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Esprit de géométrie y Esprit de finesse

Al elaborar los planes educativos que mejor podrían servir para la formación del individuo siempre se ha tenido en cuenta la distinta inclinación que pueden mostrar los alumnos hacia las asignaturas que llamamos de ciencias o de letras. Esta diferencia de interés suele ir acompañado de una distinta aptitud natural que llama la atención de educadores, psicólogos y también de científicos especializados, los cuales tratan de relacionarla con las diferentes áreas del cerebro humano.

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A esta diferenciada capacidad se refería ya Pascal en el siglo XVII cuando hablaba del Esprit de géométrie y del Esprit de finesse.

Pascal había abandonado a los treinta años su pasión por la física y las matemáticas para dedicarse al estudio profundo de la religión cristiana. Después de su muerte, acaecida el año 1662, entre sus papeles aparecieron múltiples reflexiones de índole moral y religiosa que fueron editadas bajo el título de Pensées sur la religion et sur la morale y que han pasado a la historia de la literatura con el abreviado título de Pensées.

Quería Pascal convertir al descreído con demostraciones rigurosas, construidas al modo de las pruebas geométricas que constituyen los Elementos de Euclides, base de la formación matemática de los estudiosos de su época.

Al enfrentarse a su tarea se topó con individuos que le sorprendían por su habilidad para la elaboración de correctísimas deducciones lógicas pero incapaces de percibir la realidad más cercana. Por el contrario, en otros descubría un rechazo visceral al pensamiento riguroso de las construcciones lógicas más abstractas.

En su intento por explicar estas diferencias que parecían naturales al individuo, estableció dos tipos de inteligencia que, desde entonces, han sido referencia común de muchos educadores. Para Pascal existía un esprit de géométrie que se contraponía a lo que llamó esprit de finesse.

No mostró Pascal especial predilección por una u otra forma del espíritu, antes bien, consideraba la necesidad de conjugar ambas cualidades en aquel que aspirara a estar bien formado. Un espíritu verdaderamente recto debía estar dotado de intuición y sensibilidad al mismo tiempo que de una capacidad de razonamiento riguroso.

La educación ha atravesado distintas épocas en las que fuerzas políticas, sociales y económicas han hecho que unas veces cobrara mayor importancia la formación científica y otras la formación humanística del individuo, olvidando, a veces, la sensata recomendación pascaliana de no desdeñar ni la una ni la otra.

Ello explica, quizás, que encontremos matemáticos capaces de elaborar un riguroso proceso deductivo y demostrar verdades lejanas al uso común y que nos sorprenden con una extraña torpeza para juzgar los hechos cercanos que mayor trascendencia tienen para la vida de los individuos. Se encierran en un mundo muy especializado, desconectado de la realidad, y, a menudo, incluso, demuestran una falta de moralidad que sólo podría explicarse por la soberbia que les confiere la capacidad que han demostrado para comprender lo que a muy pocos es accesible.

Asimismo, cuántas veces los científicos se han sentido sorprendidos por la torpeza matemática de individuos a los que consideraban dotados de una clara inteligencia y de una extraordinaria lucidez para comprender las distintas situaciones que en la vida se presentan.

Es inevitable que todo aquel que se dedica con exclusividad a profundizar en una u otra rama del saber se desentienda de otras ocupaciones o intereses que puedan entorpecer su trabajo. Por eso es tan importante que los planes de estudio previos a la elección profesional supongan para el joven la oportunidad de acceder a una formación lo más completa posible.

Desde que Esperanza Aguirre destapó la caja de los truenos y puso sobre el tapete la pobreza de los programas de las materias llamadas tradicionalmente humanísticas, el estudio de las Humanidades ha recibido una especial atención por parte de políticos y medios de comunicación.

Los matemáticos, no quieren quedarse arrinconados y se esfuerzan por demostrar lo absurdo que sería hablar de humanidades dejando al margen la ciencia. Recurren para ello, con cierta frecuencia, a las palabras del matemático alemán Karl Gustav Jacobi quien sostenía que la finalidad primordial de la ciencia era “rendir honor al espíritu humano”.

No cabe duda que corren tiempos en que las humanidades se han puesto de moda. No estaría pues, ahora de más, recordar las palabras de nuestro ilustre matemático del siglo XX, Julio Rey Pastor, aparecidas en un artículo publicado por la revista argentina Síntesis el año 1927:

“Desde los tiempos de Pascal se ha pretendido establecer una antítesis entre el esprit géométrique y el esprit de finesse, y no sólo con carácter excluyente sino integrante, pues no faltan buenas gentes que, por carecer del primero, ya creen poseer el segundo”.
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