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MEDICINA Y SALUD

Gimnasia contra el envejecimiento cerebral

A medida que envejecemos, nuestro cuerpo y nuestra mente sufren un progresivo deterioro cuyo desenlace es la muerte. Shakespeare, en su obra Como gustéis, su personaje Lord Jaques enumera siete edades del hombre, concluyendo con un trazo de melancolía: "El último acto, fin de esta extraña y azarosa historia, /es segunda puericia y mero olvido".

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Para la mayor parte de nosotros, al igual que para el taciturno Jaques, la perspectiva de la senectud evoca la imagen de un ocaso inexorable y demoledor, una lenta procesión hacia la anulación mental y la conclusión vital. Cuando envejece, el cerebro sufre alteraciones químicas y ciertas neuronas se desgastan y desaparecen de la maraña neuronal. Para algunas personas, este proceso natural no supone un descenso perceptible de la inteligencia. Sin embargo, otras pierden la memoria y el raciocinio a medida que se enfrentan a la vejez. ¿Pero es inevitable el deterioro profundo del cerebro, y por ende de la mente?

Cada vez son más los científicos que comparan nuestro casquete pensante con un músculo que, si se ejercita, se puede mantener en forma durante mucho más tiempo. Algunos estudios avalan esta tesis. El último acaba de ser hecho público por el doctor Robert Friedland y sus colegas de la Case Western Reserve University School of Medicine, en Cleveland (Estados Unidos). Este equipo de científicos ha descubierto que una inmensa mayoría de los pacientes afectados por la enfermedad de Alzheimer —una devastadora forma de demencia senil— reducen drásticamente su actividad física y mental al llegar al meridiano de sus vidas, si se compara con el resto de la población.

El resultado del estudio parece indicar que el mantenimiento de una actividad mental a lo largo de la vida reduce el riesgo de padecer demencia en edades avanzadas. El mecanismo por el que el ejercicio mental refuerza nuestro cerebro se desconoce.

Los neurólogos que han estudiado los cambios químicos y estructurales que caracterizan el envejecimiento cerebral en personas sanas saben que se trata de cambios heterogéneos, como el propio cerebro. Éste no se reduce a un conjunto de neuronas, que incansablemente transmiten señales, sino que además cuenta con un despliegue de células glía, que sirven de apoyo a las neuronas y ayudan a su reparación, y una profusa red de vasos sanguíneos.

Además, hay conjuntos de células y regiones cerebrales más propensas a sufrir daños asociados al paso del tiempo. Asimismo, el momento de la aparición de las lesiones, su gravedad y los efectos que provocan en el intelecto difieren notablemente de una persona a otra. No obstante, la mayor parte de las señales que delatan el envejecimiento cerebral se manifiestan entre los 50 y 60 años. Algunas son más patentes a los 70.

A los científicos no les resulta nada cómodo investigar cómo ocurre el ocaso del cerebro. Hasta la fecha, la mayor parte de los estudios en este campo se han llevado a acabo en un solo tipo de células nerviosas. Nos referimos a las neuronas, entes celulares que, en general, no se multiplican después del nacimiento. La población neuronal va mermando a medida que envejecemos, pero sin acomodarse a un patrón fijo. Por ejemplo, los neurólogos han constatado que en las áreas del hipotálamo que regulan la secreción de determinadas hormonas hipofisiarias la pérdida de neuronas resulta testimonial. No sucede lo mismo en otras áreas del cerebro. Por ejemplo, las pérdidas pueden llegar a ser vertiginosas en la sustancia negra y el llamado locus coeruleus.

La enfermedad de Parkinson puede diezmar hasta el 70 por 100 de las neuronas que ocupan estas áreas. Existen otras estructuras cerebrales implicadas en el aprendizaje, le memoria y el raciocinio en las que la vejez también deja huella. Este es el caso del hipocampo, cuyas neuronas se atrofian o fallecen; de la amígdala, cuyas células nerviosas son asfixiadas por ovillos de y depósitos de proteínas; del cerebro anterior basal, cuyas neuronas que secretan acetilcolina se atrofian o mueren; y de la corteza cerebral, cuyas células nerviosas corren una suerte parecida.

Desde hace años, los científicos buscan la manera de bloquear estos y otros desaguisados inherentes al paso de los años. Un remedio casero, mientras no se demuestre lo contrario es mantenerse en forma. Al menos esto es lo que proponen Robert E. Dustman, de la Universidad de Utah, y otros científicos.

Éstos han demostrado que las personas que practican regularmente ejercicios aeróbicos rinden mejor en las pruebas cognitivas que las personas sedentarias de la misma edad. La lectura, las tertulias y los juegos creativos también son un parche inmunológico contra el virus de la vejez. Los estrógenos —hormonas sexuales femeninas— estimulan las funciones memorísticas, como ha comprobado Barbara Sherwin, de la Universidad McGill.

Por último, la dieta también tiene su repercusión en el cerebro. Una alimentación sana y equilibrada tiene efectos beneficiosos en la salud mental. Recientemente, el neurólogo James Joseph y sus colegas de la Universidad Tufts, en Boston, han logrado mejorar las respuestas de aprendizaje en ratas alimentadas con suplementos de espinacas y arándanos.

Las vitaminas E, C y otros antioxidantes contenidos en ciertas frutas y verduras también ejercen un efecto potenciador —o al menos protector— de nuestras facultades cognitivas.
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