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FUEGO AMIGO

La cadena. Sí, la cadena

La cadena alimentaria. Lo que comemos nos alimenta y al tiempo que los ingurgitamos introducimos en nuestro cuerpo todos los productos que componen esos alimentos, algunos de los cuales pueden no ser buenos. Resulta que los alimentos, sean animales o vegetales han sido “alimentados” a su vez y la alimentación de esos seres puede contener productos dañinos para los animales o las plantas, productos que pasan a nuestro cuerpo al alimentarnos, con efectos nocivos. Así un veneno en un abono pasa a la planta, un animal come la planta y con ella el veneno, al alimentarnos con el animal nos tragamos el veneno. Es una cadena real, y esa realidad obliga a prestar atención a cómo y qué come cada uno de los eslabones de la cadena, pues al final podemos envenenarnos. La desidia puede ser mortal.

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Los animales herbívoros, vaca, cordero etc…no comen proteínas animales y su sistema inmunitario funciona a su manera, de acuerdo con su régimen alimentario. Cada especie animal es sensible a ciertos gérmenes e insensible a otros. Alterar su sistema de defensa, por ejemplo obligandole a cambiar su régimen de alimentación, puede hacer que facilite el paso de gérmenes nocivos a su organismo y de éste a otro ser que le use como alimento. En ese caso la cadena, contacto de eslabón a eslabón, se transforma en cable conductor, que tiene menos resistencia al paso del gérmen.

Al parecer, la enfermedad llamada de las vacas locas es debida a que los piensos que se les proporcionaban contenían residuos animales y entre ellos sesos de animales enfermos. Los fabricantes de piensos utilizaban reses muertas, por enfermedad, como fuente de proteínas para reforzar los piensos. Se supone que es a través de esos piensos, como el factor que hace degenerar el cerebro de los bovinos, llegó a las vacas enfermas. La investigación posterior mostró que una parte de los fabricantes de piensos utilizaban residuos de animales enfermos como producto de base. Se impusieron multas y se cerro alguna fabrica. Y cada país tomó las medidas que le parecieron adecuadas, en muchos casos adecuadas a los intereses de los industriales del ramo.

Resulta que la enfermedad de las vacas locas es muy semejante a la enfermedad de Creutzfeld-Jacob, de los humanos. El aumento del numero de casos de esta enfermedad alarmó a los especialistas y llegaron a la conclusión de un contagio por ingestión de carne de vaca enferma. La alarma social cundió y se hablo mucho de lucha contra el mal y de la necesidad de controles de la alimentación animal. Había que tratar al animal como un consumidor y no la inversa.

Los gobiernos de los diferentes países de Europa legislaron con mayor o menor rigor en cuanto al control de los piensos, lo que hacía que “la libre circulación de mercancías” europea se transformase en la “libre circulación de gérmenes y toxinas”. En 1997 el Parlamento Europeo reclamó una legislación más estricta, en particular un etiquetado claro. La Comisión, al parecer ocupada en otros temas, no hizo nada.

El 4 de octubre el Parlamento Europeo ha votado por 485 votos a favor y sólo 21 en contra unos textos favorables a una mejora de la alimentación animal mediante un etiquetado riguroso. Textos que pueden quedar atenuados por la Comisión Europea, que parece sensible a los argumentos de los industriales. Según éstos las mezclas son distintas cada día, por lo variado de sus fuentes de aprovisionamiento, y mezclan lotes de productos contaminados con arsénico o dioxina, diluyéndolos en lotes sanos. Dilución que suponen que reduce el riesgo de envenenamiento. Esto último trata de impedirlo el Parlamento. Pero todo dependerá de la Comisión. No hay que olvidar que la Federación Europea de fabricantes de piensos compuestos ocupa a más de 85.000 personas en el campo; esto, en tiempos de paro, es un argumento de peso. De más peso que unos cuantos miles de muertos por la enfermedad de Creutzfeld-Jacob. Todo el mundo sabe que los muertos no votan.

Pero no debemos olvidar que nos comemos lo que damos de comer a los animales, y nosotros aún votamos. Nosotros somos el eslabón, acaso decisivo, de la cadena.
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