Menú
Con tu apoyo hay más Libertad
  • Sin Publicidad
  • Acceso a Ideas
  • La Ilustración Liberal
  • Eventos
CRóNICAS COSMOPOLITAS

El espía que amaba el frío

Todo el mundo estará al corriente de que un tal Robert Philip Hanssen, funcionario del FBI, católico, con seis hijos, traicionaba a su país y vendía secretos a la URSS primero, a Rusia después, desde hacía quince años. Todo el mundo sabe, por la prensa, que ha cobrado unos 600.000 dólares y diamantes —no se precisan cuántos kilos— por su labor, y que su apodo fue Ramón —como el mío en un lejano periodo de clandestinidad antifranquista—, y claro, todo el mundo sabe que el FBI ha detenido a su agente traidor. Se comenta el suceso como si de suceso se tratara; la eterna y rutinaria guerra de espías entre países, con el consabido “todos hacen lo mismo”, dejémoslo, a ver quién gana el partido esta noche. Pues a mi me parece que hay algo más que esa información descafeinada: le han agarrado a un espía, como a veces se detiene a un atracador o, aunque sea menos frecuente, a un político estafador.

0
Cediendo un instante a esa lectura convencional del suceso, ya hemos leído y visto cosas y casos semejantes, no pasa nada, a ver quién gana el partido esta noche; permaneciendo, pues un momento en este marco conformista, me extrañó, una vez más, que en el mundo tan sofisticado de las nuevas tecnologías el espía vaya a depositar sus documentos y recibir su dinero en escondites tan medievales como la grieta de un árbol y cosas por el estilo, tan ridículas que, no faltaba más, así le detuvieron. Para cualquiera que tenga alguna experiencia, no del espionaje pero sí de la clandestinidad, resulta incomprensible.

Pero dejemos estos detalles para hablar de política. Una de las primeras acciones de espionaje de Hanssen fue denunciar a tres agentes del KGB, residentes en Estados Unidos, que se habían convertido, probablemente por dinero, en agentes dobles al servicio de Washington. Inmediatamente, los tres traidores fueron convocados a Moscú, dos fusilados y el tercero, condenado a cadena perpetua. La prensa relata la cosa como si se tratara de uno de esos juegos virtuales para niños, en los que se mata a granel. Y yo recuerdo, como lo hacía en una de mis recientes crónicas, el gigantesco clamor de protesta contra la ejecución de los Rossenberg, quienes, a fin de cuentas, eran lo mismo, o sea, ciudadanos de un país realizando labores de espionaje a favor de otro país con la diferencia fundamental, para mí, de que el país que los Rossenberg traicionaban era un país democrático y el país a favor del cual espiaban era el peor, con el nazi, sistema mundial de terror y explotación. Y aquello sucedió en un momento álgido de la guerra fría.

Esto, casi nadie lo lee así. Por ejemplo, Javier Valenzuela, (“El País”, 21-02-2001) refiriéndose a todos los heroicos espías a sueldo de la URSS, escribe: “Lejos quedan los tiempos de los espías británicos o norteamericanos que trabajaban clandestinamente para Moscú por razones ideológicas, por creer en la justicia de la causa comunista”.

Este tipo es una verdadera mina de idioteces. Puede referirse a los Rossenberg, como a Hiss o el británico Philby, etc, pero no precisa que todos ellos recibían sueldo y dinero del KGB. Admitamos que estaban convencidos y que más les movió la ideología que los dólares, las libras o los pobres rublos, pues no fueron, ni son, los únicos. La Alemania nazi también contó con una red mundial de espías, no constituida únicamente de alemanes ni movida únicamente por dinero. Y qué decir de la internacional del integrismo islámico que cuenta con centenares de miles de fanáticos por el ancho mundo, dispuestos a matar, a espiar y a morir en nombre de Alá y no de petrodólares?

Otro de los aspectos del problema que eluden nuestros adversarios de la pena de muerte, pero únicamente cuando se trata de los USA, es que si consideramos las fechas: 1985 y años siguientes, nos damos cuenta de que se trata del comienzo del breve reino de Gorbachov, del comienzo de la cacareada apertura y transparencia y que se sigue fusilando tranquilamente, sin proceso ni protestas, ni siquiera cuando quince años más tarde se da a conocer la noticia.

Si te dicen que en un país, con una fuerte minoría de ciudadanos negros, existe un racismo tal que no hay un solo negro en ninguna de las cúpulas dirigentes y que, además, se persigue, encarcela y deporta a los homosexuales, todos los valenzuelas que pululan en los medios informativos, políticamente tan correcto, exclamarán: ¡es un país fascista! Y si aclaras que se trata de Cuba, sometida a la dictadura castrista, negarán la evidencia, o la explicarán como una de las consecuencias del criminal embargo norteamericano...De todas formas, los crímenes revolucionarios no son crímenes.

Pues este otro suceso, aparentemente anodino, tiene otros aspectos inquietantes, uno de ellos siendo precisamente el KGB. Han cambiado su nombre y, evidentemente, el periodo actual no es el mismo que cuando aún existía la URSS. Pero el servicio permanece y, probablemente, casi todos sus funcionarios son los mismos. No olvidemos que Andropov, antes de ser el jefe de todo, fue jefe del KGB y que fue él quien situó a Gorbachov en la órbita dirigente del PC, o sea, en la órbita dirigente del Partido–Estado. Y sobre todo, que Vladimiro Putin proviene de ese mismo KGB, y que tanto en política interior como internacional está tomando iniciativas que deberían preocupar más de lo que parece preocuparles a las opiniones públicas y a los gobiernos democráticos, sin llegar, por ahora al menos, a los extremos de compararle con Stalin, como hacen algunos intelectuales “bailarines” (como les calificaba Kundera). Yo formé parte —quedan pruebas escritas— de esa minoritaria minoría que aplaudió con entusiasmo la implosión de la URSS, que criticó a Gorbachov y consideró positiva la primera etapa de la presidencia de Yeltsin. Si los nostálgicos de la URSS y del comunismo triunfante se mostraron relativamente discretos en el periodo Gorbachov, quien se benefició de un “culto a la personalidad delirante” muchísimo más fuera que dentro de la URSS, desde luego, los mismos se lanzaron a criticar ferozmente la defunción de la URSS, como los caóticos e insuficientes cambios democráticos en Rusia.

El “pilarbonetismo” (una forma chica de la mentira procomunista) arrasó la prensa española y hasta el corresponsal en Moscú del ABC parecía desear una victoria de los comunistas en la nueva Rusia. Toda la propaganda del género “con Franco vivíamos mejor”, o sea antes, o sea con el totalitarismo, dominó durante este decenio los medios informativos sin que todos los que mantenían los bulos y exageraciones inauditas sobre la situación en Rusia fueran nostálgicos de la URSS, como Pilar Bonet, Haro Tecglen, Carrillo o Mitterand. A partir de 1991, todos los años, toda la prensa mundial anunciaba millones de muertos de hambre en Rusia, consideraba a la “mafia” como el poder verdadero, anunciaba las más inauditas catástrofes económicas y sociales y te explicaban que era necesario cinco años de salario para comprarse un pan. Yo he leído mil veces, y aún recientemente, que Yeltsin en 1993 disolvió la Duma (las Cortes) a cañonazos, lo cual es el colmo de la mentira aceptada. Lo que ocurrió fue que golpistas armados se apoderaron de la casa Blanca (curiosamente así se llama también la sede del Parlamento en Moscú) y que para desalojarlos y que se rindieran se dispararon algunos cañonazos que no mataron a nadie.

Los cabecillas de este segundo golpe fallido pasaron pocas semanas en la cárcel y algunos pudieron luego ser elegidos para ocupar cargos oficiales, prueba evidente del cruel despotismo de Yeltsin para tantos. Se parece mucho más a nuestro “tejerazo” del 23-F, otro golpe fallido, y si los guardias civiles no se hubieran rendido, también hubiera sido necesario “ir a por ellos”.

Yo sigo convencido de que la primera etapa de la presidencia de Yeltsin tuvo aspectos muy positivos. Aquello comenzó en 1991, durante la primera intentona golpista ante la cual Gorbachov se rajó (estuvo físicamente amenazado de muerte en su casa) y en cambio Yeltsin, pero no sólo él, los ciudadanos en masa, se echaron a la calle, el Ejército en su mayoría no siguió a los golpistas, los cuales formaban parte de la cúpula del poder, no lo olvidemos; hubo una impresionante reacción de rechazo a la vuelta atrás. Luego, los cambios económicos y políticos, sin ser desastrosos como tantos afirman, fueron insuficientes, pero no hubo hambruna, al revés, la situación económica ha mejorado, hubo elecciones, una libertad de expresión jamás conocida en Rusia, todo ello, repito, caótico e insuficiente y, por ejemplo, está claro que al presidente ruso le sobran poderes que le faltan a la Duma.

También es cierto que en una segunda etapa Yeltsin se tambaleó, y no me refiero al vodka sino a sus contradictorias decisiones y a sus incesantes cambios de primer ministro, reflejo de sus incoherencias. Pero tal vez, lo peor de todo haya sido haber nombrado a Vladimir Putin como su sucesor. Al principio, lo confieso, esto no me parecía del todo evidente porque además, su nombramiento fue sometido al voto, pero estos últimos meses tengo la impresión de que la lucha de Putin contra el desorden y la corrupción constituyen la coartada, por ahora eficaz, de su voluntad de instaurar un nuevo poder autoritario: ni totalmente zarista ni totalmente comunista, una mezcla inédita de ambos, inédita pero peligrosa. Conclusión: que los USA instalen cuanto antes su escudo antinuclear de estrella a estrella o como sea.
0
comentarios

Servicios