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DRAGONES Y MAZMORRAS

El resto es selva

La temporada está en plena sazón. Todo reverdece: árboles, libros, sensaciones. El ingente engendro cultural (la aliteración es deliberada) engrasado, se abre camino con paso que resulta más o menos arrollador, según y donde. Quiero decir que estamos en la semana del libro y mientras algunos los escriben en la fecunda soledad de sus cuartos de adulto (que diría Rilke), otros los presentan en sociedad, aprovechando el gran festival merdiático (que diría Perec) levantado a su alrededor, y en el que yo también participo; no vayan a creer que soy de esas personas que sólo ven vigas en ojo ajeno.

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Por eso, el jueves 19 acudí puntualmente a la cita que me habían dado en el Círculo de Bellas Artes para leer mi parte del gran libro. Lo llevo haciendo desde el primer año, cuando era un acto puramente experimental. Luego cuajó y ya, al siguiente, se convirtió en un espectáculo de masas. Dicen en el ABC que en esta ocasión dos “actores” cervantinos, vestidos al estilo del siglo XVI, despedían, con un libro y una rosa, a cada uno de los participantes. Afortunadamente cuando yo fui (14h,30) debían de estar comiendo, porque allí no hubo tal, lo que me place sobremanera, pues de otro modo habría sido la última vez que me prestara a tamaña mascarada. Lo digo por todo pero, en particular, por lo de la rosa que me parece una cursilería catalana infumable.

Lo que no es nada catalán ni infumable es la exposición que presenta también el Círculo de Bellas Artes sobre Jorge Guillén para conmemorar el 25 aniversario de la concesión a este poeta del Premio Cervantes. No sé si se habrán dado cuenta de la coincidencia, pero tanto el primer premiado como este último son vallisoletanos. Y no pueden ser más diferentes. Se exponen fotografías, primeras ediciones, manuscritos, cartas y un vídeo en el que se puede comprobar la insólita voz de contratenor de este poeta, sin embargo, tan profundo. Le ocurría lo mismo a Azorín, y a muchos otros intelectuales de la época. Quizás no se hayan dado cuenta pero cada época tiene su tono de voz y la de la primera década del siglo era particularmente aguda. Para quienes no me crean les diré que hay incluso estudios sociológicos sobre el tema. Lo más sorprendente es que en esta época nuestra de voces graves haya tal escasez de bajos. Pero volvamos al Cervantes.

La primera frase de El Quijote la leyó Umbral, porque para eso le ha tocado el premio Cervantes. El “prolífico” escritor, ebrio de galardones y aplausos y no conforme con subirse al podio del vencedor el lunes 23, acaba de presentar su penúltimo libro Un ser de lejanías (Planeta), título sacado de una cita de Heidegger (¡qué extraño padrino!), en el que, como siempre, mezcla realidad y ficción, crónica y correlato. Todo un logro. Además se venderá como churros y él tan contento –ni qué fuera tonto. ¡Quien le iba a decir, cuando trabajaba en “Poesía Hispánica”, apadrinado por José García Nieto(otro premio Cervantes) que un día él también tendría ese premio y se podría permitir el lujo de rechazar 75.000 ptas. porque eso “él no lo cobra ni por sacar a pasear a su perro”, como le contestó al ilusionado profesor de Alcobendas que le pidió una charla para los estudiantes del instituto de ese barrio-pueblo!

¡Qué grande e inacabable es esa Historia Universal de la Infamia que escribimos, día a día la inhumana humanidad (que diría Antelme)! Y es que como versificaba Jorge Guillén: “Amigos. Nadie más. El resto es selva”.
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