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Fragmento de "Maldito amor"

Esta semana se ha presentado Maldito Amor, el primer libro de nuestra colaboradora Teresa Doueil, editado por Espasa. A continuación publicamos el apartado titulado “No hablamos de sexo” correspondiente a las páginas 214 a la 218.

Teresa Doueil
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NO HABLAMOS DE SEXO

Cuando saltó a los medios de comunicación el asunto Clinton-Lewinsky tuve la impresión de que con tantos datos facilitados por sus adversarios, los republicanos, sabía más de los deseos sexuales del presidente de los Estados Unidos que de los de mis amigos. Todos somos muy pudorosos a la hora de hablar de sexo, de lo que hacemos o no hacemos, de lo que nos gusta o no nos gusta; parece que es hasta una falta de educación hablar de sexo. Así que si no fuese por la literatura y por los informes sexológicos de última generación -porque los anteriores están llenos de errores- poco podríamos comprobar sobre la realidad del sexo, y de paso contrastarlo con lo que a cada cual nos gusta.

Sabemos que en cada dormitorio donde se acuestan un hombre y una mujer hay un mundo diferente, pero no sabemos cómo es. Podemos conocer asuntos bien íntimos de nuestros amigos, pero en muy raras ocasiones obtenemos datos concretos sobre la frecuencia en que hacen el amor, posturas, fantasías... Sin embargo, desde que conocí los datos de la investigación de Elberdin y los he contado a ciertos grupos, he constatado que la gente tiende a confirmar, sobre todo las mujeres, que son ciertos y que es necesario que se conozcan. Las mujeres no se atreven a hablar de su sexualidad a sus maridos y amantes.

Aunque se habla muy poco de sexo, las mujeres, en determinadas ocasiones, hablamos más profundamente que los hombres. Ellos, al parecer, cuando se refieren al sexo cuentan sus aventuras sin entrar en detalles; comunican a otros de su mismo sexo sus éxitos con las mujeres a modo de trofeos. Las mujeres, aunque también tienen sus aventuras, son más recatadas en sus exposiciones; porque el alarde sexual femenino sigue estando aún muy mal visto, aunque esto también está cambiando.

«Ahora entiendo a los hombres. Después de una relación con mi novio de cinco años, me he propuesto ligar como ellos; y es facilísimo, te lo pasas en grande», me decía una mujer de treinta y dos años. Pero como con los amigos no practicamos el sexo, que hablemos o no hablemos no tiene mayor importancia; lo extraño es constatar que quienes lo practican no hablan de ello.

En la comunicación de la intimidad sexual es esencial expresar lo que uno desea, porque nos da sensación de libertad. Así, se le expresa al otro que confío en que va a darme lo que necesito en ese momento. Es la única forma adecuada para que el otro conozca lo que en realidad me satisface sexualmente y decida, si quiere, complacerme o no. Para muchas personas resulta excitante expresar o escuchar las sensaciones de placer que la pareja manifiesta durante el encuentro sexual. Es una forma de compartir la intimidad sexual de una manera abierta y espontánea, sin inhibiciones.

Para una relación sexual satisfactoria es fundamental que haya la suficiente libertad y confianza para abandonarnos al placer. Si nos sentimos exigidos por nosotros mismos o por el otro estamos bloqueando esa capacidad para la entrega. «Es distinto expresar lo que deseo, y estar abierto a que el otro pueda o no pueda dármelo, a exigirle algo a mi cónyuge», aclara Díaz Morfa. Si atendemos a los terapeutas, los hombres suelen expresar los deseos sexuales más que las mujeres. «El varón suele pedir más lo que le gusta, la mujer arrastra más represión para manifestar sus deseos con libertad. Ahora, las chicas jóvenes piden a sus amantes lo que les gusta que les hagan, y eso está muy bien», apunta Díaz Morfa.

Pero precisamente las parejas que van a las consultas de sexología son las que no tienen este grado de intimidad. No solo les da pavor comunicar sus deseos, sino que pueden hasta ocultar el dolor que sienten en el sexo por no molestar a sus amantes. La realidad a veces es siniestra, como demuestra este caso real. «Suelo comentar a mis alumnos el caso de un hombre que durante más de diez años le acariciaba con cierta violencia el clítoris a su pareja, y ella gemía. Él lo interpretaba como una manifestación de placer, cuando realmente era una muestra de dolor. Esta mujer tenía un sentimiento de temor y con su silencio lo único que hacía era deteriorar aún más su relación sexual.»

El ejemplo del psiquiatra José Díaz Morfa podrá parecer exagerado; pero en las consultas de los sexólogos he podido escuchar miedos y temores como los del caso descrito verbalizados con frases como: «temo que lo que tengo que decir enfadará a mi marido», «si expongo mis verdaderos sentimientos, quizá más tarde me arrepienta», «no me atrevo a decirle lo que deseo» o «no le interesan mis necesidades». Las personas que se expresan así han acudido a terapias porque sus deseos sexuales han acabado por agotarse; rehúyen a sus parejas, no se lo pasan bien con SUS amantes; de ahí la importancia que tiene una correcta comunicación en el sexo.

Pero hablar de sexo en pareja parece casi imposible. «Todos aprendemos por imitación, pero en el sexo no tenemos referencias para imitar. No sabemos lo que hacen los demás; no sabemos lo que hacen los padres en la cama, no sé como se lo montan hoy día; no sé lo que hacen mis hermanos, ni mis vecinos, ni mis cuñados, ni los del cuarto izquierda; no sé lo que hacen. No tengo imágenes que pueda observar, copiar o tomar. Con los únicos elementos que la gente se maneja es con lo que oye en la calle. Comentarios sobre cómo la tiene Lequio y su entrepierna, y todas las bromas, tienen que ver con eso. Vas a un sexshop y los penes que se compran para una despedida de soltero parecen una barra de pan. Cuando los veo pienso: qué harán con ellos las mujeres, se lo tendrán que meter debajo del brazo -me cuenta Elberdin-. Eso es con lo que nos manejamos. Tampoco hay información de sexo en la prensa. Hay pocos libros de sexo comparando con el ensayo y la novela. Así que los jóvenes están menos reprimidos, pero tampoco tienen información porque en los centros, en el mejor de los casos, llaman a un sexólogo para que dé un curso de seis horas a lo largo de toda la vida».

Muchos problemas sexuales en la pareja son un fallo básico en la comunicación, pero también hay falta de información. Los padres no hablan de sexo a sus hijos. No les advierten de cómo son las primeras veces. No les dicen a sus hijas que reclamen su territorio. En los centros educativos tampoco se esmeran demasiado. Y en los casos donde no hay tanta ignorancia aparece la represión de la cultura sexual de tantos siglos anteriores a nosotros. Los hombres y mujeres de todas las edades y todas las generaciones no hablan de sus expectativas sexuales. El varón cuando forma pareja fantasea con que tiene asegurada su vida sexual a diario, y no le pregunta a ella su opinión. La mayoría piensa que el sexo no es ningún problema y, por una cosa u otra, encontrar la sintonía para ambos no es nada fácil.

«El sexo puede ser un arroz blanco o una paella. En la mayoría de los casos se queda en un insípido arroz y no en un sabroso plato. Y al ser tan poco apetecible, lo que sucede es que optamos por no repetir. Al sexo hay que echarle ingredientes como a la paella y convertirlo en una fiesta; porque si no cada vez nos va a dar más pereza practicarlo. Y, claro, sin sexo no hay pareja; si no hay sexo se rompe la pareja. Cuando el deseo sexual se amortigua es que la pareja no lo pasa bien. El sexo lo hacemos por nosotros mismos, porque nos gusta disfrutar; si se convierte en un trabajo, ya no nos gusta repetirlo. También es cierto que si la mujer no lo pasa bien, el hombre aunque descargue su energía tampoco disfruta», me insiste Elberdin.

La falta de compenetración sexual en las parejas tiene muchos tonos. Existen muchas parejas en las que el hombre se queja de que siempre tiene que tomar la iniciativa; en otras, la mujer utiliza el sexo como un medio de poder dominante. En estos casos es como si se anulara el deseo del otro. De ahí que muchas situaciones sexuales que en principio fueron placenteras se desplazan hacia una lucha por el poder, una lucha por no sentirse dominado; en última instancia, una lucha por la posibilidad de elegir y de que prevalezca mi propia identidad. Sin embargo, en general, se sabe que los cónyuges que tienen una relación de poder más equitativa son los que se encuentran más satisfechos en sus relaciones sexuales.
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