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BASURA SELECTA

Futbolísticamente incorrectos

Ahora que ya tenemos fútbol a todas horas, me gustaría hacer algunas reflexiones impertinentes sobre los usos y costumbres en ese singular Universo digitalizado, codificado o de emisión en abierto los sábados por los canales autonómicos. Como bien sabrá el lector, la galaxia futbolística está habitada por una diversidad de seres complejos como presidentes de club, dirigentes federativos y arbitrales, entrenadores y cuerpos técnicos, representantes de jugadores, periodistas deportivos y peñas de aficionados. Bueno, también están los jugadores, pero esos tan sólo se dedican a pegarle patadas a un balón los domingos por la tarde, bajo la atenta mirada de un señor de negro.

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Además de sudar la camiseta, correr por las bandas, achicar espacios o ganarle la posición al contrario, los jugadores de fútbol deben respetar unas reglas de juego establecidas por la FIFA, que es un organismo internacional regentado desde tiempos inmemoriales por señores octogenarios de puro en la boca. El reglamento futbolístico es un conjunto de normas en constante evolución que siempre aplican mal los árbitros, según la inamovible opinión de los aficionados y los lectores de prensa deportiva. Sin embargo, también hay una normativa no escrita que se refiere a la conducta del buen futbolista fuera del terreno de juego. Este código tácito de comportamiento obliga al jugador a no fumar como un carretero, no coger cogorzas en público, no consumir drogas ilegales, no visitar discotecas o puticlubs de carretera, no fijarse excesivamente en las pantorrillas de sus compañeros, estar casado por la Iglesia o tener novia formal, no manifestar ideas políticas, colaborar con asociaciones benéficas, visitar la imagen de la patrona local cuando el equipo gana un título y vestir como un dependiente de la sección de informática de unos grandes almacenes.

Las únicas concesiones que permite este rígido código de comportamiento se refieren al corte y moldeado del pelo y a ciertos ornamentos corporales de moda como los pendientes y los tatuajes. La moral futbolística tolera cabelleras teñidas de rubio platino estilo “Gran Hermano” o melenas de inspiración rastafari como las de Vicente Engonga o Clarence Seedorf. La utilización del pendiente es una concesión reciente, puesto que en la década de los ochenta el delantero escocés Steve Archibald fue obligado por los dirigentes del F.C. Barcelona a prescindir de un discreto arete para que no afease la imagen corporativa del club. Actualmente, ningún presidente se atreve a prohibir tan inocente apéndice ornamental y menos si se trata de grandes estrellas como Roberto Carlos. En cuanto a los tatuajes, Luis Enrique, Rafael Alkorta o Michael Reiziger pueden exhibirlos orgullosamente tal vez porque no llegan a los excesos decorativos del excéntrico Denis Rodman.

A pesar de los desmadres etílicos de los aficionados más viscerales, no está bien visto que un futbolista empine el codo. La ley seca tan sólo puede infringirse en las magnas celebraciones como la conquista de una liga o un título europeo en los equipos poderosos, o la permanencia o ascenso a Primera División en los más modestos.

El consumo de cocaína es tal vez el peor pecado de un futbolista como lo demuestran las sanciones federativas o la demonización periodística de Maradona, Caniggia, Paul Merson o el barcelonista Julio Alberto. Fumar marihuana o liarse un porro de costo también son actividades proscritas. Los futbolistas pierden reflejos y se creen que la cancha es una playa con palmeras en el Caribe.

Algunos entrenadores con mentalidad de cartujos sostienen que la actividad sexual antes de un partido disminuye el rendimiento de sus jugadores. Para evitar precisamente las tentaciones de la carne se inventaron las concentraciones. Estos retiros espirituales sólo consiguen que los futbolistas se mueran de aburrimiento durante varios días en un hotel y desarrollen sus habilidades para los juegos de mesa. Sin embargo, no todos matan el tiempo jugando al billar o al ping-pong. Siempre hay algunos que montan una fiestecilla nocturna con las hinchas más incondicionales cuando se encuentran concentrados con su selección.

Mientras los presidentes de club se permiten hacer todo tipo de inquietantes manifestaciones políticas, los jugadores ni tan siquiera pueden demostrar en público una cierta sensibilidad social. Pese a su contrastada deportividad, el delantero del Liverpool Robby Fowler fue sancionado por la FIFA por haberse quitado la camiseta de su equipo, tras la consecución de un gol, para poder mostrar a la grada otra que llevaba debajo con una consigna de apoyo a los trabajadores portuarios de su ciudad.

Con tantas exigencias y prohibiciones, el perfil del futbolista modélico parece el vivo retrato de un aplicado estudiante de Derecho. Por eso, el prototipo ideal de jugador de conducta intachable ha sido durante muchos años el angelical y piadoso Emilio Butragueño. Qué buen muchacho. Todo un ejemplo de discreción, mesura, disciplina y buenas maneras. Sin embargo, no lo puedo evitar: me divierten más los golfos del gol como el pendenciero de Maradona y el borrachín de Paul Gascoigne. Dan más juego.
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