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TRADICIONES

El mejor regalo

La Navidad es una tradición que compartimos. Si usted ha tenido tiempo de decorar su hogar para la Navidad está compartiendo una tradición relativamente nueva. Aunque el arbolito de Navidad tiene raíces muy antiguas, en los comienzos del siglo XX apenas una de cada cinco familias americanas ponía un árbol de Navidad. Calvin Coolidge fue el primer presidente de Estados Unidos que iluminó un pino navideño en el jardín de la Casa Blanca.

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Los regalos navideños son otra costumbre que compartimos. La tradición proviene de los Tres Reyes Magos, quienes le llevaron regalos al Niño Jesús. Cuando yo era niño, los regalos eran más modestos, pero la gente ya se quejaba de la “comercialización” de la Navidad. Regalar nos hace pensar en los demás.

Las decoraciones y los regalos navideños son parte de la cultura cristiana que ha cimentado la civilización occidental por 2 mil años. En nuestra cultura los individuos cuentan. Esto permite que un individuo se rija por sus principios y confronte así los abusos y las injusticias.

El poder del individuo es algo único de la civilización occidental. Ello ha hecho que un ciudadano tenga los mismos derechos que todos los demás ciudadanos, que esté protegido de las tiranías gubernamentales por el imperio de la ley y por la libertad de expresión. Tales logros son producto de muchos siglos de luchas, pero todos provienen de la enseñanza que Dios valora al alma individual de tal manera que envió a su hijo a morir, para que nosotros pudiésemos vivir. La cristiandad de esa manera le dio voz propia al individuo.

Antes, sólo los poderosos tenían voz. Pero en la civilización occidental la gente íntegra tiene voz, como también la gente que juega limpio, que tiene sentido de justicia, de honor y del deber. Los reformadores pueden reformar, los inventores inventar y los innovadores pueden crear empresas y dar empleos.

El resultado es una tierra de oportunidades que ha hecho de Estados Unidos un país de inmigrantes. Aquellos atraídos por nuestros valores los reflejan en sus propias vidas y la cultura occidental ha absorbido a gente muy diversa.

En los últimos tiempos hemos comenzado a perder de vista nuestros logros históricos. Nuestras raíces religiosas, legales y políticas ya no se enseñan con reverencia en nuestras escuelas y universidades. Las oraciones han sido expulsadas de los colegios y los símbolos religiosos de nuestra vida pública. La Universidad de Georgetown, aquí en Washington, una universidad jesuita, no se atreve a mostrar un crucifijo públicamente.

Seamos o no creyentes, somos los beneficiarios de una doctrina moral que ha frenado el poder y protegido a los débiles. El poder es la bestia sobre la que cabalga la maldad. Una bestia que galopó mucho a lo largo del siglo XX. Sencillamente por ser miembros de otra clase o de otra raza, más de 100 millones de personas fueron exterminadas por los Nacional Socialistas alemanes y por los comunistas en la Unión Soviética y en la China.

El poder sin tradiciones civilizadoras y sin el freno de escrúpulos morales y religiosos pronto se convierte en tiranía. Lenin definió muy claramente su dictadura comunista: “poder sin limitaciones, apoyado directamente en la fuerza”.

Seamos religiosos o no, nuestra celebración del nacimiento de Cristo nos convierte en dueños de nuestras propias almas y de nuestra vida política en la tierra. Se trata de una religión que le conviene hasta a los ateos.

© AIPE
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