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BASURA SELECTA

¿En verdad se aman?

Hay que creer en el amor y en sus manifestaciones menos convencionales. Sin embargo, el idilio que están viviendo Marujita Díaz y el cubano Dinio (con luz y taquígrafos) no parece estar alentado precisamente por la llama de la pasión amorosa. Esta sospecha no tiene nada que ver con el viejo prejuicio que se cierne sobre las relaciones marcadas por abismales diferencias de edad. Sin duda, una mujer madura puede seducir a un hombre joven. Pero la veterana tonadillera cuenta con un historial de amores tan livianos como para no levantar suspicacias. Hay que concederles, sin embargo, el beneficio de la duda e intentar comprender qué les puede haber llevado a comparecer tan amartelados ante las cámaras de los reporteros gráficos.

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A sus casi setenta años, Marujita Díaz puede confesar que ha vivido mucho. Tal vez demasiado. La protagonista de películas tan entrañables como “Goodbye Sevilla”, “El ceniciento” o “Abuelita Charlestón” estuvo casada con Espartaco Santoni cuando el apuesto galán venezolano era un desconocido que intentaba encontrar acomodo en la vida social de la España de los sesenta. El matrimonio duró poco pero quedaron tan amigos. En el mejor momento de su carrera, Marujita compartió amores y tablaos con el joven bailarín Antonio Gades. Tal vez por el voraz apetito sexual de Marujita o por su inquebrantable adhesión al régimen franquista, Antonio Gades acabó huyendo despavorido para luego hacerse comunista y unirse en la lucha final con una Marisol que intentaba ser Pepa Flores. Abandonada y resentida después de dos fracasos amorosos, Marujita declaró a la prensa en 1968: “Solita vivo tan ricamente”. A partir de entonces, ese fue su lema, aunque ocasionalmente buscase a alguien para que le calentase las sábanas.

Entre galas y películas, cada vez más crepusculares, Marujita siguió despertando pasiones entre los caballeros hasta que empezó el lento pero inexorable declinar de su belleza. No supo asumir la madurez y empezó a abusar del colágeno, la silicona y los estiramientos faciales hasta quedar convertida en un híbrido de muñeca repollo y travesti brasileño, ya jubilado. Desde entonces, la vieja gloria de la Canción Española se dedicó a ofrecer idilios pactados a los fotógrafos de la prensa rosa. La puesta en escena de sus encuentros y desencuentros amorosos servía a los intereses promocionales de sus jóvenes y ambiciosos amantes, pero también le proporcionaba a ella la gloria efímera de los destellos luminosos de las cámaras en inauguraciones, cócteles, estrenos teatrales y otros saraos.

Hace dos años, Marujita vivió un idilio con Daniel Ducruet, sospechosamente parecido al que ahora nos vende con Dinio. Por aquel entonces, el antiguo guardaespaldas y ex-marido infiel de Estefanía de Mónaco pretendía ser cantante. Conocedora de sus dotes vocales, Marujita decidió apoyarlo, entre achuchón y achuchón, como si fuese su representante. Era tanto el interés de Ducruet por triunfar en España que tuvo el valor de declarar: “De Marujita me gusta todo, desde el pelo hasta los pies”. Sin embargo, Marujita no consiguió convertir al fibroso Daniel en el nuevo Charles Aznavour. De repente, la llama del amor entre la venerable dama y el apuesto chançonier se extinguió, justo cuando alguien debió pensar que ya no tenía demasiado sentido seguir insistiendo en la promoción de Ducruet como cantante.

De Dinio sabemos bien poco, pero acabaremos sabiéndolo todo. En un par de meses, si el amor no se enfría, es posible que salgan a escena sus antiguas novias, los novios de sus antiguas novias y un par de hijos no declarados. Será la hora de los desmentidos que también se pagan. De momento, debemos conformarnos con saber que Dinio nació en Cuba y está muy bien dotado, como certifican unas fotos publicadas recientemente. Suponemos que Marujita debe estar encantada aunque a ella lo que le pierden son los micrófonos. En una de sus últimas comparecencias ante las alcachofas de la prensa rosa ha declarado que ya ha fijado la fecha de la boda aunque no el precio de la exclusiva. Dinio tampoco calla e incluso tiene más valor que Ducruet al haber declarado: “Maruja y yo estamos todas las noches de luna de miel”.

Pero no seamos malpensados y dejemos que esta singular pareja siga tan acaramelada. Al fin y al cabo, nuestra pulsión cotilla se alimenta de este tipo de relaciones paranormales. ¿De qué si no íbamos a hablar en el supermercado?
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