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CRóNICAS COSMOPOLITAS

Estafas y mentiras de la leyenda comunista (VII)

Los “kapos” comunistas en los campos nazis. Me serviré de una anécdota como introducción, una anécdota sacada de un libro recientemente publicado ”Le mort qu’il fant” (“El muerto necesario” o algo así) en el que Jorge Semprún cuenta como estando en Buchenwald, en 1944, se recibió en Berlín una petición de información sobre el deportado JS y la potente y eficaz organización comunista del campo, temiendo que aquello podía ser peligroso, escondió al camarada español en la enfermería junto a un moribundo, de forma que cuando este muriera —y siempre se podía concretar esta muerte si el moribundo resistía—, su cadáver fuera evacuado bajo el nombre de Jorge Semprún, y este salir de la enfermería con el nombre del estudiante difunto.

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Pero estas precauciones fueron innecesarias porque lo que había llegado de Berlín era sencillamente una petición del embajador franquista en París, Félix de Lequérica, pidiendo noticias sobre Jorge Semprún. El autor no nos dice exactamente lo que preguntaba el embajador y si se le contestó y qué, sólo que algunos de sus camaradas comunistas alemanes, dirigentes de los “kapos” del campo, se pusieron moscas al saber que un embajador franquista, un fascista aliado a Hitler por lo tanto, se interesaba por él.

Todo termina bien, tanto más fácilmente que todo está inventado. Da la casualidad de que yo, a finales de 1943 (acababa de cumplir 17 años), acompañé a nuestro padre en esa visita al embajador (he contado la escena en mi libro: “El exilio fue una fiesta”) y cuando Jorge volvió en mayo de 1945 estuvimos hablando de las torpes gestiones de nuestro padre y muy concretamente de nuestra visita a Lequérica, y Jorge afirmó varias veces que no habían servido para nada y que jamás tuvo el menor eco de nada, ni de la cárcel de Auxerre, ni en Buchenwald. Las mentiras, exageraciones, invenciones, se justifican en literatura cuando están literalmente logradas, pero si los garbanzos refritos suelen ser muy sabrosos, los refritos en literatura pierden todo sabor.

Pero lo peor es que aparentando audacia —situándose siempre en la incierta frontera entre el héroe positivo estalinista y el Superman de los tebeos— muestra algo, no mucho, un tobillo de la actividad real de los “kapos” comunistas en Buchenwald (la misma que en otros campos), pero para escamotear la realidad de los hechos. Las mentiras eficaces, bien sabido es, se basan parcialmente en verdades, y aquí como en sus demás libros, como en toda la literatura comunista o precomunista sobre los campos nazis, si se insultan y se trata de criminales cómplices de los nazis a los “kapos” cuando son, por ejemplo, comunes, cuando se trata de comunistas como en Buchenwald, pero no sólo, quienes realizan exactamente las mismas tareas a las órdenes de los nazis, se convierten en heroicos resistentes.

Como en prácticamente todo sistema carcelario y en este caso concentracionario, las autoridades penitenciarias se hacen ayudar por una selección de presos, quienes realizan a sus órdenes ciertas tareas administrativas o domésticas. Hay presos que se ocupan de la biblioteca, otros que distribuyen el correo y cosas así, y en los campos nazis hay deportados que se ocupan de seleccionar a los muertos que exigen las SS nazis. No es exactamente lo mismo. La labor de los “kapos” a las órdenes de los nazis no sólo será llevar concretamente la tendencia cotidiana (lo cual les permitía comer algo mejor que los demás hambrientos deportados), sino también seleccionar a los deportados para esos tremendos “comandos de trabajo” en donde morían como moscas debido al agotamiento, al hambre y a las enfermedades. Y lo peor, cuando los nazis decidían, para mantener el terror y la disciplina después de cualquier disturbio, cualquier acción considerada como un sabotaje, que se les entregara 50, 100 o más deportados para ser fusilados o gaseados, pour l’exemple. Como asimismo fusilaban 50, 100 o más rehenes cuando en cualquier lugar de Europa ocupada por los nazis se había producido un atentado. Y eran los propios “kapos” deportados quienes estaban encargados de seleccionar a las futuras víctimas que serían ejecutadas al alba. Evidentemente no enviaban a la muerte exigida por los nazis a sus camaradas, enviaban a los otros, los que fueran, pero si se trataba de “trotsquistas” eran los primeros seleccionados.

De esta tremenda realidad que plantea inmensos problemas éticos, ningún comunista o ex comunista ha hablado jamás y ese silencio cómplice nos hace pensar que aún fue peor de lo poco que se sabe. No sólo obedecieron a las órdenes, y no tenían más remedio que obedecer, sino que tal vez para eliminar a deportados considerados por ellos como enemigos políticos les denunciaban a las SS, les liquidaban.

David Rousset ha escrito sobre este tema pero él era “trostquista” y se salvó de milagro del doble peligro de muerte, el evidente de los nazis y el solapado de los comunistas. Alejandro Soljenitsin en su obra maestra, poco o mal leída, “El Archipiélago del Gulag”, no presenta un panorama embustero, demagógico de la realidad concentracionaria, no oculta nada de la lucha, a veces sórdida, de los zeks, los deportados, para sobrevivir, pero no miente, dice las cosas como son, hasta justifica la legítima defensa a menudo sangrienta de los deportados contra los “kapos” soviéticos”. Ante tales extremos de horror es imposible, desde luego, juzgar las cosas como si se tratara de elecciones municipales o de una huelga para exigir aumento de salarios. Pero ¿por qué mienten y ocultan tanto? Trágico y discutible, pero más honesto hubiera sido afirmar: no teníamos más remedio que matar o morir. Pero claro eso hubiera sido abrir las puertas a un horror que es preferible ocultar para que lo poco que queda hoy de la leyenda comunista permanezca.

Algo así como una respuesta ingenua e involuntariamente atroz nos la dio Robert Antelmo. Este resistente deportado, como no era comunista, fue enviado a aquellos “comandos de trabajo”, a los que sobrevivió también de milagro. Lo cuenta en su único libro: “La especie humana”. Cuando vuelve a París en 1945 y después de varios meses entre la vida y la muerte en hospitales, logra curarse e ingresa en al PCF. Su amigo, el librero-editor José Corti, le increpa ¿cómo has podido meterte en ese partido que ha matado a mi hijo —enviado por los “kapos” comunistas a uno de esos “comandos de trabajo”— y que un poco más y te mata a ti debido a su criminal colaboración con los nazis? Antelmo le responde: (el texto de esa carta está publicado en la revista parisina Lignes, no. 33, marzo 1998):

”1º- Eran los campos del fascismo. (Indiscutible salvo que históricamente se trate del nazismo). 2º- Los hombres más amenazados eran los únicos verdaderos combatientes antifascistas: los comunistas.” Cito otro extracto: ”La muerte del fascismo en el porvenir estaba condicionada ante todo por la supervivencia de los comunistas”. Esto lo escribe Antelmo en 1949 cuando fascismo y nazismo han sido barridos para siempre por los ejércitos aliados, pero no, claro, la propaganda “antifascista” que se utilizará contra el “imperialismo yanqui”.

Pero lo más grave, evidentemente, es aquello de considerar a los comunistas como los únicos verdaderos combatientes antifascistas, una raza superior que tenía derecho de vida y muerte sobre el resto de la Humanidad. Todo lo que hacían se justificaba por lo tanto, en nombre de la racionalidad histórica: en la URSS totalitaria, se justifica el Gulag, y en los campos nazis se justifica la colaboración con los nazis porque ellos no son deportados como los demás, antinazis como los demás, no son superiores porque están en “el sentido de la Historia”. Pues la Historia, que tiene un sentido macabro del humor, registra que Robert Antelmo, como Margarito Duras y otros, fue expulsado del PCF en 1950 sobre la base de un informe denunciador redactado por un tal Jorge Semprún.

(N.E. En una de mis antiguas crónicas me equivoqué de apellido, fallo de memoria o lápsus freudianos, le nombré Lucio Muñoz a Lucio Urtubia. Me dí cuenta de mi error al leer la noticia de la traducción y publicación del libro de Bernard Thomas sobre este ilustre “bandolero”, libro que, dicho sea de paso, es para morirse de risa en un rincón).
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