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FIGURAS DE PAPEL

El jersey de Bioy Casares

Cuando hablé de la escritora inglesa Doris Lessing, no bien le concedieron con justicia el Premio Príncipe de Asturias, y de mi encuentro con ella, se me ocurrió contarles en esta columna otras historias de escritores a quienes he conocido personalmente en este mundo que ya no es ni ancho ni ajeno. En dos palabras, pequeñas crónicas sobre gente conocida, dicho esto en dos sentidos, claro está: porque son hombres y mujeres del mundo de la cultura conocidos, y porque les he conocido personalmente. No referiré situaciones trascendentes (y este caso lo pone en evidencia) porque además la vida no sólo se nutre de grandes momentos. O, al menos, la mía…Hablaré de esas cosas pequeñas que suelen dar color y calor a nuestros días. Eso.

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Hace unos cuantos años conocí, en Buenos Aires, al escritor Adolfo Bioy Casares. Lo vi muchas veces después, y le hice varias entrevistas; e incluso se me ocurrió escribir un cuento (figura en mi libro “La bufanda blanca”) con un personaje que se podría parecérsele demasiado. Así que se lo comenté, y le pregunté si me permitía hacerlo, pero sin nombrarlo, pues en caso afirmativo, tomaría algunas palabras suyas (de ensayos y reportajes) y las pondría en boca de mi personaje. Estábamos junto a una estatua. Tengo una foto aquí, de aquel momento. Supongo que era invierno porque ambos llevamos el sobretodo puesto. Me dijo que sí; es más, me autorizó a darle su nombre a mi personaje. Pero esto era demasiado; y no me atreví. Pero, finalmente, escribí el cuento. El protagonista era, como él, un escritor mundano; un buen jugador de tenis al que le habría gustado competir en el “Roland Garros”; un hombre que amaba el campo y era buen jinete, al punto de haber domado algún potro; y por si fuera poco, en determinado momento de mi cuento, le obsequia a una muchacha una novela de David Garnett, deliciosa, titulada “Aspectos del amor”, que mucho le gustaba a Bioy Casares…bueno, sólo hasta aquí las semejanzas.

Si Bioy Casares leyó mi cuento, no lo sé; en todo caso, nunca me dijo nada, ni tampoco se lo pregunté; no sé si por timidez o por temor a que me dijera que no le había gustado.

Pasó el tiempo. A Bioy Casares le otorgaron el Premio Cervantes (valorado como el Nobel de las letras castellanas). Una justa distinción para el autor de varias grandes novelas de la letras de habla hispana, como "La invención de Morel" (a la que Borges consideró “perfecta”), como “El sueñó de los héroes” y “Dormir al sol”, entre otras. (¡Ah! Saul Bellow ha dicho, en un reciente reportaje, que ha leído a Borges y agregó “pero me interesa más el otro, su amigo”. Se refería a Bioy, naturalmente).

Precisamente, con motivo de haberle conferido el Premio Cervantes se organizó un homenaje en Montevideo al escritor argentino. Fue, estoy casi seguro aunque no podría jurarlo, en el Club Uruguay. Se ofreció un almuerzo en su honor. Me pidieron que me sentara a su lado, lo que hice gustoso y honrado. Bioy Casares, que era un hombre muy elegante y atildado, miró alrededor y me susurró: “¿Qué le parece si me saco el jersey…no queda muy bien en esta reunión, ¿no le parece?”. Le dije que hiciera lo que quisiera hacer. ¿Deseaba ir al baño o pasar a otra habitación para hacerlo? Me respondió que no, porque estaban casi todos sentados a la mesa y era una descortesía salir de la sala. “Hágame pared, y yo me lo saco de apuro”, me pidió. Lo cubrí como pude, se lo quitó y quedó mirando alrededor como pensando ¿y ahora qué hago? Démelo, le dije; lo puse en el respaldo de mi silla, y nos sentamos.

Transcurrió el almuerzo agradablemente, y a los postres dijeron palabras amables a Bioy y se brindó por él. Se vio obligado a contestar, lo que hizo con brevedad, agobiado por aquella timidez enorme que le caracterizaba. Aplausos. Y despedida, porque Bioy perdía el avión de regreso a Buenos Aires.

Nos dimos un abrazo; luego se alejó, saludando a los comensales que lo rodeaban. En ese momento vi, terciado en el respaldo de mi silla el jersey del querido maestro. Gris, de lana inglesa. Calculé que era mi talla. Me queda perfecto, pensé; y me dije que acaso me trasmitiría algo del genio del gran escritor. Lo tomé en las manos; era muy suave al tacto. La gente ya se amontonaba en la escalinata, despidiéndolo. ¿Sí o no? ¿Me lo quedo o no me lo quedo? Me imaginé con él: la corbata azul con flores de lis resaltando entre mi camisa blanca y el gris pizarra del abrigado jersey de Bioy. Y en ese instante me decidí. Corrí hacia la escalera, abriéndome paso, y le grité: “Maestro…el jersey”. Bajé a saltos los cuatro o cinco escalones que nos separaban y se lo entregué. Todavía recuerdo sus ojos azules y melancólicos, que casi siempre tenía humedecidos, mientras me daba las gracias.

Hace dos años, Bioy Casares murió en Buenos Aires, donde había nacido en 1914, en la unión de dos calles paralelas, Montevideo y Uruguay, como le gustaba decir. Hoy lo evoco compartiendo con ustedes estas menudas historias verdaderas.
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