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CRóNICAS REALES

Japón: los crisantemos, en flor

La Princesa Masako, esposa de Naruhito, heredero de Japón, está embarazada. Al anunciarlo, la Casa Imperial ha pedido "calma" al pueblo y, sobre todo, a los medios de comunicación. La demanda de prudencia tiene su porqué. El anterior y primer embarazo se frustró inesperadamente, y Masako llegó a culpar de ello a la Prensa, al estimar que su salud pudo verse afectada por la presión a que se vio sometida para tener un heredero.

José Apezarena
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Desde que se casó, en junio de 1993, el país entero ha vivido pendiente de si había o no embarazo, una impaciencia añadida al hecho de que en los últimos treinta años ningún miembro de la familia imperial había engendrado un hijo varón. Además, los precedentes no resultaban nada halagüeños, porque la emperatriz Nagako tardó casi nueve años en alumbrar su primer hijo varón.

Durante los seis primeros años de casados, casi cada mes algún medio informativo nipón lanzaba el rumor de que los príncipes esperaban descendencia, especulaciones continuadas que fueron cargando sobre las espaldas de Masako, a la que incluso se acusaba veladamente de ser incapaz de cumplir su principal obligación: asegurar la continuidad de la dinastía reinante más antigua del mundo.

Por fin, en 1999 se evidenció el ansiado embarazo, malogrado sin embargo en el mes de diciembre. La frustrada madre mostró visiblemente su malestar por la cobertura que realizaron los medios informativos y la presión diaria que supuso para ella.

Masako fue recibida por muchos japoneses como la esperanza de una renovación del Palacio Imperial. Reunía condiciones para ello. Pese a ser una plebeya, había recibido una educación de primera, incluyendo estudios de Diplomacia, propios de quien es hija de diplomático y domina cinco idiomas. No pocos pensaron que podía ser una especie de Diana de Gales, pero no ha ocurrido así: el peso de la tradición y de las rígidas normas de la Casa Imperial se han impuesto a la fresca sonrisa de la Princesa, trocada hoy en una triste mueca de pesar y resignación.

No obstante, ahora, a los casi ocho años de matrimonio, de nuevo en la Corte de los Crisantemos parece que las esperanzas van a cumplirse y que llega la ansiada sucesión.

Y, por cierto, si lo que viene al mundo es una niña, entonces arreciarán las presiones para modificar la actual ley, de 1947, que excluye del Trono a las mujeres.
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