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LA MUERTE DE LA MUJER DE STALLIN

El suicidio de Nadejda Aliluyeva

El semanario ruso “Argumenti y Fakti” (Hechos y Argumentos) acaba de publicar una nueva versión del suicidio de Nadejda Aliluyeva, mujer de Iosif Stalin, tristemente célebre líder del estado bolchevique. Este suicidio siempre ha sido un misterio, tanto para los partidarios de Stalin como para sus detractores, y ha suscitado mucha polémica en la sociedad rusa. La nueva versión aparece en las memorias de Alexander Yakovlev, uno de los padres de la “Perestroika” soviética, que no están todavía publicadas. A su vez Yakovlev cita al ya fallecido presidente del Soviet Supremo (parlamento soviético), Anastás Mikoyán, uno de los íntimos colaboradores de Stalin.

Víctor A. Cheretski
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Según Mikoyán, el trágico suceso se produjo en la madrugada del 9 de noviembre del 1932. Stalin, su esposa y sus colaboradores más próximos se reunieron en la casa de campo del escritor Máximo Gorki. A Stalin le gustaban las cenas festivas nocturnas que duraban de tres a ocho horas, a veces hasta la madrugada. Eran sus juergas preferidas, donde, además de beber y comer sin límite, se tomaban decisiones políticas. Pero esta vez el “padre de todas las naciones del mundo”, como se autodenominaba, no pensaba en la política rusa, ni en la revolución mundial. Su atención se centraba en el enorme escote de una joven actriz que vino a la fiesta acompañada por Mijail Tujachevski (mariscal, fusilado posteriormente por ser “enemigo del pueblo” y “agente del imperialismo mundial”).

El líder bolchevique hacía unas bolitas de pan que tiraba a través de la mesa, con muchas risas y sonrisas, en el espacio entre los dos senos muy generosos de la joven. Ésta última no sólo no se sentía molesta por la forma de ligar del adorado caudillo, sino que, todo lo contrario, estaba encantada y devoraba al “padre” con sus bonitos ojos.

Al parecer, todo esto no le gustó nada a Nadejda e intentó protestar. La reacción fue la de siempre: una grosería, algo como: “Cállate, p…”. La mujer se levantó y se dirigió hacia la puerta. Uno de los presentes intentó retenerla pero Stalin ordenó que la dejaran que se fuera. La fiesta siguió unas cuantas horas más cuando un mensajero informó que Nadejda acababa de suicidarse en la casa de campo de Stalin, en la localidad de Kuntsevo, en el suburbio oeste de Moscú. Utilizó un “walter 9A”, pistola pequeña de calibre 6,35 milímetros, un regalo de su hermano.

Stalin soportó muy mal esta muerte, aunque nunca visitó la tumba de su mujer en el cementerio de “Novodevichie” de Moscú. Era su segunda esposa, mucho más joven que él, con la que tuvo dos hijos: Svetlana y Vasili. Por supuesto, la historia con la actriz no fue el principal motivo del suicidio de Nadejda, aunque fue la gota que colmó el vaso. Las relaciones de la pareja no eran nada buenas. Stalin, déspota en la política, era igual en su familia. En 1926, tras aguantar varios años el carácter infernal de su esposo, Nadejda se fue de Moscú y se refugió con sus hijos en San Petersburgo. Luego tuvo que volver bajo las presiones de su todopoderoso cónyuge. Se sabe también que días antes de suicidarse se proponía irse a casa de su hermana, que vivía en la ciudad ucraniana de Jarkov.

La muerte de la mujer de Stalin tuvo consecuencias catastróficas para Rusia. El “padre de las naciones” se hizo todavía más bruto, pérfido, desconfiado y cruel. Ya nada podía ablandar su corazón, nada podía frenarle en el macabro camino de represiones masivas contra sus propios partidarios y, en general, contra el pueblo ruso. No se casó nunca más. Y además tenía una especie de celos por las mujeres de sus colaboradores. Por eso envió a los campos de concentración a todas las esposas de sus seguidores más íntimos, acusándolas de “actividades contrarrevolucionarias”. De esta forma ponía a prueba la lealtad de estas personas haciéndoles demostrar que lo principal para ellas era el “padre Stalin”.

Por otra parte, ya no había mujeres en las tertulias nocturnas de Stalin. Había sólo vino georgiano, el preferido por Iosif, mucha verdura y fruta. El mariscal Simeón Budiony tocaba el acordeón, mientras que Nikita Khrushov (futuro jefe del Estado soviético), borracho, servía de payaso, interpretando bailes ucranianos.
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