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MéXICO: LAS CUENTAS CLARAS

El seductor déficit fiscal

El gran problema del déficit fiscal es que permite dar lo que no se tiene, recibir aplausos y comprar buenas voluntades. Todo un manjar para los políticos que compiten en una democracia representativa.

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Imagine, estimado lector, que usted tiene que elaborar el presupuesto público para el año 2001. ¿Qué incentivos políticos tiene para diseñar un presupuesto equilibrado o en superávit? Prácticamente ninguno. ¿Resultado? Sale de su oficina y le dice a los medios de comunicación: queremos unas finanzas públicas responsables, pero “no se puede” tener equilibrio hoy, sino hasta dentro de unos tres o cuatro años.

La respuesta es políticamente casi perfecta. Nadie sale raspado y sólo alguna minoría relativamente especializada y con poco peso en la opinión pública se la reprochará. El resto del electorado se felicitará de tener funcionarios “sensatos”, responsables pero no tanto, responsables pero no ahora, responsables pero no con sacrificios.

Respuesta casi perfecta porque nunca cae mal disponer de un colchón presupuestal para darle un puesto al insistente de Fulano, o al influyente de Zutano o para crear el Instituto de la Pobreza o la Comisión de la Miseria.

El presupuesto público es, en cierta forma, el resultado de un proceso de expansión del gasto gubernamental que tiende al infinito, “en tanto la ganancia marginal de votos generada por el gasto supere la pérdida marginal de votos ocasionada por los impuestos requeridos para financiar el gasto” (Anthony Downs, en Teoría Económica de la Democracia, 1957). El déficit aparece aquí con todo su atractivo político; mediante el déficit hay margen para sacarse de la manga unos cuantos miles de millones de pesos más de gasto, sin molestar a nadie cobrándole más impuestos.

El problema es que tanta belleza es un vil engaño basado en el cuento keynesiano de que “a largo plazo todos estaremos muertos”.

Hace 30 años, el presidente mexicano Luis Echeverría y sus populistas de cabecera nos recetaron déficit fiscal amparados en el estribillo de que las consecuencias a largo plazo eran irrelevantes. Mentira. Aquí seguimos pagando las consecuencias de la irresponsabilidad fiscal de entonces y de los años subsecuentes. Aquí sigue entre nosotros don Luis disfrutando de su pensión, aquí siguen sus populistas de cabecera (algunos colados incluso en el equipo de Fox) y sus alumnos. Y aquí seguimos repitiendo la frasecita mentirosa endilgándoles a los niños y jóvenes de hoy un futuro empobrecido.

En realidad cuentan que la frase original de Keynes no decía que a largo plazo estaremos “muertos” sino “out of order”, lo cual es muy distinto. Es decir, ojo políticos, “estaremos fuera de este puesto”. Estaremos muy lejos como para que alguien nos pida cuentas.

¿Alguien le va a recordar en el año 2004 a los economistas de Vicente Fox su promesa de superávit fiscal? Lo dudo. Dudo también que entonces no aparezca otro pretexto para seguir posponiendo el verdadero saneamiento de las finanzas públicas.

Dado que el político promedio en busca de votos carece de incentivos para buscar el equilibrio o el superávit fiscal, vale la pena desde el punto de vista de la sociedad desenmascarar el engaño del déficit.

Para el político el déficit es atractivo porque equivale a un permiso para robar sin que se note. Para presumir que las tarifas del Metro no han subido y cosechar aplausos, callando convenientemente que nos lo cobran vía endeudamiento, impuestos, inflación y salarios miserables.

El único incentivo por ahora -mientras seguimos insistiendo en imponer prohibiciones constitucionales al déficit -, es el de ciudadanos mejor informados que vean más allá de sus narices.

Hay, pues, que desenmascarar a San Nicolás. No existe. Los “regalos” que ofrece el político salen de nuestros bolsillos, especialmente de los bolsillos de los más fregados. De los bolsillos de aquellos cuyo único activo financiero es el billete o las monedas que día a día pierden valor.

© AIPE
www.aipenet.com

Ricardo Medina Macías es analista político mexicano
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