —el siglo XX— de ensayos, sólo los poco informados y los fanáticos creen aún en la posibilidad de sistemas sociales “de diseño”. ¡Si los muertos hablaran...!
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