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CRóNICAS REALES

El dilema Haakon

Un Príncipe Heredero es una persona singular, única en su país, que, como consecuencia de un dato simplemente biológico, es decir, su condición de hijo del Monarca, está llamado un día a ocupar el Trono. Y este destino es seguro e inamovible, sin que dependa de las cualidades físicas y de las capacidades intelectuales del elegido.

José Apezarena
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A un Príncipe Heredero le basta, en principio, con quedarse donde está, con no moverse demasiado, para que, al final, la Corona acabe sobre sus sienes, y, además, de por vida. Si encima, es capaz de mejorar como persona, de prepararse a fondo en lo intelectual, de entrenarse para desempeñar ese futuro, mejor que mejor.

Lo único exigible a este singular persona es que acepte las reglas del juego, de ese “juego” por el cual él será llamado a suceder al padre (o a la madre, en su caso). Una de las reglas es comportarse dentro de los parámetros normales, exigibles a cualquier persona, pero otra más es atenerse a las normas que regulan internamente esas familias, las Familias Reales, llamadas a proporcionar a cada país el titular del Trono. Y ya está. No hace falta que sea listo, ni simpático, ni que haga otros méritos, ni que gane medallas. Nada. Basta con esas dos demandas antes citadas. Incluida la segunda.

Viene todo esto a cuento de la sorprendente peripecia -por así llamarlo- que está protagonizando Haakon Magnus, heredero de Noruega, que ha decidido compartir su domicilio y su vida con una madre soltera, abandonando el hogar familiar y colocando en un paréntesis sus obligaciones como Príncipe.

Aparte del demoledor mensaje personal y familiar que Haakon está transmitiendo con su actitud, a tan inusual comportamiento se añaden factores legales y de hecho muy delicados para con esta vieja Institución que es la Monarquía. Dadas, por ejemplo, las normativas existentes en los países europeos, donde la unión de hecho es en muchos casos equiparada al matrimonio, y donde los hijos habidos fuera del matrimonio lucran los mismos derechos que los tenidos en la normalidad conyugal, se podría alcanzar la situación de que la muchacha con la que convive, Mette-Marit Tjessem, llegue a convertirse en Reina, y el hijo de ella en heredero. Una suma de despropósitos que parecen -insisto- contrarios a la seguridad exigida por la sucesión real.

Haakon Magnus tiene todo el derecho del mundo a unirse con quién le parezca, a diseñar un modelo de vida futura a su gusto, a dejarse llevar por impulsos y decisiones arriesgadas. En esto es libre. Pero no tiene esa libertad, si pretende continuar siendo pretendiente al Trono de su país. Aquí ya no vale todo. Si desea ser una persona “normal”, un ciudadano sin más, no obligado por lazos singulares como los que comporta la realeza, que renuncie a sus derechos y opte por salir de la línea de la sucesión. Que deje a su hermana, Marta Luisa, que ocupe el lugar que él abandona. Eso es lo que corresponde.

Los Príncipes son personas normales hasta cierto punto, insisto, y pueden dejarse llevar de sus impulsos hasta un límite. Y esto que digo para el lejano heredero nórdico vale también, por supuesto, con nuestro más cercano -y más importante para nosotros- Príncipe de Asturias. Afortunadamente, en este caso él lo sabe. Y quiere ser consecuente.
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