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CRóNICAS COSMOPOLITAS

El maoísta jubilado

La semana pasada habíamos dejado a Bernard-Henri Levi con su plumero intentando quitar el polvo de la estatua de Jean Paul Sartre. Mientras acometía esa tarea doméstica nos contaba con entusiasmo que el entierro del “maestro” fue multitudinario. Es cierto. Pero el de Stalin lo fue mucho más. Y sorpresivamente el del cantautor Serge Gaiusbourg, igual. Dejemos, pues, los muertos enterrar a sus muertos. Mientras tanto, helo en Madrid, cumpliendo con su papel de payaso mediático. Y, por si fuera necesario, nos da una magnífica muestra de su arte de la mentira.

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Leo en “El Mundo” ( 7 de febrero): “Cuando Sartre habla del terrorismo de los 60, se refiere al fenómeno en Italia y Francia. Pero lo que decía continúa teniendo un significado hoy en el País Vasco”. Enciendan un cigarrillo, tomen un café o beban un sorbo del néctar escocés y relean esta frase. ¿Estamos? Pues Sartre, por aquellas fechas, exaltaba sin matices el terrorismo (dicho sea de paso, no hubo terrorismo francés en Francia) y algo más tarde exaltaba la magnífica lucha revolucionaria ¡de ETA!. Os está tomando el pelo y os lo tragáis.

Cuando en 1972, la OLP de Arafat perpetró un atentado contra los atletas israelíes en los Juegos Olímpicos de Munich, que provocó once muertos, Sartre escribe: “El principio del terrorismo es que hay que matar. Pero si se admite, entonces hay que reconocer que, en efecto, el atentado de Munich ha sido perfectamente logrado”.

Yo no sé si Fernando Savater (citado por Levi como el “Sartre español” —esto en “El País”) aprecia o no la filosofía de Sartre, pero estoy convencido de que no apreciará la mentira de Levi, atribuyéndole el papel que a Sartre, o sea, el entusiasmo por ETA. No son los únicos ejemplos del cante jondo de Sartre a favor del terrorismo; en su prólogo al libro de Franz Fanon “Les damnés de la terre” (“Los condenados de la tierra”, 1961), Sartre escribe: “Si dejáis de lado las habladurías fascistas de Sorel, os daréis cuenta de que Fanon es el primero, desde Engels, que exalta la parturienta de la historia”. La violencia, claro. Bobadas del maestro, como si Lenin, Trotski, Mao, Hitler y mil más, antes que Fanon (médico y escritor martiniqués que colaboró con el FLN argelino), no hubieran ya exaltado la violencia y hasta las guerras revolucionarias.

Si el periodo tercermundista de Sartre no duró mucho, más o menos lo mismo que el del general De Gaulle, su exaltación de la violencia “revolucionaria” duró mucho más. Pero volvamos un segundo a la guerra de Argelia, grave y lógica crisis política, ética y militar en ambos países. Sartre apoya ( de boquilla) a sus amigos partidarios y militantes de la independencia de Argelia y en uno de sus primeros procesos contra los colaboradores franceses del FLN, en 1960, Sartre promete intervenir a favor de los acusados. Pero desaparece, se fuga; se le busca y está en Brasil, dando una serie de conferencias sobre literatura comprometida; se le envían telegramas, no contesta, cambia de hotel, se esconde.

Entonces, los abogados de los procesados, el misterioso Jacques Verges y, ¡las vueltas que da la vida!, Ronald Dumas, cometen un delito con intención política: redactan una falsa carta de Sartre solidarizándose con los acusados, con el FLN, y declarándose dispuesto él también a hacer lo que le pida la organización argelina. Esta carta virulenta, que Sartre no había escrito, armó un escándalo, claro, y Sartre no pudo desmentirla, hubiera confesado su huída, se hubiera desprestigiado ante la progresía. Esto, que algunos sabíamos, nos lo cuenta Annie Cohen-Solal (“Sartre”, Gallimard, 1985) que, pese a su delirante entusiasmo por Sartre, es más honesta que Levi.

Yo no formo parte de los que dan exagerada importancia a la apariencia física o a la elegancia de las personas (por ejemplo, nuestras ministras visten todas mal, pero no todas lo hacen todo mal), pero en el caso de Sartre puede que algo de sociológico se revela. El estallido de mayo del 68, junto a sus aspectos antijerárquicos y a su caos ideológico tuvo algo de folclórico en cuanto a moda: se prohibió la corbata, los hombres se dejaron crecer melena de mujer, hubo una invasión, casi islámica, de barbas, etc.

Este new look le tocó también a Sartre, que hasta entonces iba vestido como un empleado de banco y que de pronto, en su frenesí por alcanzar a los guardias rojos, abandona su uniforme de hortera para vestir ¿cómo? Pues como un jubilado en su jardín arrabalero, con su chaleco de lana, pero un jubilado maoísta, que no cuida sus tulipanes sino que distribuye por las calles (cuando hay fotógrafos) el grotesco periódico maoísta “La Causa del pueblo”, que se sube a un barril para explicar la condición obrera a los obreros de Ranault (Renol, escribía Sánchez Ferlosio en “El Jarama”). Payasadas. También es cierto que sus jóvenes amigos maoístas le utilizaron a fondo.

Pero si él también se hizo maoísta, nunca rompió con la URSS. En 1964 rechaza el premio Nobel porque, dice, es un premio...¡antisoviético!. En 1977, ya casi ciego, viejo y enfermo, con algo patético, declara, sin embargo, a la ultraizquierdista revista italiana “Letta Continua” que le pregunta qué piensa de los “nuevos filósofos” y por su obsesión por el Gulag, que parecía constituir el centro de su reflexión: “No tienen importancia, están pagados por la CIA para hacer propaganda antisoviética”.

Bernard-Henri Levi, pagado por la CIA, según Sartre, le rinde veinte años después un grotesco homenaje. Pero hay cosas más serias como Il Manifiesto: “Sin embargo, mayo (del 68, claro) fue un fracaso y concluyó con la victoria de la reacción” (...) J.P. Sartre: “Le faltó una dirección política capaz de darle esa dimensión política y teórica sin la cual el movimiento sólo podía terminar extinguiéndose, como sucedió. Le faltó un partido capaz de asumir enteramente el movimiento y sus potencialidades”. Sartre no es el único, desde luego, en analizar los acontecimientos de mayo bajo este ángulo leninista, quería sencillamente señalar que permaneció casi hasta el final, en la “izquierda de la izquierda”, con los vaivenes que imponía la moda.

A finales de los sesenta y principios de los setenta la colaboración entre Sartre y Les Temps Modernes con Il Manifiesto, de Rossana Rossenda y Lucio Magri, fue intensa y sus intentos por renovar la ideología revolucionaria, catastróficos. Quedan huellas impresas. Recordemos que Rossanda no fue gurú sólo en Roma y en París, también en Madrid, donde sus soldaditos de plomo se llamaban F. Claudín, F. Sánchez, J.Pradera, etc, hasta que se dividieron: los del “Manifiesto”, manteniendo hasta hoy un radical sectarismo mao-leninista; los segundos, sumiéndose en el placer “reformista” socialburócrata que, en el mejor de los casos, sólo ha reformado la profundidad de sus bolsillos.

Pero Sartre es, que yo sepa, el único escritor en el mundo en decretar oficialmente que era el secretario general del PC de cualquier país el que tenía que decidir si su obra “Las manos sucias” podía o no ser representada. Jamás se ha dado un caso de autocensura elevada a esa categoría sacramental. “Las manos sucias”, dicho sea de paso, es un pésimo dramón donde un veterano comunista, cínico y hábil, se enfrenta a un joven fanático. Pero disgustó mucho a los peceros para quines, por aquel entonces, todo dirigente comunista sólo podía ser un santo heroico. Como Stalin.

He hablado de moda, y es muy importante. Muchos franceses consideran a París como la capital cultural del mundo cuando, en realidad, los debates teóricos giran desde hace años esencialmente en torno a Marx, Lenin, Stalin, Mao, etc, o sobre quien ha entendido mejor a Freud, o sobre filosofía alemana, y todo por igual. El ambiente intelectual parisino sufre de esquizofrenia, se consideran universales pero son, a la vez, muy pueblerinos y para Sartre, lo que dice y hace Althuser, Foucault, Lacan, etc, cuenta tanto, y a veces más, que la “revolución cultural china”. Pues la moda en París, como en otras capitales, se fue apartando de Moscú, como meca, y giró hacia Pekín, nueva meca e “imprescindible punto de referencia”, decía Rossanda. Esas modas ideológicas explican tanto los vaivenes relativos a Sartre como la torpe y demagógica (comercial) tradición de Levi.

A fin de cuentas, Sartre no ha fundado ninguna teoría, pese a sus esfuerzos sólo ha sido capaz de comentar teorías ajenas. Es esa moda, aparentemente cosmopolita pero muy arraigada a una realidad provinciana, la que probablemente ha ocultado una tradición profundamente francesa y mucho más rica que lo que de ella refleja el barullo mediático y políticamente correcto. Me refiero, claro, a la tradición liberal francesa, a su filosofía de la libertad que, desde Montaigne y La Boetie hasta Raymond Aron, para dar un ejemplo, tanto ha aportado a la historia universal de las ideas y que tan ferozmente ha sido combatida, cuando no ignorada, por las ideologías de la burocratización del pensamiento y de la sociedad, ya se trate de marxismos, de estructuralismos o de otros “ismos”.

No he hablado de la literatura de Sartre; en este aspecto mis opiniones son más matizadas aunque, que se trate de novelas, de teatro o de crítica literaria, cada vez que recuerdo una obra de Sartre que no está mal me vienen a la mente veinte o más autores que están mejor.

Se me iba a olvidar: Sartre, a menudo, escribía bien, con garra, tenía su estilo. Levi, no.
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