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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Estafas y mentiras de la leyenda comunista (II)

EL ASUNTO KRAVCHENKO. Los años inmediatamente posteriores a la liberación en París fueron años curiosos junto a una gran alegría y a un ambiente de fiesta permanente, como hubiera querido ser la movida madrileña salvo en cuestión de drogas, ya que la movida fue esencialmente eso, ambiente festivo que se justificaba por el fin de la guerra, de la ocupación nazi, de la penuria, pero que duró más años de los previstos y que, en mi caso, coincidían con una adolescencia muy libre aunque económicamente pobre. En medio, pues, de esa euforia casi general, estalla el escándalo Kravchenko. Para entender las repercusiones de dicho escándalo hay que precisar que el “espíritu de la Resistencia”, el marxismo-leninismo, el PCF y el prestigio de la URSS, dominaban las mentes y los medios informativos.

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La URSS, por ejemplo, no era una de las potencias que habían vencido sino la única potencia vencedora. La gigantesca aportación a la guerra y a todos los niveles de los USA, o la heroica soledad de Gran Bretaña frente al nazismo durante años, estaban ocultados o negados. Y la traducción al francés en 1947 del libro “Yo elegí la libertad”, ya célebre y muy vendido en otros países denunciando el totalitarismo soviético y su Gulag, chocaba frontalmente con el conformismo progre dominante.

Confieso que yo sin ser aún militante me creía casi todo de la mentira comunista, no entendía muy bien el porqué de tan desmesurado escándalo. Ya se habían publicado otros libros antisoviéticos, desde luego insultados y sus autores difamados, como, para dar el ejemplo más conocido, “El cero y el infinito” de Arthur Koestler, que no habían despertado una tal furia, un tal odio. Hoy, ese escándalo se explica fácilmente, creo: si el de Koestler era un libro apasionante y muy crítico, en novela se quedaba, mientras que el de Kravchenko era el testimonio de un funcionario soviético que se había aprovechado de un viaje oficial a EE.UU en 1943 para “elegir la libertad” y denunciar el totalitarismo. Lo hace en los USA, o sea, en un país aún en guerra contra el nazismo.

Además pocos años más trade en 1947-48, algunos como David Rousset, ex trotskista y ex deportado en los campos nazis, después de haber denunciado en dos libros la actividad de los “kapos” comunistas en dichos campos, había iniciado una campaña internacional de denuncia de los campos soviéticos. Había que censurar definitivamente y como fuera la voz de la verdad. Si toda la prensa comunista, que era impresionante por aquel entonces, atacó a Kravchenko, fue curiosamente “Les Lettres Françaises”, semanario cultural del PCF, el encargado de librar la principal batalla contra Kravchenko y su testimonio. En 1947 este semanario no estaba dirigido por Aragón y su lugarteniente Pierre Daix, quienes dirigían Ce soir, el vespertino del PCF (fundado en 1937 con dinero robado a la República española, dicho sea de paso).

Se hicieron con la dirección de “Les Lettres Françaises” cuando Ce soir tuvo que cerrar por falta de lectores. Ahora pienso que si el PCF eligió a ese semanario literario, fundado clandestinamente bajo la ocupación nazi por Jacques Decour (fusilado por los nazis) y Jean Paulhan (ese magnífico resistente quién protestó, valiente y solitario, contra una depuración de los medios intelectuales absurda e injusta, conducida por los comunistas después de la guerra) era porque siendo precisamente cultural y no portavoz oficial del PCF podía pedir a ilustres intelectuales, comunistas o no, sus testimonios y sus apoyos incondicionales a la URSS contra Kravchenko. Y así fue. Porque ¿quién en 1947, 48, 49 en las seudo elites políticas e intelectuales francesas iba a reconocer que la URSS era una país totalitario con millones de inocentes en su Gulag? Nadie se atrevía. Ni Mauriac, ni Merleau Ponty, ni Sartre, ni Camus, etc. Nadie.

Fueron evolucionando poco a poco y para algunos es posible que el libro y el proceso influyeron en su evolución. Si Camus claramente y Merleau-Ponty confusa y tímidamente evolucionaron hacia el antitotalitarismo, Sastre, a partir de la Guerra de Corea (1950), se convirtió en el más asqueroso de los propagandistas sin carné del comunismo totalitario. El más lúcido de todos fue, ya entonces, Raymond Aron.

¿Cuál era la base de la conspiración comunista contra Kravchenko?. Lo primero, evidentemente, que todo lo que contaba en su libro era falso; en la heroica URSS, única vencedora del nazismo, no había Gulag, no había censura, no había cárceles, no había Inquisición, no había injusticias, ni explotación, ni miseria, si aún no era el paraíso terrenal por culpa del cerco imperialista, a eso iban con paso decidido victoria tras victoria. Pero no se limitaban a su propaganda habitual, declararon que Kravchenko no existía, que era un invento de la CIA, que no sabía ruso y que por lo tanto no había podido escribir “Yo elegí la libertad” en ruso, que ese “engendro” lo había redactado una comisión montada por la CIA con mencheviques.

Como si tal cosa, los mencheviques, o sea los socialdemócratas rusos no bolcheviques, se convertían en agentes de la Gestapo primero, de la CIA después. Como los trotskistas, vaya.

Kravchenko plantó querella al semanario para defender la verdad y su honor y el juicio comenzó el 24 de enero de 1949. Fue un proceso muy mediático, se diría ahora, el Tout-París político y cultural asistió como testigo o entre el público. Pero yo sólo veo a una señora aún relativamente joven, de apariencia humilde, corresponsal de un semanario del exilio ruso: “El Pensamiento ruso”, un semanario que existía en París antes de la guerra pero que los nazis prohibieron por ser liberal y luego siguió prohibido mientras hubo ministros comunistas en el Gobierno de Gaulle, con André Malraux, ministro de Información.

Los socialistas que habían echado a los comunistas del Gobierno de 1947 (era otro partido socialista) habían autorizado la salida del “Pensamiento Ruso”. Algún erudito debería proponer a algún editor como Circe editar un libro sobre este semanario, en donde no sólo publicó Nina Berberova, de la que aquí se trata, sino también V. Nabokov, M. Heller y tantos otros, flor y nata del pensamiento ruso precisamente. Durante los dos meses que duró el proceso, Nina Berberova asistió con desgarramiento al derroche de mentiras prosoviéticas, proferidas por católicos como Martín-Chauffier, por premios Nobel, como Joliot-Curie (este comunista y físico nuclear también ayudó a la URSS para su bomba atómica) por generales, ministros, escritores, etc. Al lado de tantos famosos, Calude Morgan, director entonces del semanario y su editorialista André Wurmser parecían patéticos escribidores quienes repetían como contestadores automáticos: “Kravchenko es un fascista, todo anticomunista y antisoviético es un fascista”, y lindezas por el estilo que aún se pueden leer en la prensa española a veces con adaptaciones geográficas.

Claro, también hubo testimonios a favor de Kravchenko y sólo citaré uno, el de Alejandra Buber-Neumann (deportada en los campos soviéticos y que Stalin regalará a Hitler con otros alemanes antinazis, en el momento del Pacto nazi-soviético y que conocerá los campos nazis). Ha publicado sus memorias de deportada en los dos sistemas concentracionarios totalitarios.

Si la gran señora y buena escritora que fue Nina Berberova se estremece durante el juicio, ante tanta mentira pro soviética, ante tanto odio, más tarde escribiendo sus memorias “Quien subraya soy yo”, se indigna al constatar cómo, años después, con la publicación de los primeros textos de Soljenitsyn y de otros disidentes que confirman y amplían el testimonio de Kravchenko y su denuncia del totalitarismo, ninguno de los que le calumniaron, insultaron, desearon su muerte a voz en grito, ninguno tuvo el valor de declarar siquiera: “Me he equivocado. Kravchenko tenía razón”.

Peor aún, en este país en donde tantos exigen memoria y conciencia histórica, abundan los que como Haro Tecglen y sus contertulios de “El País” siguen afirmando que Kravchenko fue un estafador, agente de la CIA. Hasta Rafael Conte en una tercera de ABC lo calificaba así recientemente. El tribunal dio la razón a Kravchenko y condenó a las “Lettres Françaises”. En cambio se declaró incompetente para juzgar la naturaleza del régimen soviético. Varios años después del proceso el cadáver de Kravchenko fue hallado en un hotelito de Nueva York. La tesis oficial fue suicidio...
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