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MúSICA CLáSICA

El primer Rossini del Real

Se representa estos días “La Cenerentola” de Gioacchino Rossini en el Teatro Real de Madrid: es el primer título del maestro italiano que aparece en este coliseo... y aparece de modo inmejorable. La temporada del Real, que nos ofreció algunos espectáculos bien aburridos al comienzo —“Il Trovatore”, “La señorita Cristina”, etcétera— ha ido remontando —”Manon” y “La Flauta mágica” tuvieron sus puntos de interés—, y culmina muy bien con esta “Cenerentola”.

Carlos de Matesanz
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Una baza fundamental es el gran nivel musical alcanzado bajo la dirección musical del maestro Carlo Rizzi. Sus tempi son vertiginosos pero, a la vez, flexibles y la Sinfónica de Madrid, tan sensible a la batutas, sonó perfectamente. Claro que los repartos vocales están confeccionados con lo mejor disponible para este título. En el primero, brilla la seguridad y el señorial estilo del tenor argentino Raúl Giménez, cuyo príncipe Ramiro sólo se apura en algún agudo de su aria “Si ritrovarla io giuro”; así puede sacarse la espina de “La sonámbula” de la temporada pasada, que cantó indispuesto; además, están soberbiamente encarnados los papeles más bufos: el padrastro don Magnífico —cantado por todo un especialista: el barítono-bajo Carlos Chausson—, las pérfidas y tontorronas hermanastras —fantásticas Jeanette Fischer y Marina Rodríguez Cusí— y el camarero Dandini —otro especialista: el bajo italiano Alessandro Corbelli, de voz modesta pero bonita—. Más discretos estuvieron la mezzo Sonia Ganassi —Cenerentola de amplia y bella voz poco trabajada y de coloratura no muy clara, excepto en su rondó final— y el joven bajo Simón Orfila, al que el papel de Alidoro viene un poco grande.

En el segundo reparto, sólo para los días 12 y 17, —con las mismas hermanastras y el mismo Alidoro— cantan Juan José Lopera como el príncipe —un excelente rossiniano en agraz—, José Julián Frontal como Dandini —excelente cantante a pesar de que la voz no es hermosa— y unos discretos Joyce Di Donato y Donato di Stefano (valga la invetiable redundancia) como la Cenicienta y el padrastro.

Pero, además de lo musical está lo escénico, que también es fantásticos en estas representaciones. Y no por los decorados —que provienen de la Ópera de París— pues, aunque funcionales y discretos, no son ni bellos ni originales; sino por la magnífica dirección de escena de Jérome Savary: una dirección siempre presente, que no deja parar ni a los cantantes ni al coro en ningún momento, y que llega a ser tan vertiginosa como la dirección musical de Rizzi. En una ópera como ésta, mejor pecar de exceso que de defecto. Lo que ocurre es que, con tanto trajín, el Coro de la Sinfónica, estuvo cantando todo el rato entre el forte y el fortissimo, sin poder matizar; aunque, eso sí, con excelente conjunción, afinación y empaste.

Savary decide acercar lo más posible la obra al original de Perrault, intentando restaurar la magia que el libreto —una versión burguesa y racionalista del cuento— prefiere dejar de lado. A la vez, acentúa la comedia casi hasta el disparate y deja pasar sin pena ni gloria los pocos momentos románticos. El resultado es que la obra se hace amenísima, muy divertida y es especialmente indicada para neófitos en el arte operístico.



RECOMENDACIONES DISCOGRÁFICAS


ROSSINI: Cantatas vol. 2. Scano, Bartoli, Barcellona, Flórez, Petroni, Kelly. Coro y Orquesta Filarmónica della Scala / Riccardo Chailly. DECCA 466 328-2 (68’42”).

A propósito de Rossini, aquí está el segundo volumen dedicado a una parcela bien poco conocida de su producción: las cantatas. Componen el álbum dos de asunto mitológico: “Las bodas de Tetis y Peleo” —una miniópera en realidad— y “El llanto de Armonía a la muerte de Orfeo”: monólogo para tenor, coro y orquesta. El milanés Riccardo Chailly dirige con amor, conocimiento, lujo y entrega estas obras, junto a unos solistas de primera; destacan la mezzo Cecilia Bartoli —vertiginosa—, la contralto Daniela Barcellona y el tenor Juan Diego Flórez en la primera; es una lástima que éste último no sea también solista en “El llanto de armonía” en vez del más impersonal tenor Paul Austin Kelly. Así que, conocidos los excelentes resultados de los dos primeros, no nos queda sino esperar pronto el tercer volumen de esta serie.

BACH: El pequeño libro de Ana Magdalena Bach. Pablo Cano (Clave). TAÑIDOS SDR-259 (46’55”).

La música barroca en nuestro país tiene la suerte de contar con excelentes intérpretes especializados y algunos sellos que trabajan con mimo artesanal sus discos dedicados a este repertorio. Modesto es, sin duda, el disco que les presentamos, pero realizado con amor, en lo material, y con gran nivel artístico en lo musical. La sensibilidad que Pablo Cano desgrana en las interpretaciones de las 26 piezas de Bach y otros compositores (su hijo mayor, Hasse, Couperin y Petzhold), es sencillamente enamorante. Cada una tiene su ámbito, pero es coherente con el entorno que la rodea. Si decimos que el disco tiene un excelente sonido, no nos referimos tan sólo a la toma sonora, sino también a la bella sonoridad del instrumento utilizado —una copia moderna— y a la habilidad de Cano para hacerla sonar así. Las notas del mismo Cano, claras y aleccionadoras, vienen en castellano e inglés.

PREVIN: Diversions y otras obras. Fleming, Bonney. Orquestas Filarmónica de Viena y Sinfónica de Londres / André Previn. D.G. 471 028-2 (56’39”).

He aquí un ejemplo discográfico totalmente opuesto a todo lo anterior: un impresionante despliegue de lujo —incluso glamour— al servicio de una producción despersonalizada, levantada a mayor gloria de un director que también compone... pero poco. La música de Previn, agradable y poco original —un “post-Bernstein” o “Post-Copland” con poco genio— está soberbiamente servida por Filarmónica vienesa en un registro en vivo de la casi sinfonía “Diversions”, la soprano Barbara Bonney y la Sinfónica de Londres en las canciones “Sallie Chisum remembers Billy the Kid” y “Vocalise”, y por la también soprano Renée Fleming con el propio autor al piano en las Tres Canciones sobre poemas de Dickinson y “The giraffes go to Hamburg”.
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