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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Estafas y mentiras de la leyenda comunista (V)

Los esposos Rosenberg. Abro mi Enciclopedia Larousse, edición de 1989, leo, traduzco y resumo: “Los partidarios de los esposos Rosenberg (acusados de espionaje atómico a favor de la URSS) organizaron grandes manifestaciones con el fin de obtener la revisión del proceso considerando que se trataba de una manipulación policíaca ligada a la ola anticomunista que sacudía a los Estados Unidos. Sin embargo, los Rosenberg fueron condenados a muerte (1951) y ejecutados (1953) sin que su culpabilidad hubiera sido demostrada”. Tratándose de una enciclopedia, en principio, objetiva, una sarta de mentiras tal, en tan pocas líneas, da escalofríos. Imaginemos la profusión de mentiras de esta índole sobre la leyenda comunista publicadas en libros de Historia de la enseñanza obligatoria, o por editoriales “independientes” en todo el mundo occidental. Y en la prensa.

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Cuando, hace un par de años, hubo en los USA un intento fallido de rehabilitación de los Rosenberg ante los tribunales, Javier Valenzuela, director durante dos horas y quince minutos de “El País”, y enviado como corresponsal a aquel país para quitársele de encima, titulaba su artículo: “Los Rosenberg inocentes”. Pues los Rosenberg eran totalmente culpables de lo que se les acusaba: eran espías soviéticos, funcionarios del NKVD (luego KGB). Precisaré que siendo adversario de la pena de muerte, lamento esta como las demás ejecuciones. Pero eran culpables y la campaña, que aún perdura, para convencer a los idiotas internacionales de que en los USA, como en la URSS, reinó durante años la intolerancia y la represión es sencillamente indecente.

Julius Rosenberg, ingeniero electricista de profesión, ingresó en el PC norteamericano muy joven y siempre acompañado, hasta la muerte, de su mujer Ethel, inicia sus contactos con los servicios secretos soviéticos en 1938. Yo siempre he pensado que hubo una diferencia notable entre la actividad de los PC de Francia e Italia (que lograron durante algún tiempo, a partir de 1944, convertirse en “partidos de masas” con todo tipo de actividades políticas, sindicales, culturales y lanzar sus campañas de desinformación y propaganda a partir de su propia y abundante prensa) con la de países como el Reino Unido y los USA, en donde nunca hubo verdaderos partidos comunistas y la actividad de los círculos comunistas fueron esencialmente el apoyo al KGB, que no podían camuflar en el seno de múltiples actividades y a través de famosos, ingenuos o corruptos, la propaganda prosoviética.

Julius y Ethel se lanzan con entusiasmo a esa actividad de espionaje que consideraban como una actividad normal de militantes comunistas, ya que el apoyo incondicional a la URSS era la clave de toda acción comunista en el mundo. Por aquellos años, y aunque los USA estén muy lejos de Europa, están muy cerca —y viceversa—, la lucha contra el nazifascismo exaltaba a muchos intelectuales y no sólo a los intelectuales. Este “frentepopulismo” cobró a veces aspectos grotescos debido a su prosovietismo. Un ejemplo: cuando Walter Krivitsky, uno de los dirigentes del NKVD para Europa “deserta”, y se refugia en EEUU, y publica su libro fundamental “Agente de Stalin”, en donde denuncia, entre muchas otras cosas, los acuerdos secretos entre los nazis y los soviéticos, un nutrido grupo de 500 intelectuales yanquis, encabezados por Clifford Odets y Danhiell Hammet, denuncian en anuncios publicitarios en la prensa al autor como agente nazi o “hitlerotrotsquista” muy pocos días antes de que el Pacto nazi-soviético se hiciera oficialmente público, dando toda la razón a Krivitsky. Dicho pacto no parece haber turbado en absoluto a los esposos Rosenberg como tampoco al 99,9 por ciento de los comunistas del mundo entero.

Durante cierto tiempo yo me preguntaba por qué Pavel Sudoplatov, que se vanagloria de sus hazañas criminales: el asesinato de Trotski, el descubrimiento de los secretos del arma atómica en los USA y un larguísimo etcétera, trata a los Rosenberg de manera displicente: fueron simples “correos”, “enlaces” sin importancia. (“Misiones especiales”, Ed. Le Seuil, 1994. El prólogo de Robert Conquest subraya la importancia de este siniestro documento). Releyendo, para este artículo, las páginas dedicadas a este caso, la explicación me pareció evidente. Era precisamente por la importancia de los Rosenberg como espías, que se le criticó duramente en Moscú a Sudoplatov, por su “falta de vigilancia” que había permitido el arresto de tan valiosos agentes.

Casi cuarenta años después de los hechos, dictando sus memorias o parte de ellas, Sudoplatov mantiene su línea de defensa, negando importancia a los Rosenberg y añadiendo, con cinismo, que de todas formas su juicio y ejecución constituyeron un magnífico acto de propaganda orquestado por los PC a través del “Movimiento de la Paz” a favor de la URSS y contra USA. Y es cierto, la campaña a favor de los Rosenberg, infelices víctimas inocentes de la crueldad inaudita del anticomunismo fascista de los imperialistas norteamericanos, fue impresionante. La amplitud de la protesta, que no puede compararse a nada actualmente, superó incluso las protestas contra el juicio y ejecución de Sacco y Vanzetti con una sola diferencia que pasó desapercibida, Sacco y Vanzetti eran inocentes, los Rosenberg, no.

En su libro “Misiones especiales”, impresionante guía para un viaje al infierno totalitario, Sudoplatov, como han pasado tantos años, añade un aspecto del problema nunca comentado, que yo sepa: la máquina totalitaria, con sus diferentes caretas, se aprovechó del proceso Rosenberg para atacar a los USA, país imperialista, heredero del nazismo alemán, y por lo tanto, antisemita. En el mismo momento, dice Sudoplatov, en que Stalin lanza en la URSS una gigantesca campaña antisemita, encubierta bajo el manto del “antisionismo”, cuyo arranque fue el arresto por falso complot de los “blusas blancas” (aquellos infelices médicos judíos acusados y detenidos por preparar el asesinato de Stalin), campaña que preveía la deportación masiva de los judíos al Gulag y que abortó, pero sólo parcialmente, con la muerte de Stalin en marzo de 1953, los servicios soviéticos lanzan, en torno a los Rosenberg, su propaganda contra el “antisemitismo” en los USA. Y lo lograron, todos se comieron el anzuelo, la caña y hasta el pescador.

Si hoy afirmas, como afirmo, que la URSS, desde los años treinta hasta Brejnev, y sobre todo en tiempos de Stalin, reinaba un antisemitismo estatal y partidista, encubierto con la máscara del “anticosmopolitismo” primero, del “antisionismo” después, nadie se los cree, pese a la abundancia de testimonios.

Aquel periodo de los años 50 en USA es importante para la propaganda comunista debido al llamado “mac-carthismo”. O sea, a la “Comisión sobre actividades antiamericanas” nombrada por el Senado y disuelta por ese mismo Senado porque se pasó de la raya, como se dice en el Café de Chinitas. Algún día trataré con más detalle de esta estafa de la leyenda comunista, por ahora sólo diré lo siguiente: las actividades del senador Mac Carthy, incluso basándose en una realidad: existía una red de espionaje, sabotaje, y desinformación clandestina soviética en los USA que contaba con la colaboración de bastantes intelectuales, artistas y científicos norteamericanos, intentó crear unos “tribunales de la Inquisición”, intolerables en un país democrático que no las toleró, disolviendo dicha comisión.

Ya en 1951 el propio presidente Truman declaró: “El senador Mac Carthy es la mejor baza del Kremlin”, debido a sus excesos. Pues vayamos al grano: dicha Comisión inquietó, algunos hasta perdieron su empleo, a unas mil personas a lo sumo y llevó a la cárcel a una decena durante más o menos ocho meses. Demasiado, desde luego. En la URSS, por las mismas fechas, aún se sigue discutiendo si, por lo que se califica de “delito de opinión” hoy, eran diez o quince los millones de deportados en el Gulag. Y no hablamos de las ejecuciones masivas en el propio Gulag o en la Lubianka. Véase sino el “Libro Negro” como el “Archipiélago del Gulag” de Sholzenitsyn.

La abundancia de documentos sobre el espionaje soviético en los USA es tal que ni siquiera intentaré resumirles, me limitaré a decir dos cositas sobre los Rosenberg. En 1944, Krasnikev, responsable del espionaje soviético en aquel país (véase “Los Archivos Mitrokin”) se “queja” de que los informes enviados por la red de Julius (apodado “Antena”, luego “Liberal”, ja, ja) eran tan abundantes que no se lograban descifrar, traducir y archivar, y hubo que recomendarle moderación. Desde la guerra, o sea, desde 1942/43, todos los esfuerzos del espionaje soviético giraban en torno al robo de los secretos de la fabricación de la bomba A que los USA estaban a punto de concluir, y concretamente, en su centro de Los Álamos.

Pues resulta que en Los Álamos trabajaba un sargento mecánico, David Greenglass, cuya mujer, Ruth, era nada menos que la hermana de Ethel Rosenberg y asimismo resulta que la pareja Greenglass también era comunista y cuando los cuñados y camaradas les propusieron espiar a favor de la URSS aceptaron con entusiasmo. “Era joven, ingenuo, pero comunista convencido”, declaró más tarde David Greenglass. No parece que esto descubriera nada de particularmente fundamental, pese a su buena voluntad. Pero el FBI, que también tiene tareas de contraespionaje, investigaba sobre las verdaderas actividades antiamericanas, nazis durante la guerra, y soviéticas, y descubrió la labor de espía de Greenglass —y de muchos otros agentes—. Detenido, David, denunció enseguida a los Rosenberg como responsables de toda la red y estos fueron detenidos y conocieron su triste (o heroico, para los paleoleninistas) destino.

Sudoplatov, como otros ex responsables del KGB, farolean en sus memorias sobre la eficacia de sus servicios, que lograron, entre mil maravillas, descubrir los secretos atómicos norteamericanos, pero es probable que exageren porque la labor de los científicos comunistas, o simpatizantes, Fuchs, Fermi, Joliet-Curie, Pontecorvo (el hermano del cineasta) y varios más, y por lo visto, hasta el propio “padre de la bomba A” norteamericana, Oppenheimer, y sin hablar ya de los soviéticos, como el propio Sajarov, más conocido por su posterior lucha contra el totalitarismo, han desempeñado un papel tanto o más importante para dotar a la URSS del arma atómica, primero, nuclear, después. Los espías, como, pongamos, los ministros, siempre tienden a exagerar su papel histórico.
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