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CRóNICAS COSMOPOLITAS

La burocratización del mundo

Por lo visto, Ruiz Gallardón le ha regalado a Joaquín Leguina un coche, un despacho y una secretaria (que me disculpe esa señora o señorita si la sitúo a ese nivel de trasto, pero así salió la noticia en la prensa). Espero que también le haya regalado, o le regale, un chófer para el coche, algunas corbatas, batines de seda, champán francés y puros habanos -si no fuma, porque se ha rajado ante la djihad antitabaco, siempre podrá regalarlos a don Felipe. Y una secretaria sin ordenador, internet, móvil y uno de esos maletines de cuero cordobés tan prácticos para transportar discretamente billetes usados, tampoco sería de gran utilidad en estos tiempos de posmodernidad. El señor Leguina aceptó sin remilgos esos -y ¿otros?- regalos y se lució declarando que aquello ennoblecía el cargo. ¿Desde cuándo las mordidas ennoblecen? Y ¿de qué cargo nos está hablando? ¿resultaría un cargo ser ex presidente de la Comunidad madrileña? Eso es puro PRI mexicano.

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Esta anécdota es repugnante, pero el presupuesto de la Comunidad no se hundirá, me imagino, por estas limosnas. Hay cosas mucho más graves y, en este sentido, me parece monstruoso que el Estado subvencione a partidos y sindicatos. Soy consciente de que esta opinión se juzgará utópica, estrafalaria y hasta antidemocrática pero eso es lo que piensan los políticos, no lo ciudadanos. Me parece monstruoso que los contribuyentes paguen a partidos que no les interesan o incluso que odian. ¿Por qué tienen que hacerlo?

Es cierto que después de 40 años de franquismo durante los cuales los partidos estaban prohibidos y existía, como en la URSS, un sólo sindicato oficial y vertical, la CNS, la libertad de los partidos y sindicatos, las elecciones y otros derechos democráticos, constituyen un inmenso progreso, pero las subvenciones a partidos y sindicatos, entorpecen y tranquilizan toda la vida democrática. Tratándose del conjunto de los partidos, cualquiera que sea su color político, si echamos un vistazo a un pasado reciente, y esto es válido no sólo en España sino en otros países europeos, se nota un considerable descenso de la afiliación, de la militancia, o actividad voluntaria, y una disminución drástica del pago de cuotas. Los partidos, todos los partidos, se han convertido en esqueletos de profesionales asalariados, quienes logran en ciertas ocasiones, como durante las elecciones, movilizar simpatizantes y amigos, a veces retribuidos, pero esto dura unas semanas y luego se vuelve a la gestión burocrática del partido por los profesionales.

Estos profesionales de la política, como cualquier funcionario, tienen sus familias, sus hijos que esperan enviar a la universidad, sus gastos, sus chalés en la sierra, o en la playa, sus vicios secretos, a veces caros, total, que toda su vida depende del salario del partido, y ¿alguien imagina que en estas circunstancias va a demostrar espíritu crítico, rebelde, o sencillamente tomar iniciativas? Nada de eso, será servil al máximo y un poquitín más, para no poner en peligro su relativo confort y su café, copa y puro. En cambio, si se suprimen las subvenciones, los partidos tendrán que espabilarse, buscar la adhesión voluntaria y benévola de sus miembros y simpatizantes, su entusiasmo inclusive, sí, el entusiasmo es infinitamente más importante para la democracia que el sueldo de los funcionarios políticos. Para ello, claro, se precisan ideas, proyectos, discusiones y debates que interesen a la gente. Con el sistema actual es cierto que a los profesionales de la política les interesa que su partido gane las elecciones, ya que el número de diputados influye en la cuantía de las subvenciones estatales. Pero que gane como sea, que traicione o no los ideales declarados, su programa, con el único objetivo de mantenerse o ampliar el número de sus funcionarios, de sus cargos, de sus prebendas.

En estas condiciones es casi un milagro si aún subsiste algo de debate de ideas, como un riachuelo bajo el hielo. Aunque en muchas ocasiones dicho debate sólo sea espectáculo sin contenido real. Esta burocratización del mundo político se refleja asimismo en la personalización de la política, no tenemos ideas pero tenemos candidatos con carisma, lo cual parece mucho más importante que su inteligencia, su eficacia o su honestidad. La televisión juega en este sentido un papel nefasto. No sólo transformando los políticos en productos de marketing, que mienten con gracia (¡qué bien miente!, he oído mil veces y no diré a quién me refiero, porque es obvio), sino encareciéndolo todo. No sólo la televisión, desde luego, todo el funcionamiento de la vida política ha encarecido muchísimo, se ha convertido en un problema económico impresionante. De ahí la necesidad de las subvenciones estatales, dirán algunos, pues no, ya que dichas subvenciones forman parte del encarecimiento. Suprimirlas y establecer normas estrictas, austeras, equitativas, gratuitas, para la expresión por radio y televisión de las diferentes corrientes políticas y ciudadanas no me parece tarea imposible. Algo de eso se hace, pero lo que más salta a la vista es el despilfarro.

Tratándose de los sindicatos las cosas son aún peores. Dos sindicatos principales y algunos grupos sindicales, todos juntos, sólo representan alrededor del 9 por ciento del conjunto de los asalariados (35 por ciento en Italia, 60 por ciento en Alemania), y es en nombre de todos los asalariados, incluyendo el 90 por ciento que no representan, o que en todo caso se niegan a afiliarse a cualquier sindicato, que UGT y CC.OO., hablan, exigen, negocian con el Gobierno y la patronal, y claro, reciben subvenciones. Es difícil concebir situación menos democrática. En este caso, como en el de los partidos, la evolución, digamos sociológica que se manifiesta con la disminución drástica de los afiliados, y por ende de las cuotas, convierte a los sindicatos en burocracias absolutas, siendo sus líderes y responsables unos funcionarios que hablan en nombre de los que no tienen derecho a hablar, ya que los Gobiernos les consideran como únicos representantes de los trabajadores, los cuales sin embargo, y por algo será, no quieren afiliarse a ningún sindicato.

Me dicen a veces que, efectivamente, los sindicatos son una ínfima minoría, pero que tienen “una inmensa capacidad de movilización”. Esto es discutible. Los sindicatos tienen “antenas” en el mundo laboral y pueden percatarse, a veces, de un cabreo posible ante ciertas situaciones y convocar huelgas cuando ya los trabajadores se están sumiendo al paro. La iniciativa no es suya y si amenazan, de tanto en tanto, con tremendas acciones es sólo para disimular y mantener su estatuto de sindicato reinvindicativo, lo cual es necesario para guardar sus privilegios -como en los contratos laborales, lo cual es de aquelarre- y sus subvenciones. El PSOE en el Gobierno les mimaba porque eran, o se lo creían, de su electorado y el Gobierno actual les sigue mimando para que no diga, no diga, la gente... Será hábil, pero a corto plazo, porque una situación anómala que perdura puede provocar crisis y algo tan antidemocrático no puede mantenerse eternamente en una sociedad democrática. Recordaré, dejando de lado el contenido de los conflictos políticos tremendos de los años treinta, que la UGT de entonces, con 800.000 afiliados en esos periodos, tenía menos funcionarios que la UGT de hoy, y que la CNT, con un millón de afiliados, no tenía ninguno. En la CNT no había cargos con sueldo, aquello parecía una herejía. Sólo en los albores de los conflictos de 1936, y cediendo a un oportunismo inaudito, acordaron que se pagaría un sueldo a un responsable. Uno, no diez, ni cinco; uno, el secretario general de la CNT.

Repito que no estoy diciendo que la actividad de esos sindicatos entonces sean ejemplares para hoy -son dos mundos distintos-, digo sencillamente, que la coartada según la cual un sindicato moderno para funcionar necesita... funcionarios es una mentira total. Ustedes me dirán si la organización diaria de tales masas de trabajadores, y además sin fax, internet apenas teléfono, era más sencilla que la gestión actual de un puñado de funcionarios. Para limpiar a la sociedad de sus enchufes, estafas, mordidas y prebendas, que constituyen una forma de arteriosclerosis del cuerpo social, hay que empezar por suprimir las subvenciones estatales a la política, como a la cultura, y al mismo tiempo, resulta una evidencia, reducir drásticamente los impuestos.

Los ministros, diputados, senadores, españoles como autonómicos, así como otros cargos electos, tendrán que seguir cobrando sueldos, me parece imposible evitarlo. En estos casos, reducirlos ya sería una medida positiva.

En estas circunstancias no es de extrañar si iniciativas importantes, como el movimiento ¡Basta Ya! salgan de la sociedad civil y no de los partidos.
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