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AL MICROSCOPIO

¿Habrá vida después de Internet?

La revista Discover, una veterana publicación de divulgación científica en Estados Unidos, ha reunido a un grupo de gurúes de la nueva tecnología (más o menos influyentes, más o menos actuales, según qué casos) para que traten de imaginar qué habrá después de Internet. La propuesta es, ya de primeras, chocante. En primer lugar, porque parece algo prematuro hablar de los posibles sucesores de un medio que en países como España (ya no digamos en los menos desarrollados) apenas cuenta con un porcentaje de penetración de un 10 por 100. Claro que los norteamericanos están ya de vuelta de ciertas cosas y empiezan a estar hartos de la que para ellos es una vieja amiga.

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En segundo lugar, porque se antoja asaz osado aventurar un futuro a medio plazo de un fenómeno que hace 6 años parecía un juego de ciencia ficción para unos pocos.

En cualquier caso, de las respuestas de estos pesadores de lo digital (Bren Ferren, Marvin Minsky, Francis Gemperle y Ted Hanss, entre otros) se pueden desprender algunas conclusiones interesantes. Parece, por ejemplo, que después de Internet habrá más Internet. Los pañales de la Internet2 empiezan a llenar ya los cubos de basura de muchas instituciones científicas avanzándonos un mundo de interconexiones mucho más potentes y sencillas de lo que ahora conocemos. La evolución no recae sólo en el aumento exponencial del ancho de banda, sino en la capacidad de los arquitectos de la red de incluir en dicho ancho de banda soluciones a las necesidades reales del usuario. En este sentido, la palabra fetiche es “vídeo”: La transmisión, recepción y manipulación de archivos de vídeo deberán ser tan sencillas como manejar un procesador de textos. Sólo así tendrá de verdad sentido contratar una conexión de alta velocidad. Porque el usuario empieza a hartarse de pagar por aplicaciones que exceden en mucho sus necesidades reales.

El problema es que, como señala el gran ideólogo de la inteligencia artificial Marvin Misky, existen serias dudas sobre la capacidad de los futuros arquitectos de la red para adecuarse a los anhelos de los usuarios. Los primeros pasos de la Internet actual se dieron con unas dosis de frescura y espontaneidad difícilmente igualables. La red del futuro, transida de espíritu comercial, será otra cosa.

Otra palabra clave, repetida por casi todos los expertos es “ubicuidad”. La red que se avecina estará en todas partes. La llevaremos puesta encima, latirá en el motor de nuestra lavadora, en la puerta del microondas, en la interconexión de los aspersores que riegan el jardín. Alguno lo llaman, redes enclaustradas, emulando a la informática enclaustrada en el ordenador de a bordo del coche o en el despertador de la habitación. De la red omnipresente será difícil librarse. Tal vez tanto como hoy lo es de la iluminación eléctrica o del plástico. Posiblemente ello implique el afloramiento de nuevos peligros (los virus hasta en la sopa, la dependencia perenne del buen funcionamiento de las redes) pero cabe pensar que no serán más habituales de lo que hoy supone morir electrocutado.

Por último, la tercera palabra fetiche del futuro digital parece que puede ser (ojalá los sea) “ética”. El mundo superconectado exige una propuesta moral sobre el uso de las máquinas, un aparato de valores que vaya más allá del mero castigo al confeccionador de virus. Es cierto que nadie ha propuesto jamás un código ético para el uso de la luz, pero también lo es que no parece muy probable que nuestro comportamiento social se modifique por el hecho de leer al calor de una bombilla. La red, sin embargo sí que produce lagunas éticas. El problema de los derechos de autor, la intimidad, la reestructuración de los tiempos de ocio y trabajo, el diseño del hogar, la vida en familia, el tráfago del dinero... Todo se tiñe de red en el futuro más cercano.

Y corremos el riesgo de que, en lugar de viajar en un coche a mil por hora por la autopista, nos quedemos pasmados con los frenos de disco echando humo mientras vemos como la autopista escapa a toda velocidad de nuestro alcance.
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